La Casita de Bad Bunny no es el problema
Al parecer, hay quien ha descubierto que el machismo y el capitalismo existen gracias a Bad Bunny. Vivían en el desconocimiento hasta que el artista puertorriqueño empezó sus conciertos en España y vimos de cerca qué pasaba con La Casita, ese espacio que imita una construcción tradicional de su isla y en el que desarrolla una parte de su concierto. En La Casita aparecen celebrities, personas ricas y gente guapa. O sea, como en cualquier zona vip o palco pero a la vista de todo el mundo. Esa gente incluye mujeres guapas, sexys, con outfits estupendos producidos para la ocasión, algunas seleccionadas por una especie de ojeador que elige entre el público quién entra al lugar.
En ese sentido, La Casita no es nada distinto del mundo en que vivimos, es el mundo en que vivimos: un espacio al que tienes acceso si tienes dinero o estatus. En el caso de las mujeres, una forma de estatus es el cuerpo y el aspecto. La periodista de El País Luz Sánchez Mellado me recordaba en redes esa canción infantil que dice “al pasar la barca me dijo el barquero las niñas bonitas no pagan dinero”. Las feas, sí. Las 'elegidas' para estar en La Casita han pagado su entrada (una barrera económica nada desdeñable si tenemos en cuenta los precios de venta), pero es otra cosa lo que les da acceso a ese espacio: su ropa, su cara, su cuerpo, su maquillaje. Y es un hombre el que lo decide.
Si lo que sucede en La Casita es la misma dinámica que ocurre en otros espacios, ¿por qué este revuelo? Porque es Bad Bunny, un tipo que ha transgredido algunos códigos de género, que habla de resistencia anticolonial, que critica la migración forzosa, que ha desafiado a Trump, que celebra la sexualidad femenina -y no la penaliza, como sí hacen otros muchos de su género y de otros-.
Pero Bad Bunny no es un líder social. No es un activista. No es un tipo que irrumpió en el mundo para cambiarlo desde el sindicalismo, el feminismo o el antirracismo. Es un artista que se ha convertido en un fenómeno de masas, y eso, en este mundo, casi automáticamente, implica convertirse también en un producto expuesto a un montón de contradicciones. Quizá podemos tomar la parte de subversión que nos ofrece y, al mismo tiempo, no erigirlo en un líder moral de nada. Apreciar sus desafíos al sistema y valorar las contribuciones que alguien así hace mientras observamos sus contradicciones.
Podemos utilizar esas contradicciones para pensar en lo difícil que este mundo capitalista y machista nos pone ser coherentes. O para reflexionar sobre cómo estos mismos sesgos de clase, estatus o aspecto se reproducen en montón de espacios que tenemos alrededor. Para pensar, por ejemplo, qué personas y cuerpos tienen visibilidad, voz y atención, y cuáles permanecen ocultos. Quiénes aparecen en la tele, en las series, en el cine, quién entra gratis o a quién se invita a ciertos lugares.
O podemos utilizarlas para quedarnos simplemente en una crítica a Bad Bunny y, de paso, como están haciendo muchos, a las mujeres a las que les gusta Bad Bunny, especialmente a las feministas a las que nos gusta. Porque somos muchas feministas a las que nos gusta y que entendemos que podemos tomar su parte subversiva sin erigirlo en un lider moral. Y que podemos bailar, disfrutar y perrear mientras transitamos nuestras contradicciones, como hacemos todo el rato en todos los ámbitos de nuestras vidas.
Estos días, los mismos que no ven machismo en ninguna parte, los mismos que insisten en separar obra de personaje cuando un hombre es señalado con acusaciones graves, son los que se apuntan corriendo a señalar las contradicciones de las feministas y a escandalizarse con la cosificación. Esperemos que este momento de iluminación les sirva para llevar la crítica a sus vidas, a sus relaciones, a sus grupos de amigos, a sus trabajos, a la música que escuchan y a la tele que ven.
Si eres un hombre, preocúpate por La Casita de Bad Bunny pero, sobre todo, sobre todo, preocúpate por tu casita y por las mujeres que entran en ella.