La longitud de un muro puede expresar la magnitud de una civilización mejor que muchas crónicas. En el caso de la Gran Muralla China, esa medida alcanza unos 21.000 kilómetros de extensión si se suman todas las secciones conocidas, tanto las conservadas como las ruinas identificadas por los arqueólogos. A ritmo de caminata continua, un viajero tardaría más de un año en recorrerla completa, aunque la mayoría de tramos son intransitables por su deterioro o su ubicación en zonas montañosas.
Su construcción respondió a una necesidad defensiva: levantar una barrera que protegiera los campos agrícolas del norte frente a incursiones de pueblos nómadas. A lo largo de siglos, distintos reinos y dinastías añadieron muros, torres y pasos fortificados para asegurar rutas y controlar el comercio. Con ello se convirtió en una de las obras más extensas y duraderas creadas por el ser humano, símbolo material del esfuerzo por mantener una frontera bien visible.
Una nevada convirtió la Gran Muralla en una pista de hielo para turistas
El 17 de enero de 2026 una nevada cubrió de hielo y nieve el tramo de Badaling de la Gran Muralla China, según CGTN, y convirtió el lugar en un escenario donde los turistas se desplazaban con dificultad por los peldaños resbaladizos. Los vídeos difundidos mostraron a grupos de visitantes arrastrándose con las manos apoyadas en la piedra y agarrándose a las barandillas para no caer. Algunos optaron por deslizarse sentados mientras otros intentaban avanzar a cuatro patas. El hielo transformó la superficie en un pasillo brillante que reflejaba la luz gris del cielo y obligó a moverse con extrema cautela.
La difusión de las grabaciones convirtió la nevada de Badaling en uno de los episodios más comentados de este invierno. En las imágenes se observaban turistas riendo y gritando mientras trataban de mantener el equilibrio sobre un suelo cubierto de escarcha. El fenómeno se produjo tras varias horas de precipitación continua que dejó capas compactas de nieve en los tramos más altos. Las autoridades locales decidieron mantener abierto el acceso al recinto y recomendaron el uso de calzado antideslizante y apoyo constante en los pasamanos para evitar caídas.
Los meteorólogos atribuyeron el suceso a un patrón de retorno de flujo que llevó aire húmedo desde la bahía de Bohai hasta las montañas occidentales de Pekín. Ese aire, al ascender, formó nubes en temperaturas de entre -10 °C y -20 °C, propicias para la creación rápida de copos grandes y ligeros. En algunos puntos próximos, como Qianlingshan, la cantidad de nieve acumulada alcanzó 9,9 mm de equivalente en agua, una cifra suficiente para cubrir de hielo las superficies de piedra y madera. Este mecanismo atmosférico coincidió con una ola de frío que bajó las temperaturas entre 6 °C y 12 °C en el norte y el este del país, lo que mantuvo el terreno congelado durante días.
La situación obligó a reforzar la vigilancia en los accesos. Los responsables del área turística instaron a caminar despacio y a seguir las rutas más amplias para reducir el riesgo de resbalones. El servicio meteorológico de Pekín informó de que las nevadas ligeras continuaron el 18 de enero, prolongando la capa helada sobre los escalones. Wang Xiangxi, ministro de Gestión de Emergencias, pidió una coordinación más estrecha entre los servicios locales para afrontar los efectos del hielo, la nieve y las lluvias gélidas que afectaban a buena parte del país. Con ello se buscó garantizar la seguridad de los visitantes y evitar cierres prolongados en zonas emblemáticas.
La historia de la muralla une siglos de defensa, comercio y poder imperial
La muralla que hoy atrae a millones de turistas fue levantada inicialmente por varios estados del norte chino en el siglo VII a. C. para frenar incursiones enemigas. Con la unificación del territorio bajo Qin Shi Huang, esas defensas dispersas se enlazaron hasta formar una línea continua que delimitaba el imperio frente a los pueblos de las estepas.
Más tarde, las dinastías Han y Ming ampliaron y restauraron tramos para proteger rutas comerciales como la de la Ruta de la Seda y vigilar el paso de mercancías y ejércitos. Las torres de vigilancia servían para transmitir señales de humo y controlar el movimiento de tropas, lo que dio a la estructura una función tanto militar como administrativa. Actualmente, la Gran Muralla China se mantiene como vestigio de aquella estrategia y como uno de los monumentos más visitados del mundo.