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Trenes parados, carreteras licuadas y centrales detenidas: Europa vive solo un “anticipo” de lo que trae el calor extremo

Raúl Rejón

4 de julio de 2026 22:10 h

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El calor extremo de finales de junio ha generado problemas, hasta hace poco, inimaginables en Europa: vías de tren inutilizables, carreteras rotas o centrales nucleares paralizadas porque no aguantan las altísimas temperaturas.

“Solo es un anticipo” de lo que el cambio climático le va a hacer, por ejemplo, al transporte, según ha explicado la Comisión Económica para Europa de la ONU en un informe publicado esta semana. La crisis del clima “someterá a carreteras, trenes, puertos, aeropuertos y vías navegables a fenómenos meteorológicos cada vez más extremos durante las próximas décadas”.

La Agencia Europea del Medio Ambiente analizó en 2024 que “Europa no está preparada para sus crecientes riesgos climáticos”. Las medidas de adaptación “no siguen el ritmo” que impone la emergencia, expuso. Junio de 2026 ha sido un ejemplo palpable.

Lo vivido durante las jornadas de calor severo parecía imposible hace pocos años. Un recordatorio de la aceleración de la crisis climática. Un escenario de infraestructuras fallidas: retrasos y cancelaciones de trenes. Autovías cortadas y carreteras literalmente derretidas. Las temperaturas extremas vuelven a partir de este fin de semana.

Los sistemas de transporte son vitales para el buen funcionamiento de nuestras sociedades y economías por lo que las interrupciones pueden tener consecuencias dramáticas para las comunidades y suponer enormes costes financieros

La National Rail (NR) británica, por ejemplo, detectó catenarias caídas, deformación de las vías y fuegos en los márgenes de su red. Tanto la NR como la operadora LNER pidieron a sus clientes que no viajaran en sus trenes si no era “estrictamente” necesario.

Al otro lado del canal de la Mancha, el director de los ferrocarriles franceses, Jean Castex, admitió que su red había sido “fuertemente impactada” por el calor: tuvieron que cancelar hasta 71 trenes intercity al día. En Bélgica y Austria rebajaron la velocidad de los convoyes y suspendieron unos 100 trayectos diarios. También la red de alta velocidad Eurostar ha cancelado trayectos y reducido la velocidad debido a las altas temperaturas.

El efecto quizá más llamativo ha sido la deformación de los raíles que, al soportar un calor excesivo se dilatan más de lo previsto sin espacio suficiente y, de esta manera, se comban. Pero las temperaturas extremas también han generado fallos en los sistemas eléctricos que alimentan los convoyes. Por no decir los fallos de los aires acondicionados en los vagones, según han descrito los diferentes operadores europeos.

Asfalto licuado

Una de las imágenes más descriptivas de la ola de calor de finales de junio ha sido la del tranvía de Leipzig (Alemania) inutilizado porque una masa oscura e informe invadía los raíles. El calor intenso derritió el asfalto que une los rieles a la calzada, lo que provocó que se suspendiera el sistema. Ese betún se licuó y se expandió por las ranuras de las vías y, al semisolidificarse de nuevo, bloqueó el paso de los convoyes. La empresa pidió ayuda a los ciudadanos para quitar ese material.

Aunque ha captado menos atención, la red de tranvías de la ciudad de Núremberg tuvo que cortarse por padecer el mismo fenómeno.

Además, en varias autopistas germanas, al dilatarse las losas de la carretera sin espacio suficiente terminaron por levantarse y obligar al cierre de tramos de estas vías principales. En la carretera entre Meurthe y Mosela, en Francia, se derritieron seis kilómetros de asfalto. En Gran Bretaña tuvieron que cubrir con arena o polvo de roca diversos tramos de carreteras porque las vías se habían reblandecido por el calor.

“Consecuencias dramáticas”

Los fallos en las infraestructuras de movilidad no son una anécdota. Suponen un revés económico y ciudadano de primer nivel. En este sentido, la secretaria ejecutiva de la Comisión Económica de Naciones Unidas, Tatiana Molcean, ha explicado que “los sistemas de transporte son vitales para el buen funcionamiento de nuestras sociedades y economías, por lo que las interrupciones pueden tener consecuencias dramáticas para las comunidades y suponer enormes costes financieros”.

En su informe, describen cómo estas disrupciones disparan “efectos en cascada”, que no se limitan a retrasarse al acudir a una cita. Por ejemplo: en un episodio de calor extremo en el que se agudizan los problemas de salud y la necesidad de acudir a urgencias hospitalarias, una carretera inutilizada, precisamente, por ese calor, puede dificultar el acceso a centros sanitarios.

Los ingenieros de la Universidad Politécnica de Madrid, Emilio Ortega y Belén Martín Ramos, analizaron los efectos del cambio climático en las carreteras y ferrocarriles españoles en 2020. Entonces explicaron que “hasta la fecha, los estándares de construcción de carreteras y ferrocarriles tienden a basarse en condiciones climáticas promedio”. Justo lo que está alterando aceleradamente el calentamiento global, lo que “compromete” estas infraestructuras.

Su análisis concluyó que “el impacto del cambio climático en las infraestructuras analizadas, aunque presente, es relativamente bajo y no afectaría a trayectos críticos” aunque si subrayaron “un incremento importante de los costes de mantenimiento de las infraestructuras de transporte”.

Así que los responsables de carreteras y ferrocarriles no pueden aducir que lo que ha ocurrido les haya pillado por sorpresa. No es que no hubiera avisos tanto del peligro como de la falta de preparación que se arrastraba en la UE. La evaluación del riesgo climático de la Agencia Europea de Medio Ambiente de 2024 ya señalaba que la red de carreteras estaba climáticamente obsoleta porque “fue diseñada con los estándares del pasado”.

Respecto al calor severo, el asfalto aplicado en las vías de Europa central y del norte ha estado pensado durante décadas para paliar el efecto de las heladas. En cambio, el utilizado en España tiene añadidos para que evitar que se deforme si no se alcanzan, sobre el asfalto, temperaturas superiores a los 70 °C.

Reactores parados

Al margen de los transportes, el pico de calor ha quebrado la capacidad de algunas centrales nucleares para generar electricidad justo cuando más necesidad estaban atravesando sus poblaciones. En la primera potencia europea en electricidad nuclear, Francia, un reactor tuvo que detenerse y otros redujeron su actividad porque el agua de los ríos que utilizan para refrigerarse estaba demasiado caliente y, al salir de la planta, rebasaba la temperatura legal permitida.

Lo mismo ocurrió en la central de Paks, en Hungría, lo que ha hecho que el Gobierno, para poder atender a la demanda creciente de electricidad —con la que alimentar aparatos de aire acondicionado durante los días en los que los termómetros se han ido a 40 °C— decretara una excepción temporal sobre la temperatura máxima del agua de refrigeración: podrán utilizar excepcionalmente líquido más cálido.

El agua del Danubio en la planta húngara llegó a alcanzar los 30 ºC al salir de nuevo al río. La operadora ya ha dicho que, aun con estas excepciones, tendrá que reducir su producción en 40 megavatios más.