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Derecha liberal y cambio climático, la historia de un bloqueo

Que PP y C's no voten a favor de la ley de transición energética, fundamental para la lucha contra el cambio climático, tiene más en común con la salida del Acuerdo de París por parte de Trump de lo que a priori aparenta

Personas migrantes en su viaje a Europa © Emilio Morenatti

Personas migrantes en su viaje a Europa Emilio Morenatti

Apenas abrir el periódico, encender el televisor o sintonizar la radio es suficiente para obtener datos preocupantes sobre el avance del cambio climático. De hecho, me atrevería a decir que está usted cansado de escucharlos. Y es que cada vez son efectos adversos más abrumadores e incontrolables, regados por estudios predictivos de instituciones serias que nos indican un futuro irrespirable de continuar así.

El aumento de temperaturas desembocará en el deshielo de los polos y el consecuente aumento del nivel del mar –podría ser de hasta un metro para el año 2100–. Este cataclismo no sólo tendrá consecuencias directas sobre la vida en la Tierra, sino que derivará en efectos transversales como sequías prolongadas, fenómenos meteorológicos extremos o migraciones masivas. De hecho, algunos de estos ya están aquí y están teniendo consecuencias.

La migración que Europa está recibiendo desde África Subsahariana está motivada por una crisis patológica que tiene buena parte de sus raíces en la sequía prolongada que arruina la agricultura y desata el hambre en esa región. Estas llegadas están a día de hoy modificando el mapa político en Europa, alimentado por un discurso del miedo, y favoreciendo preocupantes extremismos que hoy en día alcanzan posiciones de gobierno –como en Italia, Polonia o Hungría–. Lo peor es que las migraciones no han hecho más que comenzar y se irán agudizando conforme el cambio climático intensifique sus consecuencias. Estamos ante el inicio de un reordenamiento demográfico a escala mundial de no actuar tanto directa como determinantemente.

Ante esta situación global y la necesidad de actuar políticamente y sin dilación contra el cambio climático, la semana pasada tristemente comprobamos como el Partido Popular y Ciudadanos votaron en contra o se abstuvieron en el Congreso de los Diputados sobre la ley que da inicio a la transición energética, deroga el impuesto al sol y promueve el autoconsumo y las energías renovables. Es decir, el arco conservador del mapa político español, al margen de las palabras bonitas, ignora el problema y actúa en consecuencia bloqueando iniciativas políticas básicas para la lucha contra el cambio climático. En el apartado internacional, donde es fundamental la coordinación entre estados, la situación no es más halagüeña. La salida de los Estados Unidos –en 2017, bajo gobierno republicano– de los Acuerdos de París deja el compromiso internacional contra el cambio climático sin la participación de la primera economía mundial y potencia hegemónica actual. Hoy en día el resto de la comunidad internacional está intentando encontrar razones por las que no considerar ya un fracaso una cumbre que recién tuvo su rúbrica en 2016.

Es entonces momento de preguntarse qué le pasa a una buena parte del pensamiento conservador liberal. Las razones por las cuáles parecen estar bloqueados ante el enorme elefante en la habitación. Y urge además conocer estas razones, puesto que por representatividad son esenciales para que la lucha ante el cambio climático sea efectiva. Es momento de psicoanalizar –advierto, dejando fuera la dialéctica de clases–, y para ello nos tenemos que ir a los orígenes mismos del pensamiento liberal.

Que los que sustentan el pensamiento liberal conservador sean aquellos que están siendo más beneficiados por el actual sistema económico es algo obvio. Generalmente se defiende lo que a uno le beneficia. Pero toda ideología o visión determinista que aspira a explicar el mundo debe proponer también un fundamento moral sólido que justifique su razón de ser. Sin él, se termina perdiendo el apoyo de la base social y, sin ésta, caen hasta los imperios más poderosos. En el caso del capitalismo, la base moral primigenia emana de la mano de Adam Smith, considerado el economista padre del liberalismo, quién en La riqueza de las Naciones (1776) conectó el interés individual –egoísmo– con el aumento del bienestar colectivo: "Cuando mayor interés individual en alcanzar un mayor crecimiento y desarrollo, mayor será el bienestar público". De hecho, esta justificación protestante que premiaba moralmente el deseo de la acumulación de riqueza –y que fue revolucionaria porque se contraponía al pensamiento cristiano imperante hasta entonces– es hoy uno de los pilares de la derecha liberal en todo el mundo, que se actualiza en que "si a los de arriba les va bien, la sociedad en su conjunto progresará a mejor". Más de dos siglos han pasado de evolución capitalista desde entonces y no son pocos los ataques y desafíos superados por este paradigma moral: las luchas obreras derivadas de las revoluciones industriales del siglo XIX, dos guerras mundiales, el modelo económico comunista que compitió por la hegemonía política durante gran parte del siglo XX, así como los intentos "blandos" de transformarlo desde dentro, ese Estado de Bienestar post segunda guerra mundial que fracasó tras la embestida neoliberal de los años 70. Además, dos grandes crisis–colapso mundiales, el crac del 29 y la financiera de 2008, con sus desastrosas consecuencias para el sufrimiento humano. Y aún así, aquí está el capitalismo y su argumentario moral, inalterado y gozando de buena salud.

Esta fortaleza y prevalencia de dicho sistema económico es motivo de orgullo por parte de la derecha liberal, que lo justifica en las razones intrínsecas de superación que el propio capitalismo posee. La búsqueda de plusvalías para la reinversión en el propio negocio –motor del crecimiento económico–, la consecuente generación de más puestos de trabajo; el flamante progreso científico, que ha avanzado a la par, generando alternativas o soluciones sorprendentes ante cualquier limitación natural, geográfica o de recursos disponibles que el capitalismo encontraba como barrera a su crecimiento. Pero, sobre todo, el pensamiento positivo de que el futuro siempre sería mejor que el presente –fundamental para que corra el crédito y la reinversión–; más que un pensamiento, una mentalidad nutrida por la confianza –lo racional– y la esperanza –lo místico– unidas en una palabra: progreso.

Y ante esta trayectoria imparable y todas esas fortalezas como sistema tatuadas en la piel de la derecha liberal como si además fueran también naturalmente humanas, llega ahora frente a ellos la cuestión del cambio climático. Y con él, una desorientación en cuanto a uso de las herramientas ideológicas para luchar contra él. Pongamos un ejemplo: este 2018 la concentración de CO2 en la atmosfera ha batido el record de los últimos 800.000 años. Ante este hecho significativo, de poco sirve la salvaguarda moral de que "ser egoísta es bueno para el interés público". Tampoco parece muy sensato confiar en que dentro de 50 años estaremos mejor que ahora. Descartando uno por uno, el capitalismo sencillamente descubre que no dispone de mecanismos para enfrentar ni moral ni empíricamente este hecho. Es entonces cuando, desarmados, esa trayectoria histórica de la que sacan pecho los lleva a relativizar el problema –se superaron el comunismo y las crisis financieras, esto no va a ser diferente–. Y esa confianza en un futuro mejor les hace hipotecar la solución a los fortuitos avances científicos y tecnológicos que la maquinaria capitalista seguramente traerá como lo ha hecho en anteriores ocasiones, salvando así esta nueva limitación al crecimiento y permitiendo seguir creciendo sin replantear el modelo. Los datos se relativizan y la huida se hace hacia adelante.

Y así, podemos explicar las decisiones políticas que están retrasando, e incluso boicoteando, la lucha contra el cambio climático por una buena parte del pensamiento liberal conservador. Pero lo cierto es que no habrá crecimiento en un planeta muerto. No habrá generación de empleo en un planeta muerto. Ni tampoco habrá plusvalías que disfrutar en un planeta muerto.

¿Qué hace falta para hacer despertar a aquellos que ignorando el problema están jugando con el aire de las generaciones venideras? ¿A partir de qué consecuencia desastrosa e irreversible se va a aceptar que esta manera de crecer tiene oculta su propia autodestrucción? ¿Cuántos muertos serán necesarios y en qué tipo de desastre ecológico para que haya una respuesta contundente de manera unánime?

La buena noticia, es que hoy en día hay ya miles y miles de personas que están trabajando duro y consiguiendo resultados sobre los que transformar el actual modelo de crecimiento de mentalidad capitalista hacia uno ecosustentable en el que el centro de la actividad económica no sea la generación de beneficios, sino la simbiosis con nuestro planeta. Una economía azul en la que los procesos de producción no sean lineales, sino circulares. Una nueva era de postcrecimiento en la que también aprovechemos los avances tecnológicos devenidos del progreso capitalista a fin de tener una calidad de vida plena al mismo tiempo que se descentraliza la producción energética, alimentaria e industrial para re–ruralizar la economía, enfocándola hacia la sustentabilidad en todos sus procesos. Una sociedad global sí, pero descentralizada, consciente y sostenible.

Y para ello, por supuesto, no sólo hacen falta palabras bonitas desde el arco político. Tampoco es suficiente reorientar –como se está haciendo ya– los fondos I+D hacia la investigación en economía circular, la transición energética y la producción sostenible, sino que es necesario un auténtico pacto ideológico –no sólo político– a nivel global. Un encuentro entre diferentes concepciones ideológicas sobre las que prevalezca la lucha contra el cambio climático no como una variable a tener en cuenta, sino como la pieza clave en las construcciones políticas que día a día moldearán el mundo en el que vivimos. Para comenzar, una acción legislativa contundente que castigue las prácticas no sustentables en todos los ámbitos, premie las amigables con el medio ambiente y ayude también a transferir altruistamente el modelo a otras regiones del mundo que actualmente tienen otras prioridades también muy apremiantes.

Disponemos del diagnóstico y también de una hoja de ruta. De los avances tecnológicos necesarios y de la genialidad humana a la máxima potencia para diseñar una transición no traumática y solidaria. Es ahora necesaria en este campo la unión ideológica que desentrampe la inacción política. No esperemos a que nuestros hijos o nietos nos recriminen que no hicimos nada cuando aún estábamos a tiempo. Se espera a la derecha liberal para comenzar a trabajar, ¿cuándo llega?

"Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del autor y ésta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora".

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