Las relaciones entre los seres vivos cambian cuando un grupo altera los límites naturales del entorno. Ese movimiento, a veces lento y otras deliberado, ha transformado ecosistemas enteros y ha definido la historia de muchas islas. Los humanos son el ejemplo más claro de esa capacidad para desplazar especies y crear paisajes nuevos, ya sea por necesidad, curiosidad o supervivencia. Con cada migración, una parte del mundo se reorganiza: los animales viajan, los hábitats se modifican y las formas de vida se adaptan al nuevo espacio.
Esa interacción explica muchos de los equilibrios actuales, que dependen tanto del azar como de las decisiones tomadas hace miles de años. La expansión humana, con su capacidad de transportar vida de un punto a otro, dejó una marca que hoy solo la genética y la arqueología pueden seguir con precisión.
Los humanos transformaron los ecosistemas al mover especies por el planeta
Un trabajo dirigido por Laurent Frantz, con participación de un equipo internacional, ha analizado el ADN de más de 700 cerdos antiguos y modernos para reconstruir su historia en el Pacífico. El trabajo, publicado en la revista Science, muestra que la dispersión de estos animales fue el resultado de los desplazamientos humanos y que sus rutas genéticas reflejan las migraciones de distintas culturas.
Los investigadores observaron que las poblaciones porcinas actuales en Melanesia, Micronesia y Polinesia derivan de oleadas sucesivas de introducción, lo que convierte a los cerdos en un archivo biológico de los movimientos humanos. El estudio plantea también implicaciones para la conservación y la comprensión del impacto humano en los ecosistemas insulares.
Los científicos aplicaron un análisis morfométrico sobre más de 700 molares, tanto antiguos como actuales, y lo cruzaron con datos genómicos de ejemplares de Oceanía y el sudeste asiático. Detectaron una morfología dental específica, conocida como “forma del Pacífico”, que caracteriza a una variedad concreta de cerdo doméstico. Este rasgo se observó sobre todo en muestras procedentes de las islas oceánicas, aunque también apareció en algunos ejemplares de Borneo, Taiwán y Laos. Gracias a la comparación entre el ADN y la morfología, se reconstruyeron rutas de dispersión que muestran una historia de mestizajes, aislamientos y reintroducciones.
Los resultados confirman que el transporte de cerdos por parte de grupos humanos comenzó mucho antes del desarrollo de la agricultura. Restos del cerdo verrugoso hallados fuera de su hábitat natural en Sulawesi, concretamente en la isla de Flores, indican que ya existían movimientos intencionados de animales hace unos 50.000 años. Este hecho sugiere una relación temprana entre cazadores-recolectores y animales, marcada por una gestión activa de los recursos y una convivencia que fue más allá de la simple caza.
El estudio introduce un debate sobre qué significa realmente que una especie sea nativa. En regiones como Wallacea y Oceanía, donde la acción humana ha modelado el entorno durante milenios, las categorías tradicionales de “autóctono” e “invasor” resultan insuficientes. Los cerdos, introducidos por distintos grupos humanos hace miles de años, han pasado a formar parte del equilibrio ecológico local y, en algunos casos, de prácticas culturales y rituales. Algunos autores proponen entender la natividad como una condición evolutiva más que como un punto de origen.
La llegada europea cambió para siempre la diversidad animal en las islas del Pacífico
Hace unos 4.000 años, con la expansión austronesia desde el sur de China y Taiwán, los cerdos domésticos formaron parte del conjunto de especies transportadas por los nuevos colonos. La mayoría de los ejemplares hallados en Melanesia, Micronesia y Polinesia descienden genéticamente de animales de Asia oriental. Los análisis indican que, aunque existieron cruces entre especies locales y domésticas en Wallacea, los cerdos que llegaron más al este del Pacífico conservaron un linaje puro. Esa misma pauta se observa en los humanos austronesios, cuyas primeras migraciones tampoco incluyeron mezcla con poblaciones previas.
A partir del siglo XIX, la llegada de colonizadores europeos introdujo nuevas variedades de cerdos en el Pacífico. Estos animales, especialmente procedentes de Europa, se establecieron en regiones como Filipinas, Nueva Guinea y Nueva Caledonia. En muchas zonas desplazaron o absorbieron genéticamente a las poblaciones locales, alterando su diversidad y su significado cultural. En otras, las variedades europeas convivieron con especies ferales o híbridas, asociadas a distintas funciones sociales: alimento, símbolo ritual o plaga agrícola. Esa convivencia resume la historia de una relación que, desde los primeros desplazamientos humanos, nunca ha dejado de transformarse.