Tras el plomo y los cangrejos invasores, los microplásticos colonizan la Antártida

Raúl Rejón

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La basura de plástico ha colonizado el extremo más recóndito del planeta: la Antártida. Los desechos han sido detectados recientemente en nieve del continente así que no queda medio sin infectar. El mar, el hielo marino, los sedimentos, los glaciares, los neveros...

Tras acreditar cómo la contaminación de plomo de la revolución industrial del siglo XIX se instaló en el continente o pescar el cangrejo araña propio del Atlántico norte en el sur extremo, las investigaciones –una de ellas española– han probado que hay microplásticos en el agua dulce antártica.

“Ya han llegado. Ahora hay que estudiar si están afectando”, reflexiona Miguel González Pleiter uno de los investigadores que detectó la presencia de estos restos en una corriente de agua en el Área de Especial Protección de la península Byers. “Una zona sin turismo y con el acceso científico restringido que hace que esté considerada de referencia para el estudio de aguas interiores”, explica el investigador de la Universidad Autónoma de Madrid.

El biólogo también participó en la detección de basura plástica en el glaciar Collins en la isla del Rey George (Shetlands del Sur). “Allí encontramos también mesoplásticos, objetos mayores de cinco milímetros, y restos de poliespán en la zona de ablación del glaciar”.

Los microplásticos llegan flotando desde las grandes sopas plásticas de los océanos, en los buques o las actividades humanas dentro del continente. Además,González Pleiter explica que “el viento también podría jugar un papel en que lleguen desechos”.

Los microplásticos ya han llegado. Ahora hay que estudiar si están afectando

Así que estos fragmentos minúsculos están en el agua dulce líquida y sólida. Quedaba por refrendar la nieve. La primera evidencia de microplásticos en ese medio se ha hecho pública este mes. Un equipo neozelandés identificó microplásticos en las muestras recogidas en 19 puntos diferentes de la isla de Ross. Seis puntos cerca de estaciones científicas y 13 en lugares remotos “con mínima perturbación humana”.

Los investigadores hallaron la presencia de 13 tipos de plástico en una proporción de 29 partículas de microplásticos por litro de nieve. “Lo más común han sido fibras y el compuesto más habitual el PET, el usado en ropa y botellas de refrescos”.

“Las implicaciones de que los microplásticos alcancen regiones remotas como la Antártida son enormes”, concluye este estudio. “Los organismos antárticos se han adaptado a sus condiciones durante millones de años y los cambios súbitos debido a la influencia antropogénica están amenazando ecosistemas únicos”, sentencia el trabajo.

La contaminación plástica es muy viajera y omnipresente. “Aunque desde 1995 había indicios de microplásticos acercándose a la Antártida, fue en 2017 cuando se obtuvo pruebas irrefutables de su presencia en el agua del mar antártico”, cuentaGonzález Pleiter. “Después se probó en los sedimentos marinos, en el hielo marino, en agua dulce, en los suelos, los glaciares y la atmósfera”.

La polución de los humanos llegó antes que los humanos

Pero no ha sido la primera polución antártica causada por los humanos. A la Antártida le llegó el plomo liberado por la Revolución Industrial hace más de 130 años y ha seguido allí desde entonces. Las primeras trazas de plomo detectadas en los registros de hielo en la Antártida datan de 1889, 22 años antes de que Roald Admundsen alcanzara por primera vez el polo sur en 1911, según demostró en 2014 un equipo de la Universidad de Nevada (EEUU). “Una larga y persistente historia de contaminación por metales pesados”, lo calificaron los científicos.

Los investigadores pudieron rastrear el origen del plomo que se acumuló en aquella agua helada de hace dos siglos. Compararon los isótopos del metal pesado y la composición coincidía con la que se podía detectar en el plomo de la ciudad minera de Broken Hills en Nueva Gales del Sur (Australia).

El plomo ha marcado dos picos en el continente helado: uno al final de la década de 1920 que cayó por la crisis económica y la II Guerra Mundial. Y otro hacia 1975. “Durante el siglo XXI las concentraciones son menores, pero bastante por encima de los niveles anteriores a la Revolución Industrial”.

25 millones de años de aislamiento rotos

En 1986, un buque científico del Instituto Oceanográfico de Sao Paulo (Brasil) demostró que los ecosistemas marinos de la Antártida, hasta entonces considerados sin colonizar, ya no estaban a salvo de especies invasoras: extrajeron un macho y una hembra de cangrejo araña, nativo del Atlántico norte y del Ártico. Literalmente, la otra punta del planeta.

Era el primer registro de una especie marina exótica en esas latitudes y no se sabe si la variedad ha arraigado o no. Biológicamente, la Antártida ha evolucionado en aislamiento durante unos 25 millones de años. Al conformarse, surgieron barreras que mantenían esa separación, como la corriente oceánica más potente: la circumpolar antártica. Allí todo ha evolucionado de manera que es único en el mundo y adaptado a las condiciones extremas del continente.

Por eso las especies invasoras suponen una preocupación científica. “Su aislamiento ha sido quebrado por diversas variedades”, contabilizaba una reciente evaluación del Gobierno australiano. Llegan con el incremento del tráfico marino y las nuevas condiciones ambientales creadas por el cambio climático.

La cuenta incluye 11 tipos de invertebrados (ácaros, mosquitos, colémbolos y gusanos). Una hierba y microbios. Respecto al cangrejo araña: “No se ha documentado poblaciones estables de especies marinas”.

Efectos en cascada

Los microplásticos, plásticos menores a 5 milímetros, provocan una cascada de efectos. El biólogo González Pleiter los enumera: “Los primeros son físicos, al ser ingeridos por la fauna”. Tres especies de pingüinos, el adelia, el barbijo y el papúa, los comen seguro, según probó una expedición del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Estas aves se alimentan sobre todo de krill, pero los científicos hallaron porcentajes relevantes de restos plásticos en sus deposiciones en diferentes colonias y en años diversos.

Además estas porciones minúsculas llevan contaminantes adheridos: “Son como un autobús que puede liberarlos al llegar a la Antártida”, explica el biólogo de la Autónoma. También transportan de esa manera aditivos que luego “al llegar al estómago de animales, donde cambian las condiciones, podrían soltarse”.

Y completa el pasaje incrustado en la basura “los microorganismos de la plastisfera que podrían viajar miles de kilómetros hasta estos ecosistemas”. Todos esos posibles efectos son lo que toca evaluar. “También puede recordarse que el 40% del plástico usado en Europa se destina a embalaje de un solo uso. Si se ataja eso, se ataja casi el 40% del problema”, subraya González Pleiter.

La basura de plástico ha colonizado el extremo más recóndito del planeta: la Antártida. Los desechos han sido detectados recientemente en nieve del continente así que no queda medio sin infectar. El mar, el hielo marino, los sedimentos, los glaciares, los neveros...

Tras acreditar cómo la contaminación de plomo de la revolución industrial del siglo XIX se instaló en el continente o pescar el cangrejo araña propio del Atlántico norte en el sur extremo, las investigaciones –una de ellas española– han probado que hay microplásticos en el agua dulce antártica.

“Ya han llegado. Ahora hay que estudiar si están afectando”, reflexiona Miguel González Pleiter uno de los investigadores que detectó la presencia de estos restos en una corriente de agua en el Área de Especial Protección de la península Byers. “Una zona sin turismo y con el acceso científico restringido que hace que esté considerada de referencia para el estudio de aguas interiores”, explica el investigador de la Universidad Autónoma de Madrid.

El biólogo también participó en la detección de basura plástica en el glaciar Collins en la isla del Rey George (Shetlands del Sur). “Allí encontramos también mesoplásticos, objetos mayores de cinco milímetros, y restos de poliespán en la zona de ablación del glaciar”.

Los microplásticos llegan flotando desde las grandes sopas plásticas de los océanos, en los buques o las actividades humanas dentro del continente. Además,González Pleiter explica que “el viento también podría jugar un papel en que lleguen desechos”.

Los microplásticos ya han llegado. Ahora hay que estudiar si están afectando

Así que estos fragmentos minúsculos están en el agua dulce líquida y sólida. Quedaba por refrendar la nieve. La primera evidencia de microplásticos en ese medio se ha hecho pública este mes. Un equipo neozelandés identificó microplásticos en las muestras recogidas en 19 puntos diferentes de la isla de Ross. Seis puntos cerca de estaciones científicas y 13 en lugares remotos “con mínima perturbación humana”.

Los investigadores hallaron la presencia de 13 tipos de plástico en una proporción de 29 partículas de microplásticos por litro de nieve. “Lo más común han sido fibras y el compuesto más habitual el PET, el usado en ropa y botellas de refrescos”.

“Las implicaciones de que los microplásticos alcancen regiones remotas como la Antártida son enormes”, concluye este estudio. “Los organismos antárticos se han adaptado a sus condiciones durante millones de años y los cambios súbitos debido a la influencia antropogénica están amenazando ecosistemas únicos”, sentencia el trabajo.

La contaminación plástica es muy viajera y omnipresente. “Aunque desde 1995 había indicios de microplásticos acercándose a la Antártida, fue en 2017 cuando se obtuvo pruebas irrefutables de su presencia en el agua del mar antártico”, cuentaGonzález Pleiter. “Después se probó en los sedimentos marinos, en el hielo marino, en agua dulce, en los suelos, los glaciares y la atmósfera”.

La polución de los humanos llegó antes que los humanos

Pero no ha sido la primera polución antártica causada por los humanos. A la Antártida le llegó el plomo liberado por la Revolución Industrial hace más de 130 años y ha seguido allí desde entonces. Las primeras trazas de plomo detectadas en los registros de hielo en la Antártida datan de 1889, 22 años antes de que Roald Admundsen alcanzara por primera vez el polo sur en 1911, según demostró en 2014 un equipo de la Universidad de Nevada (EEUU). “Una larga y persistente historia de contaminación por metales pesados”, lo calificaron los científicos.

Los investigadores pudieron rastrear el origen del plomo que se acumuló en aquella agua helada de hace dos siglos. Compararon los isótopos del metal pesado y la composición coincidía con la que se podía detectar en el plomo de la ciudad minera de Broken Hills en Nueva Gales del Sur (Australia).

El plomo ha marcado dos picos en el continente helado: uno al final de la década de 1920 que cayó por la crisis económica y la II Guerra Mundial. Y otro hacia 1975. “Durante el siglo XXI las concentraciones son menores, pero bastante por encima de los niveles anteriores a la Revolución Industrial”.

25 millones de años de aislamiento rotos

En 1986, un buque científico del Instituto Oceanográfico de Sao Paulo (Brasil) demostró que los ecosistemas marinos de la Antártida, hasta entonces considerados sin colonizar, ya no estaban a salvo de especies invasoras: extrajeron un macho y una hembra de cangrejo araña, nativo del Atlántico norte y del Ártico. Literalmente, la otra punta del planeta.

Era el primer registro de una especie marina exótica en esas latitudes y no se sabe si la variedad ha arraigado o no. Biológicamente, la Antártida ha evolucionado en aislamiento durante unos 25 millones de años. Al conformarse, surgieron barreras que mantenían esa separación, como la corriente oceánica más potente: la circumpolar antártica. Allí todo ha evolucionado de manera que es único en el mundo y adaptado a las condiciones extremas del continente.

Por eso las especies invasoras suponen una preocupación científica. “Su aislamiento ha sido quebrado por diversas variedades”, contabilizaba una reciente evaluación del Gobierno australiano. Llegan con el incremento del tráfico marino y las nuevas condiciones ambientales creadas por el cambio climático.

La cuenta incluye 11 tipos de invertebrados (ácaros, mosquitos, colémbolos y gusanos). Una hierba y microbios. Respecto al cangrejo araña: “No se ha documentado poblaciones estables de especies marinas”.

Efectos en cascada

Los microplásticos, plásticos menores a 5 milímetros, provocan una cascada de efectos. El biólogo González Pleiter los enumera: “Los primeros son físicos, al ser ingeridos por la fauna”. Tres especies de pingüinos, el adelia, el barbijo y el papúa, los comen seguro, según probó una expedición del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Estas aves se alimentan sobre todo de krill, pero los científicos hallaron porcentajes relevantes de restos plásticos en sus deposiciones en diferentes colonias y en años diversos.

Además estas porciones minúsculas llevan contaminantes adheridos: “Son como un autobús que puede liberarlos al llegar a la Antártida”, explica el biólogo de la Autónoma. También transportan de esa manera aditivos que luego “al llegar al estómago de animales, donde cambian las condiciones, podrían soltarse”.

Y completa el pasaje incrustado en la basura “los microorganismos de la plastisfera que podrían viajar miles de kilómetros hasta estos ecosistemas”. Todos esos posibles efectos son lo que toca evaluar. “También puede recordarse que el 40% del plástico usado en Europa se destina a embalaje de un solo uso. Si se ataja eso, se ataja casi el 40% del problema”, subraya González Pleiter.

La basura de plástico ha colonizado el extremo más recóndito del planeta: la Antártida. Los desechos han sido detectados recientemente en nieve del continente así que no queda medio sin infectar. El mar, el hielo marino, los sedimentos, los glaciares, los neveros...

Tras acreditar cómo la contaminación de plomo de la revolución industrial del siglo XIX se instaló en el continente o pescar el cangrejo araña propio del Atlántico norte en el sur extremo, las investigaciones –una de ellas española– han probado que hay microplásticos en el agua dulce antártica.