Un islote que apenas sobresale en Fiyi guarda estructuras ocultas y reabre el debate sobre la vida en el Pacífico antiguo
Tirar restos al suelo no siempre deja una marca inmediata, pero cuando esa acción se repite durante años acaba cambiando el lugar donde ocurre. Los humanos han dejado basura en el suelo en muchos momentos, sobre todo cuando el esfuerzo de recogerla resultaba mayor que el de abandonarla allí mismo. Ese comportamiento, repetido día tras día, puede formar capas que se acumulan bajo los pies y alteran el terreno con el paso del tiempo.
En zonas donde se consumen alimentos de forma intensiva, como marisco recogido cerca de la costa, esos restos se amontonan y terminan ocupando más espacio del que parecía al principio. Esa acumulación continua puede levantar superficies nuevas que antes no existían como tal.
Un estudio explica que una isla de Fiyi surgió por conchas
Un estudio publicado en Geoarchaeology indica que una pequeña isla de Fiyi, situada cerca de Culasawani, en Vanua Levu no se formó por una ola ni por un tsunami, sino por la acumulación de restos de marisco dejados por personas hace unos 1.200 años.
El trabajo describe un terreno bajo, rodeado de manglares, que durante mucho tiempo pasó por una formación natural. La investigación muestra que esa superficie surgió a partir de residuos acumulados durante generaciones. Esa lectura cambia la forma de entender cómo se creó ese espacio.
Para comprobar qué había bajo la superficie, el equipo utilizó 20 barrenas manuales y perforó distintos puntos del terreno. Las mediciones mostraron que la isla apenas se eleva entre 20 y 60 centímetros sobre el nivel del agua en marea alta, lo que explica por qué se dio por sentado que era una isla durante un tiempo.
El análisis muestra que casi todo el material son conchas
Al analizar los sedimentos, comprobaron que entre el 70% y el 90% del material estaba formado por conchas. Además, los cangrejos que excavan en el suelo sacaban fragmentos desde profundidades de hasta 50 centímetros, lo que confirma que esa acumulación no se limita a la superficie.
El análisis detallado reveló que el terreno no estaba compuesto por tierra convencional. En lugar de suelo, lo que aparece es una masa compacta de restos de moluscos, incrustada en una mezcla de arena y arcilla. No se trata de conchas dispersas, sino de una acumulación continua que ocupa todo el volumen del islote. También se encontraron fragmentos de cerámica entre esos restos, lo que introduce una señal clara de actividad humana en ese lugar.
Ese tipo de acumulación encaja con el consumo habitual de marisco en muchas zonas del Pacífico. En otras partes de Fiyi, como la isla de Viti Levu, se han documentado actividades similares en las que se recogen grandes cantidades de moluscos en zonas poco profundas. El lugar estudiado se sitúa junto a la desembocadura de un río que aporta ese tipo de recursos de forma constante, lo que facilita que la recolección se repita durante largos periodos.
El equipo descartó que un tsunami formara ese depósito
Al inicio, el equipo consideró una explicación distinta. Pensaron que una gran ola podría haber arrastrado esos materiales y depositarlos en ese punto, algo plausible en una región con actividad sísmica. Sin embargo, el tipo de conchas encontrado no encaja con ese proceso, ya que predominan especies comestibles que suelen recogerse de forma selectiva. Además, el espesor de la capa sedimentaria no coincide con el patrón que deja un arrastre de ese tipo, lo que llevó a descartar esa hipótesis como origen principal.
El lugar se detectó en 2017 durante un estudio geoarqueológico en la costa norte de la isla de Vanua Levu. En un primer momento, el terreno parecía una extensión más de la costa, ya que está rodeado por manglares y un canal estrecho. Solo al analizar su contorno se confirmó que se trataba de una isla independiente con una superficie cercana a 3.000 metros cuadrados, aproximadamente el equivalente a 15 pistas de tenis.
La datación por radiocarbono de varias muestras sitúa la formación del depósito en torno a 1.190 años antes del presente, con un margen que abarca desde el año 420 hasta el 1040. Esa concentración temporal indica que la acumulación se produjo durante un periodo limitado y no de forma dispersa durante milenios. En el lugar no han aparecido huesos de animales ni herramientas de piedra, lo que sugiere que no fue un asentamiento permanente, sino un espacio utilizado para procesar alimentos.
El conjunto de datos apunta a que este islote encaja con lo que se conoce como un conchero, una acumulación de residuos alimentarios que con el tiempo puede formar terreno emergido. En otros puntos del Pacífico se han documentado casos similares, en los que estructuras levantadas sobre pilotes quedaron rodeadas por restos que acabaron creando superficie sólida. En este caso, la acumulación de conchas permitió que ese espacio quedara por encima del nivel del agua en ciertos momentos, y así terminó funcionando como una isla.