El secreto de Gaudí que llevaba generaciones en una casa de Mataró sale a la luz en forma de 37 dibujos nunca vistos y revela cómo era de joven
Un dibujo podía cambiar varias veces bajo el lápiz del joven Antoni Gaudí antes de que diera por buena una forma. Los bocetos conservan rectificaciones sobre el papel, pequeñas decisiones que quedaron registradas en lugar de desaparecer bajo una versión definitiva. Algunas líneas se cruzan y otras quedan abandonadas, como ocurre cuando una idea todavía está tomando cuerpo. Esas correcciones permiten observar al estudiante trabajando, lejos de la imagen del arquitecto asociada únicamente a sus edificios terminados.
Esa faceta juvenil ha adquirido nueva documentación con la presentación de diez dibujos realizados entre 1876 y 1879, examinados por el biógrafo Josep Maria Tarragona y el investigador Francesc Xavier Jové. Ambos dieron a conocer su estudio en el Gaudí International Congress 2026, celebrado en La Pedrera de Barcelona, dentro de los actos del centenario de la muerte del arquitecto. Las piezas proceden de una colección de 37 obras conservadas hasta ahora en el ámbito privado.
La comparación de manuscritos revela cómo trabajaba el arquitecto
La etapa en que nacieron esos papeles estuvo marcada por los estudios de arquitectura y los primeros encargos profesionales. Gaudí coincidió en la Escuela de Arquitectura con Emili Cabanyes, posteriormente arquitecto municipal de Mataró, y trabajó en proyectos de la Cooperativa Obrera Mataronense. También intervino en los cálculos de la cascada monumental y el depósito de aguas del Parc de la Ciutadella. Los investigadores desconocen si la mayoría de los bocetos fueron ejercicios académicos o trabajos profesionales. El proyecto de una instalación de blanqueo constituye la relación mejor identificada.
La dificultad para reconstruir esa juventud se agravó con la destrucción del obrador anexo a la Sagrada Família al comienzo de la Guerra Civil. Allí se encontraba el archivo de Gaudí, incluidos planos de obras anteriores. Tarragona explicó a Historia National Geographic que la pérdida afectó a buena parte de su producción gráfica. Por ello, los documentos conservados fuera del taller adquieren un valor documental que excede su calidad artística.
La atribución de esas piezas se apoya en varios indicios examinados conjuntamente, pese a que los dibujos carecen de firma. Los investigadores compararon la escritura, las cifras, las proporciones y los trazos con documentos reconocidos del arquitecto, entre ellos el Manuscrito de Reus, un cuaderno juvenil de unas 80 páginas. También existe una anotación de Cabanyes junto a los retratos que identifica a Gaudí como su autor y señala 1876. La coincidencia de la grafía y la procedencia conocida refuerzan la identificación, aunque no resuelven la finalidad original de cada hoja.
El estudio de la ejecución gráfica permite ir más allá de identificar al autor de las piezas. Tarragona y Jové describen líneas iniciales muy ligeras, repeticiones de un mismo elemento y trazos posteriores más marcados para fijar la opción escogida. El análisis también señala una preferencia por los formatos reducidos. Tarragona relaciona ese procedimiento de prueba y revisión con los cambios que Gaudí introducía posteriormente mientras dirigía sus construcciones. La semejanza apunta a una continuidad en su manera de trabajar, aunque los bocetos no permiten reconstruir por sí solos el diseño de edificios posteriores.
La colección familiar conserva distintas facetas del joven Gaudí
La conservación de las hojas tiene su propia historia en la familia de Cabanyes, compañero de estudios que también llegó a ser alcalde de Mataró. Guardó una carpeta con los 37 dibujos, transmitida después entre sus descendientes. ElFolio destaca esa trayectoria familiar, que permite seguir la procedencia de las obras sin depender de una aparición aislada en el mercado artístico. La colección llegó así hasta sus actuales propietarios.
Dentro de esa carpeta aparecen asuntos muy distintos, desde un estudio de la mano izquierda hasta representaciones de animales y motivos vegetales. Hay también capiteles, coronamientos góticos, figuras asirias bajo el título de Nínive y diseños técnicos relacionados con un sifón y una grúa. Algunos elementos arquitectónicos podrían proceder de ilustraciones de Eugène Viollet-le-Duc, cuyo diccionario Cabanyes había prestado a Gaudí. La posible copia de modelos asirios en la biblioteca de la escuela sigue siendo una hipótesis de los investigadores.
Entre los testimonios más personales de ese aprendizaje destacan dos autorretratos fechados en 1876, cuando Gaudí tenía 24 años. Uno lo representa de frente y otro de perfil, con cabello abundante y barba poblada, formada mediante pequeños trazos. Las dos representaciones permiten conocer el aspecto del futuro arquitecto en sus años de estudiante, una etapa de la que se conservan escasos testimonios gráficos.