La insólita estrategia de 'Lisístrata', la comedia de Aristófanes, para acabar con la guerra entre Atenas y Esparta

La portada de la revista 'Life' (vol. 61, n.º 1582, del 20 de febrero de 1913) muestra a una figura de estilo clásico (que recuerda a Susan B. Anthony) blandiendo un paraguas contra un hombre vestido con toga. Otra mujer sostiene un cartel que dice: «Queremos nuestros derechos». Ilustración de portada de Rea Irvin.

Ada Sanuy

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En el 411 a.C., cuando Atenas atravesaba uno de los momentos más delicados de la guerra del Peloponeso, Aristófanes llevó a escena una solución tan imposible en la realidad de su tiempo como eficaz para la comedia: entregar a las mujeres la capacidad de detener el conflicto. En Lisístrata, mujeres atenienses, espartanas y de otros territorios griegos acuerdan negar las relaciones sexuales a los hombres hasta que abandonen las armas, mientras otro grupo se apodera de la Acrópolis y del tesoro allí custodiado para cortar el acceso a los recursos que sostienen la guerra. La inversión es radical: quienes estaban apartadas de las decisiones políticas pasan a tener en sus manos los instrumentos para forzar la paz.

La obra apareció en una Grecia que llevaba dos décadas enfrentada en una guerra encabezada por Atenas y Esparta, al frente respectivamente de la Liga de Delos y la Liga del Peloponeso. El conflicto había comenzado en el 431 a.C. y todavía se prolongaría hasta el 404 a.C. La situación ateniense se había deteriorado especialmente después del desastre de la expedición a Sicilia, desarrollada entre el 415 y el 413 a.C. y terminada con la destrucción de buena parte de las fuerzas enviadas. A partir de entonces se abrió una nueva fase en la que Esparta, respaldada por Persia, apoyó rebeliones en territorios bajo dominio ateniense y debilitó progresivamente a su rival.

Es en ese escenario donde Aristófanes construye su ficción. Lisístrata convoca a mujeres de los distintos bandos y les propone actuar juntas allí donde los hombres no han conseguido acabar con la guerra. La abstinencia sexual constituye la parte más llamativa de su estrategia, pero el control del dinero resulta igualmente decisivo: hacerse con el tesoro significa impedir que esos recursos continúen sosteniendo la actividad bélica. De este modo, la protagonista transforma elementos vinculados a la posición que ocupaban las mujeres en aquella sociedad en herramientas capaces de intervenir en asuntos que normalmente quedaban fuera de su alcance.

Un mundo al revés para hablar de la guerra

La elección de unas mujeres capaces de intervenir en las decisiones sobre la guerra suponía dar la vuelta al orden social que conocían los espectadores atenienses. La mujer ateniense de finales del siglo V a.C. administraba la casa, pero carecía de derechos fuera de ese ámbito y las decisiones importantes recaían en los hombres. Como explica Isabel M.ª Sonia Sardón Navarro, de la Universidad de Valladolid, en un estudio sobre la comicidad de Lisístrata, este recurso al “mundo al revés” era característico de la comedia antigua: permitía invertir el orden establecido y recurrir a la burla para plantear una crítica de las desigualdades sociales y de las diferencias entre los sexos.

Ese cambio de papeles alcanza uno de sus momentos más claros con la ocupación de la Acrópolis. Cuando un grupo de hombres intenta recuperar el recinto con palancas y antorchas, las mujeres les hacen frente y conservan la ciudadela. La obra lleva así a la esfera pública capacidades que la sociedad ateniense situaba en el hogar: frente al representante de la autoridad, Lisístrata sostiene que las mujeres pueden ocuparse de los asuntos de la ciudad del mismo modo que gestionan sus casas. Aristófanes convierte esa confrontación en materia cómica mientras sitúa a sus personajes femeninos ante responsabilidades de las que habitualmente estaban excluidos.

Una alianza por encima de Atenas y Esparta

El poder de estas mujeres tampoco reside únicamente en enfrentarse a los atenienses. Su alianza atraviesa las fronteras creadas por la propia guerra. Entre quienes respaldan a Lisístrata se encuentra la espartana Lampito, representante precisamente de la ciudad enemiga de Atenas. La protagonista plantea que las mujeres del Peloponeso y Beocia unan sus esfuerzos con las atenienses para salvar a Grecia. La solidaridad entre mujeres de comunidades enfrentadas se convierte así en el motor de la acción: el propósito no es que una ciudad derrote a la otra, sino conseguir que se ponga fin al enfrentamiento entre griegos.

La abstinencia sexual proporciona buena parte de las situaciones cómicas y obscenas de la obra, pero la guerra permanece detrás de ese mecanismo humorístico. Aristófanes utilizó sus comedias para criticar el conflicto del Peloponeso, y Lisístrata presenta sus consecuencias desde una perspectiva alejada de la gloria militar: mientras los hombres podían encontrar en el combate una ocasión para demostrar valor, para las mujeres suponía años de sufrimiento como esposas y madres. El estudio de Sardón Navarro sitúa esta combinación de fantasía y provocación dentro de una tradición cómica que utilizaba la risa para abordar cuestiones como el pacifismo, la opresión o las desigualdades sociales.

Finalmente, la presión funciona dentro de la ficción y atenienses y espartanos terminan negociando la paz. Tras el acuerdo se abren las puertas de la ciudadela, las mujeres regresan con sus esposos y las ciudades rivales dejan atrás el enfrentamiento entre cantos, danzas y celebraciones. La consideración posterior de Lisístrata como símbolo feminista, pacifista o de liberación femenina ha generado distintas interpretaciones, algunas construidas muchos siglos después de Aristófanes. Lo que la obra sí pone en escena es una inversión extraordinaria para la sociedad que la contemplaba: mujeres excluidas de las decisiones políticas y militares toman temporalmente el control de los recursos y del espacio público y logran, dentro de la fantasía cómica, detener una guerra cuyas consecuencias también recaían sobre ellas.

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