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¿Podrían los neandertales haber besado igual que nosotros? La ciencia empieza a inclinarse por el sí

Héctor Farrés

11 de enero de 2026 16:14 h

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Las muestras de afecto entre individuos adoptan muchas formas, desde gestos breves hasta contactos prolongados. El beso es una de las más reconocibles y, pese a su aparente sencillez, encierra una enorme variedad de significados. Puede expresar deseo, ternura o gratitud, y cambia su sentido según la cultura y la ocasión. En algunos casos se usa para saludar, en otros para sellar alianzas o expresar cariño en el día a día.

Su práctica, extendida entre humanos y observada también en otras especies, ha generado preguntas sobre sus raíces biológicas y su posible papel evolutivo. Con ello se ha abierto un campo de investigación que busca entender hasta qué punto los cerebros desarrollados de distintas especies lo transformaron en una herramienta social.

El trabajo liderado por Matilda Brindle sitúa su aparición millones de años atrás

Un equipo de investigación encabezado por la bióloga evolutiva Matilda Brindle identificó que el beso apareció en los ancestros de los grandes simios hace entre 21,5 y 16,9 millones de años, según un estudio publicado en la revista Evolution and Human Behavior. El trabajo sostiene que esta conducta no surgió como una invención cultural tardía, sino como un rasgo heredado que se mantuvo a lo largo de la evolución. Los autores concluyen que la práctica estaba presente antes de la separación entre distintas ramas de primates, lo que permite rastrear su antigüedad con mayor precisión. Ese enfoque sitúa el beso dentro de un marco evolutivo amplio y documentado.

Para llegar a esa conclusión, el equipo tuvo que establecer primero qué se entiende por beso fuera del ámbito humano. La definición empleada se centró en contactos boca con boca de carácter no agresivo y sin intercambio de alimento, con movimientos reconocibles de labios o mandíbula. Esa delimitación permitió descartar conductas similares que responden a otras funciones, como la transferencia de comida o los enfrentamientos ritualizados. Con ese criterio, los investigadores revisaron informes previos y registros visuales de primates actuales para confirmar la presencia del comportamiento.

El análisis filogenético posterior integró esos datos con la relación evolutiva entre especies vivas y extintas. El modelo estadístico utilizado simuló millones de escenarios posibles para estimar la probabilidad de que los antepasados compartieran la conducta. Los resultados señalaron que el beso se conservó en la mayoría de los grandes simios y que su aparición precede por mucho a la evolución humana reciente. Esa continuidad permitió incluir también a los neandertales dentro del grupo de especies con alta probabilidad de haber besado.

El estudio sobre el origen evolutivo del beso incorpora además evidencias indirectas procedentes de la genética y la microbiología. Investigaciones previas habían mostrado que humanos modernos y neandertales compartieron microbios orales durante cientos de miles de años, un dato compatible con el intercambio de saliva. A ello se suma la presencia de ADN neandertal en poblaciones humanas actuales fuera de África, indicador de contactos íntimos entre grupos. En conjunto, esos elementos refuerzan la hipótesis de que el beso no se limitó a una sola especie.

Las interpretaciones del hallazgo no ignoran los límites culturales observados en sociedades humanas. Los datos etnográficos indican que solo el 46% de las culturas documentadas practican el beso de forma habitual, lo que apunta a una variabilidad social clara. Según explicó Catherine Talbot, investigadora del Florida Institute of Technology, esa diversidad plantea la cuestión de hasta qué punto una conducta heredada se expresa o se inhibe según normas sociales concretas. El estudio no resuelve esa diferencia, pero aporta un marco para entenderla.

Otros expertos valoraron el alcance del trabajo desde perspectivas complementarias. Jake Brooker, especialista en comportamiento de grandes simios en la Universidad de Durham, señaló que la presencia del beso en varias especies apoya la idea de un origen profundo y compartido. Penny Spikins, profesora de arqueología de los orígenes humanos en la Universidad de York, añadió que el hallazgo cuestiona visiones simplificadas del pasado, al mostrar que los lazos afectivos tuvieron un papel relevante desde etapas muy tempranas.