La madre del zar creyó durante 38 años que un campesino mataría a su hijo y Rasputin apareció para comenzar una guerra familiar
Las migas quedaron intactas sobre la mesa mientras las miradas se clavaban en Rasputin con una impaciencia cada vez más difícil de ocultar. Los pastelillos cargados de veneno desaparecieron uno tras otro, pero la espera se volvió más tensa porque el invitado siguió hablando y bebiendo como si nada hubiera cambiado. Cuando el vino preparado para rematar el plan tampoco provocó el desenlace esperado, varios hombres intercambiaron gestos nerviosos y la decisión tomó un rumbo mucho más violento.
Rasputin intentó mantenerse en pie mientras el primer disparo rompía la incertidumbre, aunque la resistencia que mostró alimentó todavía más el desconcierto de quienes habían organizado la emboscada. Los tiros se repitieron entre carreras, órdenes apresuradas y movimientos torpes alrededor del cuerpo. Al final, los conspiradores cargaron con él hasta el río Neva y lo arrojaron al agua, convencidos de que aquella noche terminaba por fin una amenaza que llevaba años persiguiendo a la corte rusa.
María Fiódorovna se convirtió en su rival más firme
La influencia de Grigori Rasputin dentro de la corte rusa se convirtió en una de las mayores fuentes de conflicto de los últimos años del Imperio. Según explica el historiador y autor Anthony Beevor en declaraciones recogidas por HistoryExtra, el peregrino siberiano logró una posición extraordinaria junto a Nicolás II y la emperatriz Alejandra en un momento marcado por la inseguridad política, los problemas familiares y la pérdida de confianza en las instituciones tradicionales.
Entre quienes vieron el peligro con mayor claridad estuvo María Fiódorovna, madre del zar. La emperatriz viuda consideraba que Rasputin era un impostor y observaba con preocupación cómo su cercanía a Alejandra afectaba a la imagen de la dinastía. También le inquietaban los rumores sobre su comportamiento privado y la posibilidad de que personas influyentes temieran perder sus cargos si ignoraban las recomendaciones que llegaban desde su entorno. Esa oposición terminó convirtiéndola en la principal adversaria de Rasputin dentro de la propia familia Romanov.
Su rechazo tenía además una dimensión personal ligada a una historia que circuló durante años en el entorno imperial. Beevor relató que, cuando María estaba embarazada del futuro Nicolás II, habría tenido un sueño inquietante. En él aparecía un bebé que escapaba de sus brazos y ascendía por una montaña hasta encontrarse con un campesino vestido de rojo que lo mataba con un hacha. La interpretación recibida entonces llevó a la emperatriz a creer que un campesino acabaría destruyendo a su hijo.
Esa narración adquirió un nuevo significado décadas después, cuando Rasputin apareció en la vida de los Romanov. Sin embargo, la propia fuente del relato obliga a la prudencia. Beevor recordó que la historia procede en parte de un supuesto diario atribuido a Rasputin cuyo contenido presenta problemas de autenticidad. Algunos elementos encuentran apoyo en otras referencias, pero muchos historiadores consideran posible que el episodio fuera modificado con el paso del tiempo para darle apariencia de profecía cumplida.
La debilidad del régimen facilitó su llegada al palacio
Mucho antes de convertirse en figura habitual de la corte, Rasputin había seguido un camino muy distinto. Nacido en Siberia en 1869, afirmó haber vivido una experiencia religiosa que cambió su vida y lo llevó a actuar como strannik, un peregrino errante que recorría monasterios y caminos. Según explicó Beevor, este tipo de personajes eran frecuentes en la Rusia de la época, donde las prácticas religiosas populares ocupaban un lugar destacado entre amplios sectores de la población.
Su ascenso se produjo en medio de una situación delicada para la monarquía. La derrota frente a Japón y la revolución de 1905 habían debilitado la autoridad del régimen. En ese contexto, Nicolás II y Alejandra buscaban figuras alejadas de las luchas internas de la aristocracia. Rasputin llegó a San Petersburgo con fama de hombre piadoso y consejero espiritual, y su presentación ante la familia imperial abrió una relación que crecería con rapidez.
La enfermedad del heredero desempeñó un papel decisivo. Alexéi sufría hemofilia y cualquier hemorragia podía convertirse en una amenaza mortal. Rasputin parecía capaz de aliviar la angustia familiar durante las crisis más graves y una recuperación especialmente llamativa en 1912 reforzó la convicción de Alejandra de que aquel hombre tenía una ayuda providencial. Desde entonces su posición quedó afianzada, aunque nunca ejerciera un poder formal dentro del Estado.
El asesinato de 1916 eliminó al personaje que concentraba buena parte de las críticas, pero no resolvió los problemas que arrastraba el régimen. La guerra, el deterioro económico y el descontento político continuaron avanzando. Por lo tanto, Rasputin terminó convertido en el rostro de una crisis mucho más amplia.
Dos años después, Nicolás II y su familia fueron ejecutados por los revolucionarios bolcheviques, mientras el recuerdo del campesino siberiano seguía teniendo un lugar destacado en las leyendas sobre el final de los Romanov.
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