Esta intrépida aventurera, a los 81 años, escaló y atravesó a caballo algunos pasos del Himalaya a 5.000 metros de altura

Una mujer de avanzada edad, desafiando el frío extremo, la escasez de oxígeno y la crudeza del terreno, mientras asciende por los picos más imponentes del planeta. Esta proeza fue protagonizada por Freya Stark, una intrépida aventurera que, superando su octava década de vida, escaló y atravesó a caballo y en mula algunos pasos del Himalaya a 5.000 metros de altura. El espíritu de su epopeya octogenaria encarna a la perfección su lema vital: el afán de descubrimiento no tiene fecha de caducidad. Conocida mundialmente y apodada con justicia como la “Dama de Oriente”, fue una de las viajeras, exploradoras y escritoras más formidables e influyentes del siglo XX

Nació en París el 31 de enero de 1893, en el seno de una familia de artistas bohemios de origen británico e italiano. Su larga vida, que abarcó un siglo exacto, estuvo definida por la firme determinación de una mujer que destrozó los esquemas sociales de su época para adentrarse en solitario por los confines geográficos de Asia y Oriente Medio.

El profundo idilio de esta mujer con el mundo oriental no nació en una expedición exótica, sino en el refugio que otorgan las páginas de la literatura. Cuando apenas tenía nueve años, recibió como regalo una traducción del clásico Las mil y una noches. Las fascinantes historias que leyó en esa obra encendieron en su interior una pasión irrefrenable por Arabia y sus misterios, empujándola a prometerse a sí misma que algún día pisaría en persona los lugares de los que hablaban aquellos cuentos.

Sin embargo, el destino le tenía reservada una prueba sumamente cruel en su adolescencia. Poco antes de cumplir los 13 años, mientras se encontraba visitando una fábrica de alfombras administrada por su madre en Italia, sufrió un aparatoso accidente industrial cuando su cabello se atascó en la maquinaria, desgarrándole gravemente el cuero cabelludo, arrancándole la oreja derecha y parte del párpado. Este suceso la dejó desfigurada y la obligó a vivir con profundas cicatrices que intentaba disimular mediante peinados asimétricos y el uso de sombreros, pero también la hizo refugiarse aún más en la lectura, soñando con escapar algún día de su encierro.

Para lograr convertir sus fantasías infantiles en una realidad palpable, Stark comprendió que necesitaba una rigurosa preparación académica e idiomática. Se trasladó a estudiar a Londres en 1912, ingresando más tarde a la prestigiosa Escuela de Estudios Orientales y Africanos. Gracias a su excepcional intelecto y su inmensa voluntad, que la llevaba a caminar varios kilómetros al día solo para recibir tutorías, llegó a dominar con total fluidez idiomas complejos como el árabe y el persa, además de su inglés materno, francés e italiano.

El primer gran hito de su biografía exploratoria se materializó en 1927, cuando, con 34 años de edad, se embarcó rumbo a Líbano tras ahorrar dinero de unas audaces inversiones bursátiles. Aunque su propósito original era simplemente perfeccionar su árabe, pronto demostró su temple insubordinado emprendiendo un arriesgado viaje hacia Siria, donde se internó en zonas prohibidas para simpatizar y convivir con la minoría religiosa de los drusos. Su intrepidez en un territorio militarizado por los colonos europeos le costó ser detenida y encarcelada durante tres días por las autoridades francesas, un incidente del que logró salir airosa y que catapultó su incipiente fama internacional.

La consagración definitiva de Stark ante la comunidad científica llegaría en la década de 1930 con su extraordinaria expedición a Irán. En un territorio virgen para los extranjeros, Stark rastreó el remoto valle de los montes Elburz en busca del legendario castillo de Alamut, el bastión medieval de la mítica secta de los Asesinos (hashshashin). No solo exploró zonas ignotas para Occidente, sino que enmendó las notables imprecisiones de la cartografía militar británica de la época, un aporte fundamental por el que fue galardonada con la prestigiosa Medalla de Oro del Fundador de la Royal Geographical Society.

A lo largo de todos estos hitos, Freya pagó un severo tributo físico, evidenciando que el mundo del aventurero dista mucho del romanticismo idealizado. A lo largo de sus viajes por tierras inhóspitas como el desierto del Neguev o el Yemen —donde persiguió los rastros de la Reina de Saba—, cayó presa de mortales enfermedades infecciosas y endémicas, padeciendo disentería, malaria, dengue e incluso sarampión. No obstante, sus prolongadas convalecencias hospitalarias sirvieron de pretexto perfecto para plasmar sobre papel sus memorias, escribiendo compulsivamente en la quietud de la recuperación.

La importancia estratégica de Freya Stark trascendió el ámbito meramente geográfico durante el oscuro capítulo de la Segunda Guerra Mundial. Aprovechando su vasto dominio idiomático y su conocimiento sobre el terreno, el gobierno de Gran Bretaña la reclutó para su Ministerio de Información en Oriente Medio, desempeñando labores clave de inteligencia táctica. Llegó a fundar la “Hermandad de la Libertad”, una extensa red de hasta 40.000 ciudadanos británicos, árabes y egipcios unidos para promover ideales de igualdad frente al avance de la propaganda del Tercer Reich.

Final en Italia

Más allá de su servicio diplomático, su inmortalidad está sellada en las letras de su abundante y brillante producción literaria. Obras clásicas del género de viajes como The Valleys of the Assassins o A Winter in Arabia evidencian a una escritora poseedora de una prosa elocuente y cautivadora. A diferencia de muchos contemporáneos que viajaban con una mirada de superioridad imperial, el enfoque de Stark era la empatía absoluta; valoraba por encima de todo el poder conversar con líderes nómadas, ganar su confianza respetando sus costumbres ancestrales y sumergirse íntegramente en las comunidades locales.

Finalmente, habiendo exprimido hasta el último suspiro el “éxtasis del descubrimiento”, Freya Stark retornó a su cálida y tranquila villa de Asolo, en Italia. Allí, tras ser agasajada como Dama del Imperio Británico y vivir rodeada de libros y admiradores, la legendaria trotamundos falleció el 9 de mayo de 1993, superando la insigne marca de los 100 años. Su legado atemporal no es solamente un regalo a la cartografía o a la literatura mundial, sino el testimonio palpitante de que ni la enfermedad, ni las convenciones de género, ni el propio tiempo, lograron detener a la inigualable Dama de Oriente.