A nadie le amarga un dulce, por Asia: los 5 postres más queridos en todo Malasia
Pocas cosas despiertan tanta unanimidad como un buen postre. Y si hablamos de los más célebres del continente asiático, Malasia juega en otra liga. Su historia culinaria, marcada por la convivencia de tradiciones malayas, chinas e indias, explica por qué los postres de Malasia son variados, aromáticos y muy ligados al arroz, el coco y el pandan. Aquí lo dulce es cotidiano, colorido y profundamente callejero.
En este recorrido por la repostería malaya asoman nombres que cualquier viajero ha visto —o probado—: el kuih lapis, el cendol o el kuih seri muka, dulces que forman parte del paisaje diario. Malasia puede dividirse por etnias o regiones, pero hay algo que la mantiene unida: su manera natural de compartir lo dulce en cualquier momento del día.
1. Cendol
Uno de los postres más populares del país. Se elabora con hielo picado, leche de coco, azúcar de palma y fideos verdes de arroz aromatizados con pandan. Refrescante y muy consumido en climas calurosos.
2. Kuih lapis
Pastel al vapor elaborado en capas de colores a base de harina de arroz y coco. Su textura gelatinosa y su aspecto llamativo lo convierten en uno de los dulces más reconocibles de la repostería local.
3. Kuih seri muka
Postre tradicional de dos capas: una base de arroz glutinoso y una capa superior cremosa de coco y pandan. Es habitual en desayunos, meriendas y celebraciones familiares.
4. Apam balik
Panqueque grueso relleno de cacahuete molido, azúcar y maíz dulce. Se dobla en caliente y se comparte en porciones. Muy común en puestos callejeros y mercados nocturnos.
5. Onde-onde
Bolas de arroz glutinoso rellenas de azúcar de palma líquida y cubiertas de coco rallado. Al morderlas, el interior se libera, lo que las convierte en uno de los dulces más queridos y reconocibles.
Malasia demuestra que el postre es mezcla y convivencia. Sus dulces hablan de mercados compartidos, de aromas cruzados y de una cocina donde lo dulce no entiende de fronteras culturales. A veces, entender un país empieza por probar lo mismo que come la gente en la calle, sin más explicación.