Esta es la ropa original de la época victoriana o cómo vestían realmente los personajes de Cumbres Borrascosas

La nueva adaptación de 2026 de Cumbres Borrascosas llega con la promesa de “modernizar” el clásico: una versión más sensorial, más estética, más de atmósfera que de documentación. Y ojo, eso puede funcionar como cine, porque el cine no es un examen de historia.

El problema aparece cuando esa ensoñación ecléctica se vende como “así era la época”, porque entonces el vestuario deja de ser una elección artística y se convierte en una idea falsa que se te queda pegada como chicle. En el caso de Cumbres Borrascosas, esa confusión es especialmente delicada: la novela vive del choque entre clase social, violencia emocional y un paisaje que no perdona. La ropa, en esa Inglaterra del XIX, no era solo “look”: era jerarquía, moral y dinero.

La obra de Emily Brontë se publica en 1847, en plena primera mitad del siglo XIX, y ahí está la clave. Para vestir a sus personajes con honestidad, hay que entender qué llevaba una mujer (y un hombre) en esos años, qué silueta se consideraba decente y qué piezas marcaban el estatus sin necesidad de decir una palabra.

La adaptación de 2026 y el vestuario como fantasía

En entrevistas, la directora de la película ha defendido abiertamente que su adaptación de 2026 no pretende ser “fiel” en el sentido académico, sino una “versión” guiada por la sensación de leer el libro por primera vez. Eso explica por qué el vestuario tiende a lo estilizado: tejidos que parecen más ligeros de lo que eran, siluetas que priorizan la belleza contemporánea, y una especie de romanticismo visual que suaviza el peso real de la indumentaria histórica.

Pero Cumbres Borrascosas no es un romance bonito. Es un texto áspero. Y, si lo piensas, la ropa del periodo también lo era en lo estructural: capas, sujeciones, normas sociales cosidas a la tela. La estética actual suele “limpiar” lo incómodo. La moda del XIX, en cambio, está llena de incomodidades con significado. Ahí es donde el vestuario fiel cuenta cosas sin subrayarlas.

Y sí: esto no va de pedir una recreación museística plano a plano. Va de no confundir “fantasía elegante” con “realidad histórica”.

La moda del siglo XIX que sí encaja con la novela

Para aterrizar el armario real de la época, conviene mirar el recorrido que describes en tu texto base: del rococó tardío al giro neoclásico y, finalmente, a la llamada moda romántica (1820–1850). En términos simples: se pasa de la arquitectura exagerada del XVIII (panniers, exceso cortesano) a una etapa neoclásica más ligera y luego a un regreso progresivo de volumen, estructura y cintura natural.

En la primera mitad del XIX, la moda del siglo XIX ya no es la de María Antonieta, pero tampoco es ese “vestido vaporoso eterno” que a veces nos cuela el imaginario popular. El corte Imperio (bajo pecho) va bajando con los años, y las faldas empiezan a crecer gracias a enaguas y capas internas. Los peinados y los tocados también importan: bonetes, cintas, guantes, chales. Y algo que se nos olvida: el color y la calidad del tejido hablan de tu lugar en el mundo.

En una historia como Cumbres Borrascosas, ese código social es oro. Catherine puede moverse entre mundos, pero no los atraviesa indemne. El vestuario no solo debería “hacerla guapa”: debería delatar cuándo está en un entorno más rural y cuándo entra en un espacio más refinado. En ese sentido, vestirla como si fuera una musa atemporal rompe el conflicto, porque el conflicto es precisamente que no existe lo atemporal.

Y con Heathcliff pasa igual: la ropa masculina del periodo tiende a la sobriedad, sí, pero dentro de esa sobriedad hay diferencias enormes entre alguien humilde y alguien que ya tiene dinero. La forma del abrigo, el estado del tejido, el corte, el chaleco, el sombrero: todo cuenta.

La época victoriana no era “romántica”: era estructura y clase social

Cuando hablamos de época victoriana, la tentación es imaginar encajes delicados y melancolía. En realidad, en el vestir cotidiano manda la estructura. Un elemento muy característico de la moda romántica son las mangas gigot o leg-of-mutton, con volumen arriba y estrechándose hacia la muñeca, especialmente asociadas a las décadas centrales del primer XIX. No es un detalle menor: esa silueta crea presencia, impone una “forma correcta” del cuerpo y, a la vez, limita.

Eso encaja mucho con el universo de Emily Brontë, donde la moral social no es un decorado: es una fuerza que aplasta. La ropa, igual. No se trata solo de si Catherine llevaría corsé (probablemente sí, en algún grado), sino de lo que significa: disciplina corporal, decencia, clase. Tampoco se trata solo de si la falda tiene volumen, sino de cómo ese volumen es una declaración de posición social y de acceso a materiales y tiempo.

Por eso, si queremos “ropa original” y no reinterpretación, la brújula es clara: menos vestido etéreo de anuncio y más piezas que construyen silueta. Menos modernización complaciente y más tensión entre cuerpo y norma.

Al final, lo más interesante es que la fidelidad histórica no mata la emoción: la amplifica. Porque en Cumbres Borrascosas la gente no sufre en abstracto. Sufre en un mundo concreto, con reglas concretas. Y la ropa, en la época victoriana, era una de esas reglas: se llevaba puesta, pero también te llevaba a ti.