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¿Pudo una oveja cambiar el mapa de la peste prehistórica? La respuesta está en las rutas del comercio ganadero

Los brotes de peste transformaron la historia porque no solo devastaron poblaciones humanas, sino que también alteraron ecosistemas enteros. La enfermedad prospera en entornos donde los animales viven cerca de las personas y se desplazan con ellas, algo frecuente en las sociedades ganaderas de la antigüedad. Los rebaños, al moverse entre pastos y asentamientos, favorecían contactos cruzados entre humanos, animales domésticos y fauna silvestre. Esa movilidad creó una red invisible de intercambio biológico en la que un simple traslado podía transportar bacterias a centenares de kilómetros.

En ese contexto, la peste se comportó menos como un fenómeno aislado y más como una consecuencia inevitable de la relación cotidiana entre pastores y animales, con desplazamientos que servían de puente entre regiones. Con ello, las enfermedades zoonóticas pudieron mantenerse activas durante siglos, incluso antes de que existieran las grandes ciudades o las pulgas urbanas asociadas a la peste medieval.

La peste se mantuvo activa durante siglos gracias a la movilidad diaria de pastores y animales

Un equipo internacional halló ADN de Yersinia pestis en una oveja de 4.000 años del yacimiento de Arkaim, lo que ofrece la primera evidencia de infección por peste en un huésped no humano durante la Edad del Bronce. El estudio, publicado en la revista Cell, demuestra que la peste ya circulaba entre animales domesticados miles de años antes de las pandemias medievales y sugiere que los rebaños tuvieron un papel decisivo en la expansión del patógeno.

La investigación sitúa el hallazgo en un periodo en que la peste anterior a la Edad Media, sin capacidad de transmisión por pulgas, se extendió por Eurasia durante más de 2.000 años. Esa cepa primitiva intrigó a los científicos por su persistencia en zonas tan amplias sin un vector conocido. Los resultados del estudio aportan una clave para entender cómo pudo mantenerse activa: la interacción entre humanos y animales en sociedades ganaderas muy móviles.

El arqueólogo Taylor Hermes, de la Universidad de Arkansas, codirige un proyecto sobre ADN de ganado antiguo que investiga cómo especies domesticadas como vacas, cabras y ovejas se difundieron desde el Creciente Fértil. Mientras analizaba muestras del yacimiento de Arkaim, Hermes detectó restos genéticos de Y. pestis en un hueso de oveja excavado décadas atrás, un hallazgo que calificó como señal decisiva. Explicó que el análisis de ADN antiguo presenta dificultades por la mezcla con material ambiental y humano, pero que también permite detectar patógenos que afectaron a los rebaños y a sus cuidadores.

Las nuevas excavaciones buscan aclarar el papel del ganado en la cadena de contagio

La investigación continúa con nuevas excavaciones financiadas por la Sociedad Max Planck de Alemania, que concedió a Hermes una subvención de 100.000 euros para seguir recogiendo muestras en los Urales meridionales. El objetivo es determinar la extensión real de las infecciones y localizar posibles reservorios naturales de la bacteria. Con ello, el equipo espera precisar el papel del ganado en la transmisión y comprobar si la peste se mantuvo gracias a un ciclo más complejo que el humano.

El ADN hallado en la oveja de Arkaim constituye una pieza esencial para comprender la dinámica de la enfermedad. La similitud entre esa cepa y otras detectadas en humanos de culturas lejanas indica que la peste formaba parte de una red epidemiológica amplia. Esa coincidencia genética refuerza la hipótesis de que los movimientos de rebaños y pastores fueron un canal de propagación fundamental en la Edad del Bronce.

Los investigadores plantean que, además de las personas, los animales domésticos actuaron como huéspedes intermedios entre los reservorios silvestres y las comunidades humanas. Esa interacción habría mantenido la circulación del patógeno incluso sin vectores especializados, prolongando su presencia en Eurasia durante milenios. El hallazgo también ofrece una advertencia aplicable a nuestros días: cuando las actividades humanas alteran ecosistemas estables, surgen condiciones que pueden reactivar enfermedades antiguas o favorecer nuevas.