Descubren un extraño insecto de hace 99 millones de años y lo bautizan en honor a los Teletubbies
Un extraño insecto que habitó los bosques del Cretácico ha recibido su nombre de uno de los personajes más reconocibles de la televisión infantil. Un estudio publicado en la revista científica Insects describe una nueva especie conservada en ámbar de Kachin, en Myanmar (Birmania), a la que sus descubridores han llamado Cretodorus noonoo por Noo-Noo, el aspirador de los Teletubbies. La elección se debe a su característica más llamativa: unas piezas bucales extraordinariamente largas y flexibles.
La investigación, realizada por Dolev Fabrikant, Yanzhe Fu y Leonidas-Romanos Davranoglou, se centra en unos fulgoromorfos extintos con un aparato de alimentación muy diferente al de sus parientes actuales. Estos insectos tenían un labio extremadamente alargado que envolvía los estiletes utilizados para perforar los tejidos de las plantas y extraer sus fluidos. Su último segmento estaba cubierto de pequeños pliegues transversales, parecidos a los de una pajita flexible o una manguera, que probablemente permitían doblarlo sin que se aplastara.
Los científicos llegaron a estas conclusiones tras analizar 13 fósiles del Cenomaniense temprano y compararlos con un ejemplar moderno. Para observar con detalle unas estructuras tan pequeñas utilizaron, entre otras técnicas, microtomografía computarizada con radiación de sincrotrón, una herramienta que permitió reconstruir su anatomía en tres dimensiones. Así comprobaron que las corrugaciones no eran un simple relieve exterior: eran pliegues de la propia cutícula y probablemente cumplían una función mecánica.
Una “pajita” que podía duplicar el tamaño del insecto
El ejemplar adulto con el que se ha descrito Cretodorus noonoo mide 8,7 milímetros, pero solo el tercer segmento de su labio alcanza los 9,6 milímetros. En conjunto, este aparato podía llegar aproximadamente al doble de la longitud de su cuerpo. El estudio describe también una ninfa de la nueva especie de 4,8 milímetros. Algunos de los fósiles conservan estas piezas bucales dobladas o curvadas, una de las pistas que llevan a los investigadores a considerar que eran flexibles cuando los animales estaban vivos.
Esa flexibilidad habría sido clave para que una estructura tan larga y fina pudiera funcionar. Los pliegues permitían repartir la deformación a lo largo del tubo y reducir el riesgo de que se aplastara o se doblara hasta bloquearse. De este modo, el insecto habría podido curvar su aparato bucal de manera pronunciada sin comprometer los delicados estiletes que albergaba en su interior, combinando movilidad y resistencia en una misma estructura.
Una adaptación para buscar alimento en la corteza
La anatomía de los fósiles también permite plantear para qué servía semejante aparato. Los autores proponen que el segmento flexible podía avanzar curvándose por grietas o fisuras profundas de la corteza y otras superficies vegetales resistentes hasta situar los estiletes cerca de tejidos vasculares ricos en fluidos. No se trata de una conducta que pueda observarse directamente en los fósiles, sino de una hipótesis sobre su funcionamiento basada en la forma y las propiedades de sus piezas bucales.
La punta añadía otra particularidad al sistema. Estaba dividida en dos lóbulos laterales con pequeñas serraciones transversales y aparentemente podía ensancharse cuando emergían los estiletes encargados de perforar. Los investigadores reconocen que no es posible saber con exactitud cuánto podía moverse ni determinar con certeza su función, pero plantean que podría haber ayudado a mantener el aparato anclado a la superficie mientras el insecto se alimentaba.
El hallazgo permite asomarse también a formas de alimentación que prácticamente no tienen equivalentes entre estos insectos en la actualidad. Estructuras corrugadas parecidas aparecieron de manera independiente en varios grupos de insectos del Cretácico sin un parentesco cercano, lo que sugiere que los ecosistemas terrestres del Mesozoico favorecieron estrategias hoy poco representadas. El estudio propone además un cambio en su clasificación: considera Mimarachnidae como un sinónimo posterior de Neazoniidae, después de concluir que las diferencias utilizadas para separar ambas familias no son suficientes y que comparten este peculiar aparato bucal y otros rasgos anatómicos.
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