Pleitos con pluma y pergamino: cuando muchas viudas se enfrentaron a sus hijos primogénitos en la Baja Edad Media a raíz de la herencia

Existen una serie de archivos judiciales que contradicen la tópica imagen de la mujer noble de la Baja Edad Media, que la escenifica como una figura pasiva, relegada a la torre del castillo, bordando mientras espera el regreso de su esposo de la guerra o dedicando su viudez a la oración silenciosa. Sin embargo, hay estudiosos de la materia que han elaborado un relato completamente diferente, lleno de intrigas, falsificaciones y batallas legales que harían palidecer a cualquier drama moderno. Cuando el marido fallecía, muchas de estas aristócratas no se retiraban a un segundo plano; por el contrario, desenvainaban la pluma y el pergamino para enfrentarse a sus propios hijos varones, defendiendo con uñas y dientes su dote, sus arras y el patrimonio que habían ayudado a construir.

El desenterrar estos fascinantes conflictos es parte de la meticulosa investigación titulada “Herencia, linaje y patrimonio: estrategias femeninas en los pleitos por los bienes dotales en Castilla a finales de la Edad Media”, realizada por Alicia Montero Málaga y Víctor Muñoz Gómez. Este estudio arroja luz sobre cómo las mujeres de la alta nobleza castellana, lejos de ser víctimas indefensas, desplegaron complejas estrategias jurídicas y sociales para proteger su futuro económico frente a la voracidad de los herederos del mayorazgo.

El origen de la disputa solía ser siempre el mismo: el dinero y las propiedades. Legalmente, la dote era propiedad de la mujer y debía serle devuelta si el matrimonio se disolvía o el marido moría, aunque mientras durase la unión, él la administraba. Sin embargo, con el auge del “mayorazgo” —sistema que favorecía al hijo mayor varón para evitar que los bienes familiares se dispersaran—, las viudas se encontraban a menudo despojadas de lo que les pertenecía. Los tribunales de la época se llenaron de demandas: madres contra hijos, suegras contra nueras y cuñados enfrentados por castillos y rentas.

Uno de los casos más curiosos es el de la poderosa Mencía de Mendoza, condesa de Haro. Mientras su marido, el Condestable de Castilla, guerreaba en Granada, ella administraba el señorío con plenos poderes, gestionando rentas y justicia. Pero su gran legado fue arquitectónico: la famosa Capilla de los Condestables en la Catedral de Burgos y la Casa del Cordón. Mencía invirtió su propia dote en estas obras, rompiendo la tradición familiar de los Velasco de enterrarse en el monasterio de Medina de Pomar.

A la muerte de su esposo en 1492, estalló la guerra doméstica. Su hijo Bernardino, nuevo duque de Frías, se negó a seguir pagando las obras de la capilla, alegando que su padre la había construido solo por el “entrañable amor” que tenía a Mencía, incumpliendo sus deberes con el linaje. El pleito fue feroz: Mencía no solo reclamó su dote millonaria de 1.600.000 maravedíes, sino también la mitad de los bienes gananciales, incluyendo el palacio de la Casa del Cordón, del cual logró retener el usufructo vitalicio hasta su muerte.

Pero si el caso de Mencía fue una batalla de prestigio, el de María Sarmiento y su hijo Pedro de Ayala parece sacado de una novela negra. En este conflicto por la herencia del señorío de Ayala, salió a la luz un documento escandaloso: un codicilo testamentario falsificado. La disputa alcanzó tal nivel de acritud que se cuestionó la legitimidad del hijo como señor por su crueldad con los vasallos; finalmente, el hijo logró demostrar la falsedad del documento, y el escribano responsable fue ejecutado, aunque la sombra de la madre planeaba sobre la autoría intelectual del fraude.

Aún más dramática fue la situación de María Pacheco Portocarrero, viuda del conde de Benavente. Su propio hijo, Alonso Pimentel, llegó al extremo de encarcelarla en el castillo de Benavente para obligarla a ceder su dote y crear un mayorazgo a su favor. La imagen de una gran dama encerrada por su vástago ilustra hasta qué punto la codicia patrimonial podía romper los vínculos filiales. María tuvo que pedir un “seguro” a los Reyes Católicos por temor a que le ocuparan sus villas por la fuerza.

Lejos de amedrentarse tras su cautiverio, María Pacheco contraatacó con una jugada maestra e inusual para la época: fundó un mayorazgo para su hija, Beatriz Pimentel. Esto era excepcional, pues los mayorazgos solían ser masculinos, pero María utilizó sus bienes para asegurar la posición de su hija, quien estaba prometida con la casa de Alba. Madre e hija formaron un frente común, pleiteando juntas durante años para recuperar rentas e incluso la mitad de la villa de Castromocho, que María reclamaba como bien ganancial adquirido durante su matrimonio.

En ocasiones, la viuda lograba poner al resto de la familia en contra del primogénito. Fue el caso de Isabel Pacheco, quien, retirada en el monasterio de Santa María de Fresdelval, demandó a su hijo Antonio de Padilla. Isabel no estaba sola: sus otros hijos varones y varias hijas se alinearon con ella en los tribunales, probablemente resentidos porque el hermano mayor acaparaba toda la herencia mediante el acrecentamiento del mayorazgo.

Isabel Pacheco demostró una tenacidad inagotable. No solo recuperó el señorío de Santa Gadea, sino que en 1534, ya anciana, fundó un nuevo mayorazgo para su hijo segundón, Jerónimo, utilizando los bienes que había logrado salvar. En una cláusula reveladora, estipuló que si Jerónimo no tenía hijos, podía nombrar heredero a quien quisiera, siempre que mantuviera el apellido y las armas de los Padilla, demostrando que las mujeres eran también guardianas feroces de la identidad del linaje.

Redes de influencia

Estas mujeres no luchaban solas. Para enfrentarse a sus hijos y al sistema legal, tejían extensas redes de influencia, recurriendo a parientes poderosos, eclesiásticos e incluso a la intervención papal, como hizo Mencía de Mendoza a través de sus hermanos. No eran meras espectadoras de la historia de sus familias: eran gestoras activas que entendían que la defensa de su patrimonio era la única forma de garantizar su libertad y su poder en un mundo de hombres.

En conclusión, el estudio que ha recogido diferentes archivos revela que las viudas de la aristocracia castellana fueron auténticas estrategas. Ya fuera construyendo capillas que desafiaban la tradición, soportando prisión o falsificando documentos, estas damas demostraron una capacidad sorprendente para no perder lo que consideraban que les pertenecía. Sus pleitos no son solo anécdotas legales: son el testimonio de cómo, ante la adversidad y la ambición de sus propios hijos, las mujeres medievales supieron convertir la dote y el pergamino en sus mejores armas de guerra.