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El relevo del 'peliqueiro' de Laza: así se hereda una de las celebraciones más simbólicas de Galicia

Peliqueiro en Laza (Ourense).

Eila Rodríguez Filgueiras

16 de febrero de 2026 21:02 h

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A las nueve de la mañana del Domingo de Estrea Laza ya está muy despierta. Algún peliqueiro sale a despertar las calles desde antes de que el sol salga por completo. Los bajos de las casas se van llenando poco a poco de gente que acude a vestir o a ser vestida, llevando los trajes en perchas con nerviosismo y emoción, participando en un ritual que ha sobrevivido a los siglos y a la dictadura franquista. Dicen que en los pueblos las tradiciones cambian poco, pero sobre la más enraizada y orgullosa tradición de Laza las opiniones son diversas. Desde hace algunas décadas las mujeres visten el peliqueiro cada vez más, los colores de los trajes han cambiado ligeramente, los materiales avanzan para que pesen menos, y este año se abre aún más la participación con la primera peliqueira colombiana.

Danna Sofía llega con sus padres a las nueve y media de la mañana a casa de Cristina, donde se vestirá con cuatro chicos. La casa de Cristina está arreglada desde temprano esperando la llegada de los peliqueiros de este año. Algunos llevan toda la vida, como David, que vistió sus primeros chocos en el hospital a las horas de nacer. Ahora tiene once años, lleva desde los dos participando en esta tradición y asegura estar muy poco nervioso. Danna, por la contra, no consigue librarse de esos nervios. Su familia llegó a Laza desde Colombia en 2024, sabe que este Entroido significa un paso clave en su integración y lleva el traje con responsabilidad y respeto. Cristina la viste con cuidado y le da ánimos para la mañana que le espera.

La cuestión de las mujeres peliqueiras

La arqueóloga Nieves Amado, natural de Laza, apunta que la primera mujer documentada que vistió el peliqueiro fue en 1955. “Fue un poco una revolución, pero fue aceptada. Después, a partir de ahí sí que hubo más mujeres, no muchas tampoco, pero en todas las generaciones hay una que tiene más carácter”, comenta sobre un rol que no solo requiere una buena fortaleza física, sino acatar una gran responsabilidad. A finales de los años 70 el número de peliqueiras empezó a aumentar y repuntó tímidamente hasta nuestros días. Si bien las niñas que visten el peliqueiro están totalmente aceptadas e integradas, lo cierto es que el paso a la adultez suele estar acompañado de colgar el traje.

Silvia Castro fue una de las niñas que vistió el peliqueiro desde los cuatro a los catorce años. Cuenta que en las familias es un orgullo que los chicos lo lleven, pero en algunos casos no ocurre lo mismo con las mujeres. En su propia experiencia se incluye recibir comentarios como “llévalo como un hombre” que reflejan la resistencia de algunos sectores de la sociedad al cambio de la tradición. El cambio existe, pero es paulatino y lento. Para Silvia sí se puede hablar de un relevo generacional y confía en que las mujeres de esta y de generaciones venideras cuando sean madres sí animarán a sus hijas a vestir el peliqueiro.

También Noa Sobrino reivindica la presencia de las peliqueiras en el Entroido de Laza. Participando ella misma en el ritual y a través de su proyecto en redes A Peliqueira (@apeliqueira), investiga y divulga la celebración con perspectiva de género. En sus charlas aborda el debate de cuestionar la tradición y asegura que ello no es sinónimo de ponerla en peligro. Amado coincide con ella desde una perspectiva etnográfica: “Yo pienso que una máscara es una máscara, el género da igual, cuando la llevas cambias de identidad. Vestir un peliqueiro implica la transformación de la persona. Ellos son propietarios del traje, pero no de la identidad del personaje. La identidad del peliqueiro no te pertenece, le pertenece al pueblo”.

Democratización del traje

Otro cambio relevante en la celebración totalmente ligado al relevo generacional llegó a finales de la dictadura franquista. Con el retorno de los emigrantes gallegos tras la paulatina recuperación de derechos y libertades en los últimos años de Franco, el número de peliqueiros en Laza se multiplicó. En los años anteriores, encargar y tener en posesión un traje de peliqueiro, que hoy oscila entre los 2.000 y los 5.000 euros, era totalmente impensable para la mayoría de los lazanos. Tras la vuelta de aquellos que se habían visto forzados a emigrar tras la guerra, el poder adquisitivo de los habitantes aumentó notablemente y los fondos de muchos de ellos fueron destinados, muchas veces antes que a ninguna otra cosa, a comprar uno o varios trajes para la familia, según relata Amado.

Este fenómeno significó una democratización del traje que impulsó todavía más una tradición que ya había sobrevivido a una dictadura brutal con la cultura, que reprimió con mano dura un Entroido prohibido y perseguido con algún peliqueiro en el calabozo del cuartel. Hoy, por suerte, los tiempos no solo cambian, sino que también evolucionan. Los peliqueiros se han vuelto más accesibles y se están abriendo las puertas a variaciones que antes eran impensables. Este Domingo de Estrea suenan los chocos de Danna y de otras mujeres, y tras horas corriendo el traje de la nueva peliqueira ya no pesa tanto como al amanecer. La tradición no se rompe cuando se transforma, sino cuando deja de vivirse. Este Entroido, mientras los chocos retumban y las máscaras recorren las calles, Laza demuestra que la suya no es una reliquia inmóvil, sino una celebración que sigue creciendo con quienes la hacen suya.

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