El 8 de septiembre de 2023, coincidiendo con la festividad de la Santina de Covadonga, junto a los supuestos restos de Don Pelayo, el arzobispo Jesús Sanz trazó una homilía que algunos calificaron de ‘programática’ y otros de ‘delirante’. El prelado de Oviedo arremetió contra la “carga ideológica de la Agenda 2030” y los “ecolojetas”, se mofó del escándalo de Rubiales y Jenni Hermoso calificándolo como “la leyenda del beso” y denunció cómo el Gobierno actual “retuerce la cordura dejando que salte por los aires lo que fuimos construyendo en la convivencia democrática”.
Sanz también tuvo palabras contra los “matarifes de la eutanasia”, denunció la Ley de Memoria Democrática por “levantar muros que nos separan, trincheras que nos enfrentan reabriendo heridas” y calificó al Estado democrático como “una república de banana malhadada rompiendo la convivencia”.
Sus palabras provocaron que la delegada del Gobierno en Asturias, Adriana Lastra, rompiera relaciones con el arzobispo (después, él tildó a la dirigente de “seño con consignas” que “impone temas, censuras, amenazas y agenda”), y que el presidente del Principado, Adrián Barbón, (que esta semana ha visitado al Papa León XIV) se negara a acudir a las festividades religiosas del Día de Asturias aduciendo la carga política que imprimía Sanz a sus homilías.
No era la primera vez, ni sería la última, en la que el arzobispo de Oviedo se erigía en el adalid de la ultraderecha española, en perfecta sintonía con Santiago Abascal, ya sea con la exhumación de Franco, la Amnistía o, más recientemente, el acuerdo para indemnizar a las víctimas de la pederastia clerical. Y es que el líder de Vox abre cada campaña electoral con una misa y un mitin en Covadonga, con el permiso explícito del prelado astur. Porque Covadonga es, para Sanz y para Santiago Abascal, el símbolo de la Reconquista que ansían. El primero, para la Iglesia española, arrastrada por las concesiones al Gobierno. El segundo, para todo el Estado.
En los últimos meses, las diatribas del arzobispo de Oviedo se han multiplicado, llegando a molestar, y mucho, a sus propios hermanos en el episcopado. Ya fuera Este verano, en plena sintonía con Vox, Sanz rompía la mayoría episcopal que condenaba la caza al migrante en Jumilla, exigiendo “reciprocidad” a “los moritos” con “los cristianos que asesinan en nuestras iglesias dentro de sus territorios”.
Meses antes, el arzobispo de Oviedo (que estuvo a un solo voto de arrebatar al cardenal Cobo la vicepresidencia de la Conferencia Episcopal, y que forma parte de la Comisión Ejecutiva de la Iglesia española) rompía la “unanimidad” anunciada por el portavoz de la Conferencia Episcopal, César García Magán, ante el acuerdo Gobierno-Vaticano para la resignificación de Cuelgamuros, publicando una durísima pastoral en la que acusaba al Ejecutivo socialista de “querer utilizar a los muertos para ganar batallas perdidas”, al tiempo que criticaba la “fijación ideológica beligerante” del Ejecutivo, que busca “reabrir las heridas que tanto nos costaron cerrar como hermanos”.
“Hay una fijación ideológica beligerante contra la memoria cristiana en torno a esa cruz en esa abadía, que aboga por la reconciliación entre los pueblos, para favorecer otra memoria sesgada y mal llamada 'democrática', imponiendo el resentimiento en el trasiego fraterno y sereno construyendo una historia de paz entre españoles”, sostenía Sanz en su carta, en la que señalaba al Ejecutivo de Pedro Sánchez de “una maldad irresponsable, que insidia la convivencia en nuestra sociedad española y que tan fácilmente excita la confrontación indeseada”.
Como no podía ser de otro modo, Sanz Montes también se puso del lado del presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, cuando pidió, en dos ocasiones, la dimisión de Pedro Sánchez, la presentación de una moción de confianza o la convocatoria de elecciones. Así, el arzobispo de Oviedo, ante el “desbloqueo de las instituciones”, reclamaba “sin más amaño torticero y sin más prórroga tramposa, dar la palabra al pueblo para que exprese con libertad lo que piensa y lo que quiere en unas elecciones democráticas”. “Están acabados. Dice bien Luis Argüello: pasad página, ya”, añadía hace pocas semanas, sin dejar de hacer referencia a la “decadencia moral” del Gobierno de “saunas y prostíbulos”.
No sólo se trata de cuestiones puramente políticas. Sanz ha llegado a calificar de “rifirrafe” el genocidio de Gaza, criticando a ONG como Open Arms y sus “barcos presuntamente solidarios” que sirven “para exhibir ideologías muy subvencionadas”.
Con todo, la última polémica en la que el arzobispo de Oviedo se ha embarcado ha superado todas las barreras, pues ha tocado uno de los temas más sensibles para la Iglesia y la sociedad españolas: los abusos a menores. Así, mientras la gran mayoría de los obispos avalaba el histórico acuerdo suscrito entre el Gobierno y la Iglesia para la reparación de las víctimas de la pederastia clerical, Jesús Sanz se desmarcaba en una polémica Tercera en ABC, en la que criticaba el acuerdo vinculante para abonar indemnizaciones a través del Defensor del Pueblo. “El Gobierno marca el precio, señala al pagador y elige al árbitro”, lamentaba el prelado, que calificaba el acuerdo de “arma de distracción masiva”.
Las asociaciones de víctimas condenaron sus palabras como ejemplos de “insolente negacionismo” y de una “insoportable exaltación de la pederastia”. En su comunicado reclaman “limpiar la Iglesia de personajes indolentes, inservibles y portadores de indicios más que evidentes de colaboración con la omisión de socorro a las víctimas”, y denuncian que este tipo de discursos contribuyen a la revictimización y al aumento del dolor de los supervivientes, al tiempo que exigían al Vaticano su cese.
¿Y qué dice Roma? Según ha podido saber elDiario.es, el Vaticano “conoce perfectamente la situación”, que “lamenta”, y “ha hecho ver” al prelado la inconveniencia de sus declaraciones. De hecho, un nutrido grupo de obispos llegó a pedir a Sanz que renunciara a su puesto en la Ejecutiva por los “manifiestos incumplimientos” de los acuerdos alcanzados durante sus reuniones. Fuentes episcopales, no obstante, apuntan que Sanz goza de “un importante respaldo” entre los obispos.
“Su salida no es fácil”, admiten, aunque otras fuentes señalan que, desde Roma, se estaría pensando en una salida del arzobispo, que con 71 años al menos tendría otros cuatro años de episcopado hasta su jubilación. La figura del cardenal asturiano Ángel Fernández Artime ha sonado en las últimas semanas en algunos despachos. Artime fue, por cierto, quien acompañó al presidente de Asturias en su visita al Papa, a la que no acudió, ni se invitó, al propio Sanz.
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