A nadie le amarga un dulce, por Asia: los 5 postres más queridos en todo Líbano

Pocas cosas despiertan tanta unanimidad como un buen postre. Y si hablamos de los más célebres del continente asiático, Líbano juega en otra liga. Su historia culinaria, profundamente ligada a la tradición levantina, explica por qué sus dulces combinan frutos secos, sémola, agua de azahar y almíbares aromáticos con una técnica precisa y elegante. Aquí el postre no es un simple final: es parte del ritual del café, de la sobremesa larga y de la hospitalidad.

En este recorrido por la repostería libanesa asoman nombres que cualquier viajero ha escuchado —o probado—: la knafeh, el maamoul o la baklava, dulces que han cruzado fronteras sin perder identidad. Líbano puede dividirse por regiones o confesiones, pero hay algo que lo mantiene unido: su manera refinada y generosa de ofrecer siempre algo dulce.

1. Knafeh

Uno de los grandes iconos del país. Se elabora con queso suave cubierto por una capa de sémola o hilos crujientes, todo empapado en almíbar y perfumado con azahar. Se sirve caliente y es habitual incluso en desayunos especiales.

2. Maamoul

Galletas rellenas de dátiles, nueces o pistacho, con formas decoradas. Son imprescindibles en festividades religiosas y representan uno de los dulces más tradicionales del país.

3. Baklava libanesa

Más ligera y menos densa que otras versiones regionales. Capas finas de masa filo rellenas de frutos secos y bañadas en almíbar aromático. Es uno de los dulces más exportados del país.

4. Atayef

Pequeñas tortitas rellenas de crema o frutos secos, servidas fritas o frescas y bañadas en almíbar. Son típicas del mes de Ramadán y muy populares en mercados nocturnos.

5. Halawet el-jibn

Postre elaborado con una masa elástica a base de queso y sémola, rellena de crema y bañada ligeramente en almíbar con pistacho por encima. Es uno de los dulces más delicados y celebrados.

Líbano demuestra que el postre también puede ser elegancia. Sus dulces hablan de técnica, de perfume y de una cultura donde el café nunca llega solo. A veces, entender un país empieza por aceptar un pequeño bocado cubierto de pistacho y azahar.