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Contraargumentar… ¿Hasta dónde?

Los Abascales y Casados quieren y necesitan que los medios y las redes sociales hablen de ellos. Les da igual que esta notoriedad los lleve a mínimos en su valoración pública como líderes políticos

Nos toca analizar por qué hay personas que se sienten resentidas y desplazadas, incluso dentro de nuestros propios movimientos y entidades

Para contraargumentar se necesita del contacto directo y la empatía, mirarse a los ojos y reconocerse familia

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Santiago Abascal (Vox), Cristiano Brown (UPyD) y Pablo Casado (PP) en la manifestación de Colón.

Santiago Abascal (Vox), Cristiano Brown (UPyD) y Pablo Casado (PP) en la manifestación de Colón. Ricardo Rubio / Europa Press

Creo que estamos llegando al punto de la obsesión al tratar de responder y contraargumentar cada una de las provocaciones y barbaridades que dicen los Abascales y Casados. Es cierto que mientras al primero le florecen cada vez más capullos (primaveralmente hablando) que son la prolongación de sí mismo, al segundo le veo cada día más solo y con escasa creatividad.

En todo caso, salta a la vista que buscan, quieren y NECESITAN que los medios y las redes sociales hablen de ellos. Cuanta más atención y crispación capten, para ellos, es mucho mejor. Les da igual que esta notoriedad los lleve a mínimos en su valoración pública como líderes políticos. No buscan ese tipo de popularidad. Son como termitas que viven gracias a cada minuto y artículo que les dedicamos (como este) y del desgaste emocional que nos genera tener que aguantar, a estas alturas, cómo (por ejemplo) Susanna Griso entrevista y da carrete (aunque sea para enfrentarse) al Sr. Paz y sus disparates contra las personas que somos LGTBI. Qué necesidad, de verdad. ¿Dónde está el valor informativo ahí?

Está claro que en esta carrera por ser el más nombrado, a Casado se le ve algo más estresado que a Abascal. Normal. Hace tiempo que se ha perdido entre los distintos papeles de líder que cree tener que representar para agradar al gran Aznar. Entre otras cosas, Casado se ha lanzado a ofrecer pactos y acuerdos a precio de saldo porque no puede permitirse perder un voto más. Le da igual alejarse de la línea roja que acaba de fijar el Partido Popular Europeo, que ha dicho que nada de guiños ni manos tendidas al populismo de la ultraderecha.

Por su parte, Abascal lo tiene claro, cuanto más se acerque el llamado periodismo de investigación a su figura y más se indague sobre quién es, de dónde vienen, sus conexiones con el franquismo y con los lobbys de procedencia extranjera o se pongan en duda sus fuentes de financiación, más probabilidades hay de que se deje caer con tweets, intervenciones o apariciones (como el de las armas) que profanan los pilares y consensos de la convivencia. Pero estas cosas les hacen gracia, porque se ven ganadores, aunque les votase una minoría de población, han logrado ser el centro y política y económicamente les va muy bien.

La pregunta es, ante esta estrategia de comunicación y este panorama de egos, egoísmos y ególatras, ¿merece la pena responder a cada temeridad que digan los Casados y Abascales? Realmente creo que, a cada una, no.

Considero que es momento de empezar a seleccionar los temas y debates en los que es necesario responder y, desde luego, no hacerlo a golpe de emoción, indignación o temor. Toca organizarse y dejar de improvisar. Responder desde las tripas a este golpe de estado emocional al que estamos asistiendo es parte de la construcción de un imaginario que a ellos los coloca como ganadores y a nosotros con la sensación de poder perder derechos.

Toca respirar y tomar cierta distancia para ver cuál es la mejor estrategia, no podemos olvidar el recorrido que llevamos de compromiso, activismo y movilización. Hay tiempo, bases y argumentos para desmontar las 'fake news', las provocaciones o sus propuestas anti-derechos. No es tiempo para desmoralizarse, sino para resintonizarse. No son tan imprevisibles. Creíamos que estaban dormidos cuando en realidad estaban reprimidos, por eso salen en tropel como cuando se descorcha una botella de cava después de agitarla.

Quizá de todo esto nos toque reflexionar a movimientos sociales, activistas y organizaciones independientes de la sociedad civil. Igual debemos revisar “los cómo” estamos haciendo para que, más allá de pedir apoyos, firmas, socios, adhesiones, retuits y likes, la gente corriente sienta que nos preocupa lo que piensan y sienten. Nos toca analizar por qué hay personas que se sienten resentidas y desplazadas, incluso dentro de nuestros propios movimientos y entidades. Puede que tengamos que hacer alguna reflexión sobre cómo recuperar la legitimidad ante las y los potenciales votantes de partidos como Vox. La credibilidad y la congruencia serán nuestra mejor manera de contraargumentar.

Nuestros lugares de encuentro no están en los foros cerrados o grupos de WhatsApp, en espacios llenos de ruido donde el pseudoanonimato (por la falta de contacto personal y visual) hace que sus miembros se crezcan y se dejen llevar. Para contraargumentar se necesita del contacto directo y la empatía, mirarse a los ojos y reconocerse como vecinos, conciudadanos, compañeros de colegio, padres y madres de los amigos de nuestras hijas e hijos... reconocerse familia. Y al hacerlo, es más fácil hablar, convivir, comprender, compartir, construir y dejar margen para que cada persona se forme su opinión sin miedo ni adiestramiento. Habrá quien tache esto de progre y políticamente correcto. Si es así, que se lo haga mirar. No es bueno para su salud mental que viva con ese resquemor y amargor porque no hay mensaje más antiguo y universal que desear que en el lugar en donde vives la gente no lo pase mal y haya paz y tranquilidad. Puede sonar infantil, pero esa fue la apuesta de los Estados tras la Segunda Guerra Mundial y la de la sociedad española tras morir el dictador. Ese fue el principio inspirador de los derechos humanos que desde hace años, y también ahora, se quieren corromper y profanar.

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