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Economistas Sin Fronteras

Somos una Organización no Gubernamental de Desarrollo (ONGD), fundada en 1997 por un grupo de profesores y catedráticos universitarios, activamente comprometidos y preocupados por la desigualdad y la pobreza.

Nuestro objetivo principal es contribuir a generar cambios en las estructuras económicas y sociales que permitan que sean justas y solidarias.

Nuestros fines son la realización de programas y proyectos para contribuir al desarrollo de zonas y sectores de la población especialmente vulnerables, tanto en España como en los países del Sur; el fomento de una nueva cultura económica a través de la promoción de la Responsabilidad Social Corporativa y las Inversiones Socialmente Responsables y la realización de acciones de sensibilización y educación para el desarrollo de la sociedad civil.

Por qué nos sorprende entrar en recesión cuando nunca hemos salido de la crisis

En las últimas semanas hemos asistido a una multiplicación en los medios de comunicación de noticias sobre el riesgo de recesión en la economía europea, encabezado por la debilidad de la economía alemana, y coreado por los riesgos de la británica a raíz de la incertidumbre del Brexit. También se ha celebrado a finales de septiembre la Cumbre del Clima y paralelamente se ha informado intensivamente sobre las movilizaciones sociales, encabezadas por las generaciones más jóvenes, pidiendo una mayor responsabilidad política, con actuaciones rápidas, efectivas y globales, para poder limitar, en la medida de lo posible, los efectos del irreversible cambio climático.

Lo que me sorprende de estos debates no es su intensidad, sino la desconexión que observo entre ellos. En general, se les trata (en los medios, en la política, en la sociedad, y por supuesto, en los organismos económicos) como dos fenómenos separados, aislados. Y no sólo me sorprende la falta de análisis y relación entre estas dos cuestiones, también respecto a la guerra comercial entre EE.UU. y China, los ataques a las refinerías de Arabia Saudí, la crisis migratoria y humana, y por supuesto, la crisis política en las democracias occidentales, de las que son ejemplo el Brexit, o la inestabilidad de la política española.

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Comienza el nuevo curso

Comienza el nuevo curso, con nueva convocatoria electoral incluida. Tras las elecciones del pasado mes de abril y el fallido intento de investidura del mes de julio, esta semana se confirmaba definitivamente que el Presidente en funciones, Pedro Sánchez, no tendrá los apoyos suficientes para formar gobierno.

A pesar de que se haya hablado de recomposición del sistema, dada la pérdida de impulso de Podemos y Ciudadanos, y especialmente desde que las llamadas fuerzas del cambio perdieran muchos de los espacios institucionales que ocupaban hasta las pasadas elecciones municipales y autonómicas, no cabe duda de que la política española ha entrado en una fase de inestabilidad que la viene acompañando desde que, en el intervalo de los años 2015 y 2016, el Partido Popular de Mariano Rajoy necesitara dos intentos y la abstención del PSOE para poder formar un gobierno que, posteriormente, sería apartado del poder a través del ejercicio de una moción de censura en el año 2018.

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¿Dónde está la Naturaleza en mí? Una pregunta clave ante la crisis ecosocial

Rememore la última vez que quizá tuvo la oportunidad de pasear por un bosque solitario y perderse entre el sonido de las hojas de los árboles movidas por el viento, de sentir que el tiempo quedaba suspendido mientras contemplaba el horizonte desde la cima de una montaña, o de sumergirse en las aguas frescas y vivificantes de un río cristalino. Desde esas experiencias, ¿qué papel diría que ocupa la Naturaleza en la definición de su yo, de su identidad? Si la idea del yo y de la Naturaleza se representaran como círculos, ¿estarían estos muy separados?, ¿habría una intersección más o menos amplia entre ellos?, ¿se unirían en un solo círculo?

Igual que ocurre con otras identidades como el género, la etnia, el lugar de origen o la ideología política, también la intensidad de nuestra conexión con la Naturaleza interviene en la manera en la que modelamos nuestra identidad, o sea, en cómo nos entendemos y construimos el concepto de nosotros mismos. La idea del "yo ecológico" o "ecoself" fue introducida para conceptualizar esa interconexión por el filósofo Arne Næss, impulsor del movimiento de la ecología profunda. El término hace referencia a la consciencia de un yo mucho más grande que nuestro estrecho ego, que se expande para incluir a todas las otras formas de vida y a la Naturaleza como un todo. Para Næss, la experiencia de esa identidad ampliada disuelve la frontera entre el "yo" y el/lo "otro". De este modo, se favorece de manera natural e intuitiva un comportamiento responsable, haciendo innecesario el altruismo en el fondo: "si tu yo (en sentido amplio) incluye a otro ser, no necesitas ninguna exhortación moral para mostrar cuidado. Seguramente te preocupas por ti mismo sin sentir ninguna presión moral para hacerlo"[1].

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Reflexiones de guerra

Cuando Estados Unidos giró hacia el proteccionismo con la llegada de Trump al poder, hizo saltar todas las alarmas en medio mundo y se empezó a hablar de una posible vuelta a un periodo similar al vivido durante la década de los años 30, preámbulo de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, hoy esas predicciones siniestras parecen completamente fuera de contexto. Es cierto que China se está desacelerando, y sí, también es cierto que empresas occidentales presentes en China como Apple, han sido duramente golpeadas. Lo cierto es que al menos durante 2018, el crecimiento global ha sido aceptable, el desempleo cayó y los beneficios empresariales aumentaron. Finalmente, si las conversaciones durante los próximos meses conducen a un acuerdo entre Trump y Xi Jinping, los mercados concluirán que la guerra comercial habría acabado, y esta se habría convertido en una suerte de teatrillo político, más que el hecho de tratar de frenar la expansión de China.

Pues bien, amigos, tal complacencia es del todo errónea y hoy por hoy persisten múltiples puntos de conflicto. Uno de ellos es la ingente cantidad de productos que China exporta a EEUU en comparación con la cantidad que EEUU exporta a esta. Por otro lado, China está convulsionando el mercado laboral americano, desplazando puestos de trabajo desde la manufactura de EEUU a otras regiones asiáticas, no solo chinas, con menores costes laborales. Finalmente, también debemos tener en cuenta que existen transferencias forzosas de tecnología de las firmas estadounidenses que trabajan en China a sus socios locales y, por supuesto, transferencias de propiedad intelectual.

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Las dinámicas de competencia y acumulación capitalista en la academia

Desde el pensamiento crítico es posible concluir que el sistema neoliberal en el que nos hemos instalado se encuentra en guerra con la vida misma. En guerra con los árboles y los ríos, a los que considera recursos que deben ser explotados y manipulados para promover la acumulación de capital. En guerra con las personas, dado que cree que una parte fundamental de la humanidad no ostenta la condición ciudadana y, por tanto, es legítimo negar a esas personas todo derecho humano, incluido el de no ser asesinados, torturados o vendidos como mercancía. Y en guerra con nosotras mismas, con nuestros cuerpos y almas, dado que el sistema capitalista niega la propia esencia de la naturaleza humana, que necesita de la cooperación, la solidaridad y la compasión para desarrollarse de manera plena.

Vivimos inmersas en un sistema que niega la propia esencia de lo que somos, un sistema que nos acelera cuando nuestros ritmos naturales son lentos, que nos individualiza cuando somos seres sociales y compasivos, y que nos pide fortaleza e infinitud cuando nuestra condición es vulnerable y pasajera. Así, el sistema nos propone que sigamos una vida de acumulación sin límite, una acumulación que sólo puede estar en nuestros relatos y creencias, porque la naturaleza de la tierra que habitamos y de nuestra propia vida es cíclica y finita.

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El neoliberalismo progresista del PSOE

Recién acabado el maratón electoral, el panorama político español ha quedado listo para los posibles pactos que permitan la gobernabilidad de las distintas instituciones. En el caso del gobierno del Estado, y tras los resultados de las elecciones, el PSOE requiere el apoyo de otros grupos para gobernar y las dudas se centran en quién le apoyará y, además, en la forma en que se plasmará ese apoyo. Desde los medios y equipos de comunicación de los partidos nos afirman que el pacto natural sería PSOE con Unidas Podemos. Pero en este artículo sostengo que este pacto no es tan lógico ideológicamente (los indicios así lo muestran) y que la opción PSOE-Ciudadanos tendría mayor fuerza y coherencia.

Para explicarlo, hay que encuadrar el hecho a explicar en un contexto histórico determinado. Venimos de la crisis de lo que conocimos como Capitalismo Democrático, basado en tres principios que se interrelacionaban equilibradamente como eran el de propiedad, el de participación y el de limitación. El equilibrio estaba basado en una serie de instituciones coaligadas y con un enemigo exterior que aconsejaba no romperlo. La entrada a partir de los 70 del siglo pasado en la fase neoliberal del capitalismo provocó el desequilibrio entre los tres principios anteriores y el fin de las políticas keynesianas, que serían sustituidas por unos principios económicos planteados por Hayek.

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¿Nuevas propuestas económicas en la cuna del Imperio?

Parece que soplan nuevos aires en el Partido Demócrata de Estados Unidos. Aires renovadores que buscan recuperar la mejor -y casi olvidada- tradición progresista de ese partido, reorientándole hacia posiciones de izquierda, ante la evidencia de su prolongado alineamiento con las élites económicas. Un alineamiento que ha comportado un paulatino alejamiento de las mayorías sociales (y muy especialmente, de los sectores más desfavorecidos), al tiempo que una cada vez más clara impotencia frente a los principales problemas sociales del país. Quizás este giro sea uno de los pocos efectos positivos que ha traído el inmenso desastre de la presidencia de Trump.

Así parecen consignarlo las propuestas de algunos de sus principales portavoces: desde los veteranos Bernie Sanders y Elizabeth Warren hasta algunas de las más jóvenes figuras que han salido a la palestra tras las elecciones de medio mandato, particularmente Kamala Harris y, sobre todo, Alexandria Ocasio-Cortez y su New Green Deal. Y así se refleja (y de una forma tan rotunda que no deja de sorprender en el panorama político estadounidense) en un reciente manifiesto de una de las instituciones más influyentes en la tupida red demócrata de laboratorios de ideas: el Instituto Roosevelt. Lleva por título "New Rules for the 21 st Century" y, con un prólogo del Nobel Joseph Stiglitz, aspira a sentar las directrices de un nuevo programa económico demócrata. Sintetiza así las bases de esta nueva sensibilidad ideológica que parece ir calando en sectores influyentes del partido, postulando ideas que -como el propio documento reconoce- hubiesen parecido impensables unos años atrás. Y ello pese a que no puedan considerarse en absoluto radicales, buscando asentarse siempre en el terreno del pragmatismo y del posibilismo, si bien trasciendan ampliamente el keynesianismo avanzado al que se remitían hasta hace no mucho las tendencias demócratas más progresistas.

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Perdidas entre "alternativas económicas"

En los últimos tiempos parece que pudiéramos hablar de "economía" en un sentido cada vez más plural. Nos encontramos así con economías con todo tipo de apellidos, entre los que podemos hacer referencia a la economía colaborativa, directa, verde, circular, ecológica, feminista, de los cuidados, del bien común, del procomún, comunitaria, social y solidaria, anticapitalista, etc.; e igualmente se le han añadido por extensión otros tantos apellidos a las demás actividades o procesos que asumimos como parte de ese universo que definimos como "lo económico". Véase el caso del consumo colaborativo o responsable, del comercio justo, de las finanzas éticas o las empresas sociales, entre otros ejemplos posibles. 

Con todos estos calificativos se plantea y se reivindica incluso, el reconocimiento de unanueva diversidad de economías e imaginarios económicos posibles. O lo que es lo mismo, la posibilidad de entender y hacer economía de formas diversas, frente una "economía" a secas, entendida de manera formal y abstracta, tal como lo plantea la teoría económica neoclásica u ortodoxa. Ahora bien, podríamos preguntarnos hasta que punto estas llamadas "economías alternativas o trasformadoras" conforman realmente diversos imaginarios a partir de los que pensar nuestras relaciones económicas –de producción, intercambio y consumo– en un sentido amplio. En esa misma línea, también cabría preguntarsehasta qué punto dan pie anuevas formas de entendernos como agentes económicos en la sociedad, y por ende, de actuar y relacionarnos como tales. En ese sentido se han volcado muchas expectativas sobre algunas de estas propuestas para contestar el planteamiento reduccionista de la visión ortodoxa que mencionaba antes. Sin embargo, creo que debe evaluarse más a fondo la capacidad real de estas iniciativas de ampliar o cambiar efectivamente este imaginario económico. Por ello, lo que propongo aquí es recoger algunas reflexiones críticas sobre varias de las propuestas antes citadas, con el fin de que pueda –al menos en cierta medida– ayudarnos a encontrar salida al bucle de reproducción de la lógica capitalista y neoliberal que –lo quieran o no– también impregna éstas "alternativas económicas". 

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El futuro y la justicia social a la hora de buscar socios de investidura

Debido al punto en el que el mundo se encuentra, los retos que tendrá el nuevo Ejecutivo no son los referidos a los próximos cuatro, sino cuarenta años. Y sus socios de gobierno serán decisivos para que sus políticas vinculen futuro y justicia social.

Pasadas ya las elecciones generales y con unos resultados claros en cuanto al partido ganador, llega ahora el mapa de pactos y las combinaciones plausibles. Tras una última década vertiginosa con una gran crisis financiera, una salida de ella con mareante inestabilidad política, ejecutivos débiles y el gran cisma territorial catalán, los partidos han dedicado poco tiempo a pensar qué quiere ser España en el siglo XXI. Dejando a un lado necesarios debates de Estado como el de su propia organización y forma, el país tendría un respiro si el próximo mes se lleva a cabo una investidura limpia y sólida, que asegure una legislatura de largo recorrido, en la que se disponga del espacio para desarrollar políticas que aborden el estado de la situación a la que el país se enfrenta en los próximos años. Dónde esta hoy España y dónde se ve a sí misma en los próximos 40 años no son cuestiones que se respondan adecuadamente sin realizar una apuesta política acerca de cómo va a ser el mundo dentro de cuatro décadas. Lo hizo Estonia, por ejemplo, apostando por un Estado digital en los noventa; un país post soviético prácticamente en la ruina que tuvo una visión a futuro y orientó sus políticas en ese sentido. Hoy en día el país báltico se sitúa a la vanguardia de los avances digitales con una economía basada en servicios de alto valor añadido. No sé ustedes, pero con sus luces y sombras yo veo más futuro ahí que en el modelo de turismo cultivado en las últimas décadas en nuestro país.

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La cooperación como terapia. ¿Quién coopera con quién?

Hace dos semanas recibí una visita. Estaba intentando dormir la siesta cuando de repente sonó el timbre. Me desperecé y me acerqué a la puerta, con los ojos entreabiertos y el tejido de la almohada todavía tatuado en la mejilla. Miré por la mirilla antes de abrir, y al hacerlo me sorprendió encontrar a dos personas vestidas con ropa algo inusual.

Se presentaron, me contaron que formaban parte de una asociación de cooperación al desarrollo y que venían a verme para ayudarme a tener una vida mejor. Se trataba de un hombre y una chica joven. La chica tenía la piel tostada y llevaba una trenza muy larga que le rozaba la cadera, sobre la que descansaba un bebé enrollado en una tela llena de colores.

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