Se tumbaba, gritaba, empujaba y paría. Luego, otra vez. Y otra. Así sin descanso, sin pausas entre un parto y el siguiente, como si alguien hubiera activado un mecanismo incontrolable dentro de su cuerpo. En la habitación, las matronas apenas daban abasto, intercambiando toallas y vasijas en un movimiento frenético. Nadie recordaba haber presenciado algo similar, ni siquiera los más viejos del lugar. Aquel torbellino de alumbramientos era el inicio del episodio que acabaría siendo conocido como el Milagro de Loosduinen.
La protagonista de aquella historia fue Margarita de Holanda, hija del conde Florencio IV, quien había sido casada con Hermann I de Henneberg en una alianza política que pretendía apuntalar aspiraciones imperiales. Aunque el matrimonio tuvo descendencia real, el mito posterior desbordó con creces los registros históricos: una leyenda medieval cuenta que, en una jornada extraordinaria, Margarita dio a luz a 365 hijos. La escena habría tenido lugar en el convento de Loosduinen, donde, según el relato más extendido, fue víctima de una maldición lanzada por una mujer que cargaba gemelos en brazos.
La frase malintencionada de Margarita desató una respuesta cargada de consecuencias
El insulto fue bastante ofensivo. Margarita se burló de aquella mujer afirmando que los niños no podían ser del mismo padre. Esa frase desencadenó la respuesta que acabó marcando la leyenda. La mujer, según se recoge en varias fuentes históricas, elevó la vista al cielo y pronunció unas palabras que quedaron registradas en un grabado inglés del siglo XVII como parte del poema The Lamenting Lady: “¡Oh Dios grande y poderoso! Te suplico en testimonio de mi inocencia, que te plazca enviar a esta Señora tantos niños como días hay en el año”.
Las primeras versiones escritas aparecieron en el siglo XIV, en crónicas como el Tafel van Egmond y el Kronyk van Holland. Más tarde, autores como Hermann Korner o Cyriacus Spangenberg añadirían detalles: los bebés medían apenas unos centímetros, todos fueron bautizados en una gran pila y recibieron nombres repetidos según el sexo, con Jan para los niños y Elizabeth para las niñas. La ceremonia la habría presidido el obispo de Utrecht, con la presencia del propio Hermann de Henneberg.
Aunque el número exacto de criaturas varía según la versión —algunas hablan de 364, otras de 365—, todas coinciden en que murieron al poco de nacer. A lo largo de los siglos, artistas, escritores y teólogos retomaron la historia desde distintos enfoques. El pintor Michael Waginger, por ejemplo, la representó en un óleo fechado en 1712, donde aparecen Margarita, los hijos diminutos y la escena del bautismo. La idea de que existieron frascos con alguno de aquellos cuerpos cobró fuerza en el siglo XVI.
Uno de esos supuestos restos fue visto en la corte danesa por el dramaturgo Jean François Regnard en 1681. Según su testimonio, el ejemplar estaba en una vitrina del rey Federico III y procedía de Bélgica. Años más tarde, el objeto habría sido trasladado al Museo Danés de Historia Natural, en Copenhague, hasta desaparecer en 1826. El catálogo de Holger Jacobson certificó su existencia, describiéndolo como del tamaño de un dedo pulgar.
Los médicos del siglo XX ofrecieron una posible explicación basada en una anomalía gestacional
Los médicos también intentaron explicar el fenómeno desde el punto de vista científico. En los años 30 del siglo XX, los ginecólogos Schumann y Brews apuntaron a un embarazo molar, una alteración en la que el tejido que normalmente se transforma en placenta crece de manera anormal formando vesículas. Esta condición, conocida como mola hidatiforme, ya había sido descrita por Hipócrates y aparece mencionada por autores clásicos como Aëtius Amidenus o François Mauriceau.
El especialista Carlos Ortiz-Hidalgo, en un artículo publicado en Archivos de Investigación Materno Infantil, recuerda que los síntomas de una mola hidatiforme suelen incluir sangrado, aumento del tamaño uterino y expulsión de material en forma de racimos. En sus palabras, “es probable que las vellosidades coriónicas quísticas arrojadas fueran malinterpretadas como fetos en una época en la que el conocimiento médico era limitado”.
Años después, la figura del patólogo Felix Marchand fue fundamental para entender que este tipo de alteración podía derivar en un tumor maligno llamado coriocarcinoma, cuya sensibilidad al metotrexato fue descubierta en la década de los 50 por Roy Hertz y Min Chiu Li. El tratamiento marcó el inicio de la quimioterapia moderna, convirtiendo un desenlace fatal en una patología curable en algunos casos.
Sin embargo, fuera de los círculos académicos, la leyenda siguió expandiéndose. Loosduinen se convirtió en lugar de peregrinación para mujeres con dificultades para concebir. Las nuevas pilas de cobre instaladas en la iglesia en el siglo XVII, junto con la inscripción en latín y neerlandés que contaba la historia, atrajeron a visitantes de todo el continente. Algunas mujeres llegaban únicamente para lavar sus manos, con la esperanza de conseguir descendencia.
Hoy, la Abadía de Loosduinen conserva parte de esa memoria en sus muros, entre reliquias reconstruidas, placas conmemorativas y objetos simbólicos. Aunque ningún historiador serio considere viable el parto de 365 hijos en un solo día, el relato ha sobrevivido a guerras, cambios religiosos y siglos de investigación médica. Y, sobre todo, sigue recordando que una buena ofensa puede acabar con una leyenda difícil de digerir.