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Bichos endémicos y viajeros: ciegos, científicos y carretera panamericana

“Los ciegos de Tiltepec”. Así se titulaba un artículo del doctor Ramón Pardo publicado en 1927 en el periódico Mercurio de Oaxaca, México. Hablaba de los habitantes de un pueblo, Tiltepec, formado por 44 casas y ubicado en la Sierra de Ixtlán de Juárez del Estado de Oaxaca.

La primera noticia sobre este “pueblo de ciegos” se había difundido dos años antes por otro periódico, El Universal, desatando la curiosidad general y la de los científicos. Varios médicos, primero el Dr. José E. Larumbe, y después el Dr. Max Weihman y el Dr. Pardo, visitaron el pueblo y realizaron estudios sobre sus habitantes. El Dr. Larumbe los describió como “fantasmas” y las palabras del Dr. Pardo fueron aún más duras: además de ciegos, eran “sucios y andrajosos” y estaban “fuera de toda consideración geográfica y lejos de toda participación histórica”.

Se trataba, según Pardo, de un “rincón dantesco”, de donde huía no solo la civilización, sino “la vida”. De hecho, para este médico, la ceguera era tan solo un indicio de una degeneración orgánica general que estaba conduciendo a la degeneración social. Sucios, tristes, indiferentes a la vida y sin conciencia de nada, moviéndose en las tinieblas, aislados en una geografía extrema y accidentada, los vecinos de Tiltepec eran la representación más despiadada de una miseria material que en la época iba junto con la miseria moral. Pero… ¿cuál era la misteriosa enfermedad que azotaba a esa región?

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¿Nos engañan los dispositivos de seguimiento de aves?

Los sistemas de seguimiento con tecnología GPS están integrados en el día a día  de los ciudadanos de cualquier país industrializado. Estos sistemas han supuesto una revolución en campos como la aviación, la agricultura o la seguridad pública. Nos permiten usos tan diversos como orientarnos hacia un destino, aplicar herbicidas en agricultura de precisión o planificar estrategias de salvamento en casos de catástrofes.

En el campo de la biología, la miniaturización de estos dispositivos durante las últimas décadas ha permitido la adquisición de sorprendentes nuevos conocimientos en el campo de la ecología animal. Hoy en día, la aplicación de los sistemas de seguimiento mediante GPS o satélite al estudio de la ecología del movimiento animal permite recopilar datos sobre comportamiento, reproducción o alimentación de especies tan diferentes como insectos o ballenas, en prácticamente cualquier rincón del planeta.

Hoy en día es posible conocer la ubicación, con una precisión de metros, de cualquier animal marcado, y seguir su movimiento continuo de forma remota desde los despachos de los gestores e investigadores. Todo ello permite profundizar cada vez más en la biología y ecología de estos animales, además de ofrecer una herramienta insustituible al gestor, que puede  conocer en todo momento dónde se encuentran, o a qué peligros se enfrentan los animales de su zona.

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Arts & Data

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La ciencia y el arte hace tiempo que se plantearon que su misión no se agotaba en los laboratorios ni en las galerías y museos. Bien por buscar legitimación, por recabar apoyos sociales, o porque la utilidad social ha ganado importancia en los objetivos de ambas, lo cierto es que una y otra ocupan los espacios públicos, los medios, ensayan nuevos formatos, salen de los límites institucionalizados para dirigirse a la ciudadanía en sus territorios. Pero a veces están yendo más allá, probablemente del arte ha tomado la ciencia la vocación de “realidad”, el intento no solo de divulgar sino también el de suceder, ocurrir aunque sea limitadamente en estos encuentros con la ciudadanía, particularmente en el caso de las ciencias sociales y humanas.

Como decíamos, estas experiencias no se conforman con alterar formatos, espacios, públicos, sino que que asumen las acciones como un compendio de creación, divulgación y participación, con pesos desiguales de las tres dimensiones, pero con un carácter único que las emparenta con el arte in situ, los live action, el site specificity, o la performance.

Reinterpretaciones de datos científicos por creadores, iniciativas en las que la generación de resultados, su reinterpretación y divulgación ocurren en tiempo real (reforzando su carácter de acción en el tiempo y el lugar), transferencias de lenguajes con el arte, y vocación de incidencia en lo social mediante modos de participación ciudadana de mayor exigencia, son las características de esta nueva forma de hacer divulgación científica (quizás algo más que eso) que desborda los espacios más consolidados.

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Pisando a fondo el acelerador del desarrollo

Los organismos tienen una gran capacidad para detectar las condiciones ambientales que les rodean y para modificar su aspecto, comportamiento o fisiología conforme a esas condiciones. Esta capacidad de alterar los rasgos (el fenotipo) en función del ambiente la conocemos como plasticidad fenotípica y es una característica casi universal de los organismos biológicos.

A menudo esos cambios fenotípicos contribuyen a mejorar la probabilidad de supervivencia y de reproducirse de los organismos porque aumenta su adecuación al medio, por lo que decimos que es una plasticidad adaptativa. Puesto que la dotación genética de un individuo no cambia sustancialmente a lo largo de su vida ni en función de las condiciones ambientales, los cambios fenotípicos en respuesta a estímulos ambientales se producen por cambios en la expresión de los genes mediante mecanismos de regulación que conocemos como epigenéticos.

Por tanto, para entender la base genética del fenotipo de un organismo en un ambiente dado, no basta pues conocer su composición genética (su genotipo), es decir qué genes tiene, sino que es preciso conocer cómo el ambiente induce cuáles de ellos están activados, y cuáles no. Darnos cuenta del hecho de que los organismos poseen cierta plasticidad para muchos aspectos de su fenotipo ha sido muy importante y ha cambiado nuestra perspectiva acerca de aspectos fundamentales de la ecología y la evolución. Así, considerar la plasticidad afecta a cómo pensamos que se establecen las interacciones entre especies, y a cómo responden las poblaciones frente a grandes cambios ambientales que suceden en poco tiempo, como en el caso del cambio global actual.

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Sequías y vulnerabilidad del modelo de consumo de agua

Una sequía se puede definir de varios modos. La sequía meteorológica se corresponde con el concepto instintivo que tenemos de ella: la falta de lluvias. En muchos climas es algo esperable y se circunscribe a una determinada época del año. Así, en el Mediterráneo, el período estival se caracteriza por precipitaciones casi nulas. La sequía hidrológica tiene lugar cuando la escasez de lluvias persiste y sus efectos se dejan notar en el caudal de ríos y manantiales o en el nivel freático. La sequía agrícola se desencadena cuando la falta de agua afecta a los cultivos y el ganado. Finalmente, cuando el nivel de los embalses baja hasta descubrir las ruinas de los pueblos que fueron inundados, la sequía aparece en los telediarios y es entonces cuando se desata la alarma social.

La sequía meteorológica se puede medir mediante un indicador muy sencillo y, por eso, mismo ampliamente utilizado. El índice de precipitación estandarizado (SPI en inglés) compara la lluvia registrada con su media histórica. Su utilidad radica en que permite evaluar de forma objetiva cuanto llueve en un lugar y compararlo con otros.

El mapa del SPI elaborado por AEMET para España del último año hidrológico ofrece varias lecturas interesantes. Lo primero que llama la atención es que el sureste peninsular, los territorios más acostumbrados a la sequía, registran valores ¡positivos! En efecto, en Alicante, Murcia y Almería, ha llovido por encima de la media.  Incluso, en determinadas zonas, se puede calificar el año como ‘Muy húmedo’ (SPI > 1,5). La segunda lectura interesante es que la sequía progresa de este a oeste. Los territorios más afectados se sitúan en el noroeste peninsular, destacando la cuenca del Duero y Galicia. Aquí la sequía hace mucho más daño, puesto que son lugares que no están habituados a lidiar con este fenómeno.

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Nanomateriales, mucho más que miniaturización

Para entender este artículo debemos hacer un esfuerzo por visualizar la magnitud tan pequeña que supone el nanómetro. Un nanómetro es la mil millonésima parte de un metro: para entenderlo mejor, es cien mil veces más pequeño que el grosor de un folio o mil veces más pequeño que una bacteria. Si enfocamos con un microscopio sobre una de nuestras sortijas de oro observaríamos que en un nanómetro solo hay espacio para unos pocos átomos.

Los nanomateriales son aquéllos que tienen dimensiones en el rango de los nanómetros, típicamente por debajo de 100. Pero, ¿por qué son importantes los nanomateriales?. Podría pensarse que la miniaturización es la razón fundamental. En un mundo en el que los móviles y los ordenadores han ocupado nuestras vidas, es cierto que esta puede ser una razón de peso. Los microprocesadores que son considerados el cerebro de los ordenadores, están compuestos de unidades más pequeñas llamadas transistores. La rapidez de estos cerebros depende de la cantidad de estos transistores, por lo que su miniaturización es crucial para conseguir ordenadores más potentes. De hecho, Gordon Moore predijo en 1965 con la famosa ley que lleva su nombre que la demanda de ordenadores cada vez más potentes obligaría a la tecnología a duplicar el número de transistores integrados en un microprocesador cada 2 años. Más de 50 años después, esta ley se ha cumplido con gran precisión y hoy en día los microprocesadores contienen más de 10 mil millones de transistores.

Pero quizás la razón más importante y fascinante desde el punto de vista científico es que cuando los materiales se encuentran estructurados en la nanoescala presentan propiedades singulares, a menudo superiores a las de su correspondiente macroscópico. La nanoestructuración modifica las propiedades físicas de los materiales como las mecánicas, ópticas o eléctricas, entre muchas otras.

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Un nuevo sospechoso para la enfermedad cardiovascular (y no es el colesterol)

Está completamente instalado en la cultura popular que el colesterol es malo para el corazón. Hasta en el lugar más recóndito de España, la gente sabe que algunos alimentos pueden aumentar los niveles de colesterol y que el ejercicio físico los reduce. De hecho, en todos los pueblos existe la ruta del colesterol, que parece ser el método infalible para reducirlo. Pero la percepción que tenemos de esta molécula puede estar cambiando. Cada vez resuena más que el colesterol puede dejar de ser el sospechoso habitual.

La primera vez que escuché poner en duda que el colesterol es el factor principal que enlaza dieta y aterosclerosis fue en un congreso en China en 2013. El japonés Harumi Okuyama ponía sobre la mesa la posibilidad de que los ensayos clínicos con estatinas -los fármacos que reducen el colesterol sanguíneo-  estuvieran sesgados por intereses económicos. Según  Okuyama, considerando solo los estudios que declaraban no tener conflictos de interés, no se podía establecer ninguna asociación significativa entre el consumo de estatinas con una protección cardiovascular.

Desaprender es muy complicado y han sido muchos años de aceptación del papel perjudicial del colesterol. A raíz de las investigaciones de Ancel Keys desde los años 50, se aceptó que la causa principal de los infartos era la grasa de la dieta y se demonizaron alimentos ricos en colesterol y grasas saturadas, entre los que destacaban los huevos. Hoy sabemos que no es necesario poner restricciones a los huevos, al menos por lo que al colesterol atañe, y que algunos ácidos grasos saturados, como el ácido esteárico, tienen un efecto neutro sobre los niveles plasmáticos de colesterol. Además, surgen dudas sobre el efecto de otro saturado abundante en los alimentos, el ácido palmítico, presente sobre todo en el aceite de palma, pero también en el de oliva. Se ha demostrado que su consumo de este ácido graso produce efectos tanto favorables como desfavorables en relación con la mortalidad por enfermedades cardiovasculares.

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Cuando algo termina... algo comienza

Si trabajas en un museo, todos los días cruzas la misma exposición para llegar a tu despacho. Exactamente como en casa, cuando pasas por la antesala y la sala de estar antes de entrar a tu habitación de estudios. Sientes como si las piezas de exposición sean tus muebles. Pero en este caso no te molesta si alguien lo toca o hurga en tu “armario”. ¡Al contrario!

Pasando entre los objetos piensas que todo está en su lugar. Tan bonito, cómodo y práctico que no deseas reemplazarlo porque te gusta así.

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En el Museo Casa de la Ciencia, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la antesala está decorada con una ballena jorobada. Luego, cruzando la sala principal, todos los días pasé junto a los tubos del sonido, escuché si los instrumentos musicales estaban afinados, eché un vistazo a los animales (para comprobar que ellos no habían salido de paseo la noche anterior) y y saludé a la oreja grande… en voz alta, porque no depende de la magnitud de la oreja que alguien pueda oír bien o no.

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Diez reflexiones sobre Cataluña ante el 1-O

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Trabajar en Chernóbil treinta años después de la catástrofe

Para entrar a la zona de exclusión de Chernóbil, que comprende 30 kilómetros alrededor de la central nuclear, hay que atravesar una barrera con policías y militares apostados. Nos acompaña obligatoriamente un guía local que hace de traductor, puesto que allí sólo se habla ucraniano y ruso, y además no permiten a nadie moverse solo por allí. Verifican pasaportes y el permiso aprobado por la Autoridad de la Zona de Exclusión de Chernóbil, y nos dan un papelito y un medidor de radiación acumulada que llevaremos durante toda nuestra estancia. Como el guía va siempre con nosotros, al finalizar el día él lleva su medidor a la oficina y se asume que todos nos hemos expuesto a la misma cantidad de radiación que él. Si algún día llegáramos al máximo establecido, nos echarían de allí inmediatamente el tiempo que estimen necesario para “limpiarnos”.

El lugar está bastante despoblado en general, pero al llegar al pueblo de Chernóbil, sorprende ver a tantísima gente. Y es que ahora mismo hay allí trabajando más de… ¡7000 personas! Aunque la central nuclear lleva parada desde el año 2001 (fue imposible pararla antes), todavía hoy están recogiendo residuos radiactivos, enterrándolos, intentando frenar la contaminación en el subsuelo; en definitiva, limpiando todo y construyendo grandes estructuras para disminuir el flujo de contaminación radiactiva que aún hoy continúa en los alrededores de la central.

En el tristemente mítico pueblo de Chernóbil nos alojamos todos, turistas y científicos, en el único hotel disponible para el personal que no trabaja allí de continuo. Los turistas tienen prioridad sobre nosotros, ya que pagan más, así que si el hotel está lleno, tenemos que buscarnos alojamiento en algún pueblo cercano fuera de la zona de exclusión. De todas formas, no nos permiten pasar dentro más de 3 días seguidos, y hay que descansar 2 días fuera antes de volver a entrar. La barrera de los 30 Km de la zona de exclusión fue arbitraria, y pudimos comprobar con el dosímetro que estábamos sometidos a la misma radiación en el hotel de Chernóbil que en el pueblo donde nos alojábamos para descansar de la radiación.

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