La portada de mañana
Acceder
El PP se enreda con el feminismo en plena pugna con Vox
El cambio climático era esto: Juegos Olímpicos de invierno en tirantes
Opinión -- 'La tortura de los pactos. Pero Trump es peor', por José M. Izquierdo

Un estudio plantea que la gestación en los neandertales pudo ser más difícil que en nuestra especie y sitúa ahí una pieza de su extinción

El nacimiento de un hijo siempre ha implicado un riesgo real, y ese riesgo se multiplica cuando no hay asistencia médica ni recursos básicos. Los partos, a lo largo de la historia, han arrebatado muchas vidas, sobre todo en lugares donde faltaban herramientas, higiene o personal formado.

En esas circunstancias podían aparecer hemorragias que no se detenían, infecciones tras el alumbramiento o convulsiones que sorprendían a la madre sin aviso. También podían surgir problemas ligados a la presión arterial o al desarrollo del feto, que sin tratamiento acababan en desenlaces fatales. Esa fragilidad del embarazo sin apoyo sanitario obliga a mirar con detalle qué tipo de complicaciones han condicionado la supervivencia de distintas poblaciones humanas.

Un trabajo científico señaló a un trastorno del embarazo como posible causa de la escasa descendencia neandertal

Un estudio publicado en Journal of Reproductive Immunology plantea que la preeclampsia y la eclampsia pudieron contribuir a la baja fecundidad y desaparición de los neandertales. Los autores señalan que esta complicación propia del embarazo humano casi nunca se ha tenido en cuenta para explicar el reducido número de nacimientos viables en esas comunidades.

En el artículo afirman que “la preeclampsia, la principal complicación reproductiva humana, nunca es citada por los antropólogos como posible explicación de las bajas tasas de fecundidad bien conocidas en comunidades neandertales”. La propuesta abre una línea distinta para analizar por qué una especie prosperó y otra terminó extinguiéndose.

Ese trabajo recuerda que los humanos actuales desarrollaron un mecanismo biológico que separa en muchos casos el daño en la placenta del cuadro grave que afecta a la madre. En torno al 75% de los casos de restricción del crecimiento fetal no desembocan en preeclampsia o eclampsia, y esa desconexión reduce el riesgo de muerte materna.

Sin esa protección, las cifras serían muy diferentes y la presión sobre la supervivencia del grupo mucho mayor. Desde una perspectiva evolutiva, los investigadores escriben que “la aparición de una salvaguarda reproductiva en la que la mayoría de los embarazos con placentación superficial no desencadenan un síndrome materno mortal habría sido esencial para la supervivencia humana”. En Homo sapiens esa protección parece consolidada, y eso encaja con su expansión demográfica.

Los cálculos apuntaron a tasas elevadas de convulsiones y muertes en madres primerizas neandertales

La hipótesis principal mantiene que los neandertales compartían un tipo de implantación placentaria profunda similar a la nuestra, pero quizá no contaban con el mismo mecanismo de seguridad. Si la placenta no invadía de forma adecuada las arterias maternas, podía reducirse el aporte de sangre al feto y aparecer un retraso en el crecimiento. En humanos actuales ese problema no siempre desencadena un cuadro grave en la madre, pero en ausencia de protección la situación cambiaría.

Los autores calculan que la tasa de preeclampsia podría haber alcanzado entre un 10% y un 20% de los embarazos, mientras que la eclampsia podría situarse entre un 4% y un 5%. En ese escenario, alrededor de un 4% de las madres primerizas habrían fallecido, una cifra superior a la mortalidad asociada a la hemorragia posparto, que hoy es la principal causa de muerte materna en el mundo.

En la actualidad, la preeclampsia afecta entre un 2% y un 8% de los embarazos y la eclampsia aparece en torno al 1% de los partos. A pesar de los avances médicos, estas complicaciones causan más de 70.000 muertes maternas al año y cerca de 500.000 muertes perinatales. La mayoría de los casos graves se concentran en entornos con pocos recursos sanitarios, donde la detección temprana y la intervención no siempre están disponibles.

El trastorno se manifiesta con hipertensión de nueva aparición tras la semana 20 de gestación y puede ir acompañado de alteraciones en órganos o de restricción del crecimiento fetal. Cuando evoluciona hacia eclampsia, aparecen convulsiones generalizadas que ponen en peligro inmediato la vida de la madre.

Variantes genéticas y cruces poblacionales pudieron aumentar la vulnerabilidad

Los investigadores subrayan que esta enfermedad es exclusiva de nuestra especie entre unas 4.300 especies de mamíferos conocidas. Desde hace más de un siglo se la ha descrito como una “enfermedad de teorías”, una expresión que resume la dificultad para explicar su origen exacto. Solo la expulsión de la placenta detiene de forma definitiva el proceso, ya que el órgano desempeña un papel importantel en la cadena de acontecimientos que conduce al síndrome. Cuando el trofoblasto, el tejido que conecta el embrión con la madre, no invade en profundidad el útero, las arterias espirales no se transforman como deberían y disminuye el aporte de oxígeno y nutrientes.

El artículo también apunta a diferencias genéticas que podrían haber hecho a los neandertales más vulnerables. Una variante del gen H19 se asocia con mayor riesgo de hipertensión y podría haber agravado los síntomas. Otras variaciones relacionadas con la interacción inmunológica entre madre y feto o con la regulación del oxígeno en los glóbulos rojos habrían aumentado la probabilidad de implantación superficial.

Además, cuando comenzó el cruce con Homo sapiens, la incompatibilidad entre genes de ambas poblaciones pudo generar conflictos en la oxigenación fetal. Esa combinación de factores habría elevado las muertes maternas y perinatales en grupos pequeños, con poca diversidad genética, y habría debilitado aún más su continuidad demográfica.