El impactante destino de Catalunya que alberga una ermita escondida en la montaña junto a una cascada de más de 100 metros
Sant Miquel del Fai se encuentra en Bigues i Riells, en el entorno de los Cingles de Bertí y a unos 50 kilómetros de Barcelona. El conjunto ocupa una zona en la que las paredes de roca, los cursos de agua y las cavidades naturales condicionan buena parte del recorrido. Entre sus principales elementos están la iglesia de Sant Miquel, construida bajo una gran gruta, y las cascadas que caen desde la parte alta de los riscos, con saltos que superan los 100 metros. A todo ello se suma un patrimonio medieval que se ha conservado dentro de este entorno.
Los ríos Rossinyol y Tenes han tenido un papel importante en la formación del terreno. La erosión continuada sobre la roca ha dado lugar a cuevas, estalactitas, estalagmitas, estanques y otras formaciones que aparecen durante la visita. Entre los puntos más conocidos se encuentran el lago de Les Monges y los saltos del Rossinyol y del Tenes. Este último destaca tanto por el desnivel de la caída como por un paso que permite avanzar por debajo del agua y contemplar desde allí el valle.
El enclave cuenta además con un conjunto arquitectónico protegido como Bien Cultural de Interés Nacional desde 1949. Está formado por la iglesia troglodítica de Sant Miquel del Fai, la ermita de Sant Martí del Fai, el paso de la Foradada, el puente del Rossinyol, la entrada fortificada y el casal prioral. La visita conecta estos espacios mediante plazas, corredores y caminos construidos aprovechando la forma de la montaña. Entre ellos se encuentra la plaza de la Abadía, situada frente a la Casa del Prior y rodeada por las paredes del entorno.
Un conjunto medieval adaptado a la roca
La iglesia de Sant Miquel es uno de los mejores ejemplos de cómo las construcciones se adaptaron al terreno. Se trata de una capilla románica del siglo X levantada bajo un abrigo natural de piedra, una característica que la convierte en la única ermita románica de Catalunya construida dentro de una gruta. El lugar ya había tenido usos religiosos antes de la construcción y, en el interior, la presencia continuada de agua ha favorecido la formación de estalactitas y estalagmitas.
Para llegar hasta el templo se atraviesa un corredor de piedra que en su momento formó parte del antiguo claustro. La iglesia está dedicada a Sant Miquel Arcàngel y fue alrededor de ella donde se desarrolló el monasterio. En la propia gruta puede visitarse una exposición acompañada de un audiovisual centrado en la historia y la arquitectura del enclave. A unos 800 metros se encuentra la ermita de Sant Martí, también de origen románico y relacionada con el conjunto religioso que se formó en esta zona durante la Edad Media.
Otro de los espacios destacados es la plaza de la Abadía, construida aprovechando uno de los huecos que deja la montaña. En sus alrededores pueden verse pequeños depósitos de agua originados por las precipitaciones y el deshielo. Frente a la plaza se levanta la Casa del Prior, un edificio del siglo XV relacionado con el gótico catalán. Su posición muestra de qué manera las construcciones fueron ocupando los espacios disponibles entre las paredes y los diferentes desniveles del terreno.
El recinto está compuesto por varios elementos que se suceden a lo largo de la visita y no por una única construcción. Junto a las dos iglesias se conservan el puente del Rossinyol, el paso de la Foradada, la entrada fortificada y el casal prioral. Todos forman parte de un trazado que tuvo que adaptarse a la orografía del lugar, con pasos estrechos, desniveles y construcciones situadas muy cerca de la pared. De esta forma, el patrimonio arquitectónico queda integrado dentro del propio relieve.
Un itinerario marcado por el agua
La visita comienza en el puente del Rossinyol y continúa por el paso de la Foradada antes de atravesar la puerta fortificada que da acceso al recinto. Desde allí se alcanza la plaza de la Abadía y la Casa del Priorat. El siguiente tramo pasa por el antiguo corredor del claustro hasta llegar a la iglesia de Sant Miquel. A lo largo de este trayecto se suceden edificios históricos, cavidades y diferentes puntos desde los que observar las paredes que rodean el conjunto.
Más adelante aparece el salto del Rossinyol, una caída intermitente cuyo caudal depende de la cantidad de agua acumulada en cada época del año. El camino continúa en dirección al salto del Tenes y pasa por el lago de Les Monges, situado bajo una roca. La cascada del Tenes es uno de los puntos principales del recorrido. Junto a ella existe un paso por el que se puede caminar por debajo de la caída y contemplar desde esa posición tanto parte del recinto como el valle por el que continúa el río.
Buena parte de la forma actual del paraje se explica por un proceso de erosión prolongado. Los cursos fluviales, las precipitaciones y el deshielo han ido actuando sobre la roca calcárea hasta abrir cavidades, crear depósitos minerales y formar pequeños estanques. El mismo proceso está detrás de las cuevas y de otras formaciones que pueden verse en distintos puntos. Por eso, el agua no aparece únicamente en los saltos y los ríos, sino que también ayuda a entender cómo se ha transformado el terreno con el paso del tiempo.
Sant Miquel del Fai reúne así construcciones vinculadas a un antiguo monasterio y un entorno que ha ido cambiando por la acción continuada de los cursos de agua. La iglesia situada bajo la gruta, la ermita de Sant Martí, la Casa del Prior, los accesos históricos y las cascadas forman parte del recorrido por los Cingles de Bertí. Todo el conjunto permite comprobar cómo los edificios medievales tuvieron que adaptarse a un espacio condicionado por las paredes, los desniveles y las características naturales del terreno.
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