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Estupidez humana y sistemas complejos

Ecologistas en Acción de la Manchuela
Los cadáveres del águila imperial Porrón y de otro ejempla  sin identificar, junto al apoyo del tendido eléctrico de Mazarambroz (Toledo)

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Nuestro desconocimiento del funcionamiento de los ecosistemas en general y del planeta Tierra en particular es proverbial. El culpable principal de este hecho es el desacople brutal de la cultura occidental de los fenómenos naturales, un antropocentrismo desaforado que origina un sentimiento de control casi absoluto sobre la naturaleza y una confianza ciega en la tecnología como solución a todos los problemas. Y, por encima y como consecuencia de todo ello, una instrumentalización del planeta que se concibe como un mero proveedor y escenario de una actividad económica de acumulación de capital.

Este desconocimiento suele llevarnos a varias concepciones erróneas sobre su funcionamiento y a no calibrar adecuadamente los impactos de nuestra actividad.

Solemos confundir lo que es un sistema lineal con un sistema complejo. La diferencia clave es que un sistema lineal es predecible, aditivo y simple (la suma de sus partes), donde causa y efecto son proporcionales (ejemplo: un circuito simple), mientras que un sistema complejo es impredecible, con interacciones no lineales que generan propiedades emergentes (nuevas características no presentes en las partes aisladas), y su comportamiento no es la simple suma de sus componentes.

Una infografía sobre los sistemas complejos

Que la Tierra no es un sistema lineal ya fue abordado por la responsable del informe de 'Los límites del crecimiento', Donella Meadows. Lanzó ya ideas muy interesantes.

Por ejemplo, que los sistemas complejos, como la Tierra, son terriblemente difíciles de analizar y a veces tienen comportamientos caóticos en su desarrollo y es difícil predecir la evolución del sistema cuando se modifican sus variables. Cualquier acción de intervención sobre un sistema complejo va a producir alteraciones en el mismo, y cualquier intento por nuestra parte de revertir dichas modificaciones, lo único que va a hacer es modificarlo todavía más (otra característica de los sistemas complejos es su dinamismo). Es imposible revertir el sistema a un estado exactamente igual a uno anterior, precisamente porque somos parte del mismo sistema y no un ente externo que lo esté analizando e interviniendo.

Otra característica de los sistemas complejos es su inercia. Si intervenimos solo sobre una de sus variables, como se trata de sistemas disipativos, los efectos tardarán mucho en percibirse de manera evidente. Esto es lo que permite a los negacionistas climáticos argumentar contra el origen antrópico del calentamiento global; por una parte, se debe a la dificultad para percibir determinados cambios, y por ello se aferran a que hubo episodios de calentamiento mucho mayores en el pasado. Eso es cierto, pero si miramos el registro fósil, tardaron muchos miles de años en producirse, si no, millones, mientras que ahora estamos hablando de ciento y pocos años.

Esta tendencia a ver la Tierra, no como un sistema lineal, no solo fue abordada por Donella, sino que James Lovelock le daría forma bajo el nombre de teoría de Gaia en la que abordaba la idea de nuestro planeta como un macroorganismo vivo capaz de autorregularse, pero claro, autorregularse hasta cierto punto.

Las andanzas del Homo sapiens por el planeta lo han modificado profunda e irreversiblemente, pues es absurdo pretender revertir esto por las razones que ya apuntamos anteriormente. A lo único a que podemos aspirar es a no seguir sobrepasando los límites seguros de la Tierra.

El amanecer en el planeta Tierra

La actividad humana no solo no se ha amoldado a los ritmos de la naturaleza, sino que ha chocado frontalmente con ellos.

La agricultura, en su afán por aumentar la producción, ha envenenado las aguas, la tierra y el aire, ha puesto vallas y ha matado fauna para proteger las cosechas, ha arrinconado hábitats de fauna salvaje y producido una alarmante pérdida de biodiversidad con la excusa de que tenemos que comer. Pero a nadie se le ocurriría hacer cosas para comer que en el futuro pueden comprometer nuestra capacidad de producir comida.

La ganadería, en su vertiente industrial es un despropósito cruel y nada ético que compromete la efectividad de antibióticos y que se convierte en un laboratorio de mutación de microorganismos (aparte de la externalización de impactos).

En su vertiente extensiva, muy pronto esta actividad ganadera entró en conflicto con la cúspide de la cadena trófica en España, El Lobo, máximo depredador que era el único que podía mantener el equilibrio de las poblaciones de resto de animales por debajo de él. Su competencia con la ganadería tradicional llevó a su clasificación como alimaña a exterminar y lo llevó al borde de la extinción. Aquí solo hay dos vías, o se intenta convivir con él o se le extermina. Y parece que como supuesta especie privilegiada lo que toca es el exterminio, así lo piden ganaderos que no están dispuestos a compartir su espacio.

Hemos modificado los hábitats, arrinconado a las especies salvajes y reducido drásticamente su número. Como no queremos competencia acabamos con el lobo (que podría perfectamente haber evitado alguno de los problemas que enfrentamos) y ahora, a causa de esta modificación que hemos hecho necesitamos seguir interviniendo para intentar arreglarlo. ¿Cómo?, pues haciendo lo que mejor se nos da, matar a aquellos animales cuya población aumenta por falta de depredadores: conejos, jabalíes, ciervos, corzos. Se ha iniciado una fiebre sanguinaria que ciega por completo.

Somos maestros en intervenir para intentar solucionar problemas generando otros más graves. Por ejemplo, la administración de diclofenaco al ganado en la India introdujo este producto en la cadena trófica arrasando la población de buitres en el país (se estima el 99,5%), lo que a su vez comportó aumento de perros y rabia, deterioro sanitario, costos sanitarios, enfermedades y plagas. ¿Quién iba a pensar que un antiinflamatorio no esteroideo podía producir semejante efecto en cascada?.

La desaparición de determinada fauna depredadora por diversas causas (caza, trampeo, venenos) junto con la escasez de zonas de alimento y con la aparición de determinadas estructuras (taludes) y con las repoblaciones para caza han originado una sobrepoblación de conejos. Este es otro efecto en cascada originado básicamente por la acción del hombre.

No parece que aprendamos del hecho de que nuestras intervenciones tienden a producir desequilibrios en los ecosistemas de consecuencias difícilmente predecibles. Y cuando intentamos arreglar estos desequilibrios sin tener en cuenta la complejidad del sistema, creamos nuevos desequilibrios.

Provocamos por acción u omisión incendios que arrasan los bosques e intentamos solucionarlo con monocultivos de especies que además procuramos que sean rentables económicamente ¿Qué puede salir mal?

Nuestra actividad económica genera emisiones e intentamos arreglarlo escondiéndolas debajo de la alfombra con el famoso almacenamiento geológico en lugar de reducir las emisiones ¿Qué puede salir mal?

Un lobo muerto junto a varios jabalíes durante una partida de caza

Lo que se nos presentan como soluciones milagrosas y maravillosas, puede que tampoco lo sean tanto a la luz de algunas investigaciones. Según detalla Jorge Olcina, catedrático de Análisis Geográfico Regional en la Universidad de Alicante, en China la repoblación forestal llevada a cabo en áreas próximas a la gran muralla, para crear una barrera de defensa frente al desierto, ha causado una disminución en la disponibilidad de agua en algunas regiones del noroeste y sureste del país: la primera es una zona árida, la segunda, un área afectada por el clima monzónico. En nuestro país la pérdida de agua disponible relacionada con el aumento de la masa forestal debida a repoblaciones puede observarse en la parte sur de la cordillera ibérica.

Recientemente, nuestro sistema de producción de carne se está viendo acosado por cada vez mayor número de amenazas: dermatosis nodular, peste porcina africana, gripe aviar y enfermedad de Newcastle. En un sistema de producción como este, altamente concentrado, los riesgos de bioseguridad son cada vez mayores y más difíciles de controlar. Desde el sector, y con una miopía desesperante, se achacan todos estos problemas a la fauna silvestre sin considerar el deterioro de los ecosistemas y la pérdida de biodiversidad como la causa de todos los desequilibrios que se están produciendo. El siguiente paso está bastante claro, como siempre, hemos producido un impacto y lo intentamos solucionar con un impacto mayor que amenaza con ser totalmente catastrófico.

Durante la última protesta agraria en Catalunya, varios agricultores colgaron de un puente de la carretera C-17 un jabalí y un ciervo muertos.

El presidente de ASAJA declaraba: “Hay que exterminar a toda la fauna salvaje cinegética, sí o sí” dando muestras de una irracionalidad absoluta que raya lo demencial si es que no lo constituye. Ahora se trata de culpabilizar a toda la fauna cinegética de los problemas que nos está ocasionando la explotación capitalista del campo y del ganado. Muerto el perro se acabó la rabia. Siguiendo ese razonamiento habrá que acabar con todos los ungulados para prevenir la dermatosis nodular, a todas las aves para prevenir la gripe aviar, todos los jabalíes para la peste porcina. ¡Locura colectiva!

Hemos asistido con tristeza a la criminalización de la fauna silvestre haciéndola chivo expiatorio de nuestros males y así quitarnos la culpa y la impotencia de encima. Y las administraciones dejan en manos del colectivo que disfruta matando especies silvestres la solución, los cazadores.

Supongo que a estas alturas la pregunta es obvia: ¿Qué puede salir mal?

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