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Begoña Huertas

Begoña Huertas (Gijón) es autora de varias novelas y doctorada en literatura hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Obtuvo el Premio Casa de las Américas de Ensayo en 1994, y trabajó como becaria investigadora en la Universidad de Barcelona. Desde entonces ha trabajado para varias editoriales y colaborado como redactora de opinión en prensa. Forma parte del staff de Hotel Kafka. Su última novela se titula "Una noche en Amalfi" (El Aleph)

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Algo a lo que agarrarse

Caer debe ser uno de los miedos más comunes del ser humano. ¿A quién no le ha despertado de golpe alguna vez la sensación de haberse precipitado al vacío? Quizás tenga algo que ver con un recuerdo traumático de la experiencia de la gravedad por parte del bebé. El caso es que la imagen de la caída forma parte de los iconos de nuestro tiempo, desde la silueta de James Stewart cayendo de una torre en Vértigo de Hitchcock hasta la secuencia que acompañaba los títulos de crédito de Mad men.

En las montañas de Brasil existe un sapo del tamaño de un sello de correos que, ante la amenaza de un depredador, se lanza voluntariamente al vacío. En su caída abre las manitas -que son adhesivas- confiando en sujetarse a cualquier cosa sólida que encuentre al paso: una hoja, una rama, un saliente de la roca.

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La imagen en movimiento

En 1878 el fotógrafo Eadweard Muybridge realizó la conocida serie de fotografías de un caballo al galope para resolver una apuesta. La cuestión que estaba en juego era si en algún momento de la carrera el animal tenía las cuatro patas en el aire o siempre mantenía alguna en contacto con el suelo. Hoy las veinticuatro imágenes que tomó con una mínima separación de tiempo y espacio conforman "El caballo en movimiento", que se conoce como una de las primeras películas del mundo. Sin embargo esa concepción cinematográfica del conjunto de capturas es posterior a Muybridge, serían los hermanos Lumiere, diez años después, quienes ostentaran el título de inventores del cine.

Cuando el otro día alguien recordó esta circunstancia no pude evitar llevarla al terreno político, en el que me parece que prestamos atención alternativamente a varias fotografías/noticias pero pocas veces las unimos todas para obtener una visión de conjunto en movimiento. Por ejemplo algunas instantáneas de estos últimos días:

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El truco (¿Por qué nos engaña el Gobierno?)

El Gobierno se dispone estos días a tramitar los presupuestos para el año que viene, presupuestos que, afirman, darán estabilidad económica y política al país. Cualquiera con un poco de espíritu crítico tendría que reprimir una carcajada o un golpe de llanto al escuchar esto. Hemos salido de la crisis y se habla de un notable crecimiento de la economía pero sin embargo continúan los recortes en el gasto social. En esos presupuestos disminuye el porcentaje del PIB destinado a Sanidad y Educación, aunque aumenta la partida para Defensa, por ejemplo.

El ministro Montoro, previendo la impopularidad que las cuentas pudieran provocar en la ciudadanía, presentó el proyecto ante el Parlamento con un juego dialéctico, manejando las palabras para esconder la realidad como un trilero manejaría los cubiletes para ocultar la bola. Defendió que el gasto social sube cuando en realidad baja, utilizando las cifras absolutas en lugar de los porcentajes y la oposición le acusó de comportarse como un " trilero fiscal".

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El plan

“13 millones de españoles están en riesgo de pobreza o exclusión social”, leo en un titular mientras ojeo la prensa. A su lado, otro titular: “Solo los egoístas sobreviven” (habla la psicóloga de un equipo de fútbol, pero es lo mismo). La ideología neoliberal ha marcado la agenda en los últimos 40 años sin más fin que obtener el máximo beneficio monetario para unos pocos. Dicen que este año España ha recuperado el PIB previo a la crisis, pero al mismo tiempo se reconoce que la distribución de la riqueza es ahora mucho menos equitativa. Nuestro país es uno de los más desiguales de Europa. Y además aderezado con una corrupción insólita. La desigualdad rompe la democracia. La necesidad de rediseñar el modelo social parece clara.

En este momento que está sobre la mesa de la actualidad política el convocar una comisión que anticipe la reforma constitucional para abordar el sistema territorial, también debería aprovecharse para hablar del modelo de sociedad que queremos: blindar los derechos sociales, pactar la educación, prohibir las puertas giratorias, una imposición fiscal más solidaria, implantar una renta básica, hacer una ley electoral más justa, por ejemplo.

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Con tacto

El pasado fin de semana me encontraba leyendo El sentido olvidado, un ensayo de Pablo Maurette sobre la importancia del sentido del tacto, cuando empezaron a llegar las imágenes de la carga policial contra la movilización prorreferéndum en Catalunya.

De pronto aparecían en pantalla grupos de personas que, cogidas del brazo, codo con codo, se agrupaban para ofrecer una resistencia pacífica a la policía nacional enviada por el Gobierno del PP para disolverlos. En una de las fotografías más icónicas de la jornada pueden verse las manos de varias personas agarrándose unas a otras, aferrándose al hombro que tienen delante o apoyándose en la espalda ajena. La proximidad, el cuerpo a cuerpo, genera intimidad, lo que supone también ipso facto una mayor implicación emocional. Se puede mirar sin ser visto, escuchar sin ser oído, pero uno no puede tocar sin ser tocado. Excepto la policía, que llevaba guantes y estableció el contacto a golpes.

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Hoy se acaba

El otro día escuché a un joven ejecutivo de la banca explicar cómo, después de abandonar su trabajo de actividad frenética, había tenido que reaprender a leer una novela. Debía forzarse a leer a un ritmo tranquilo, decía, línea a línea, resistiendo el impulso de mirar la página entera para ojearla con eficacia y entresacar lo sustancial. Desde luego esa capacidad de lectura es una virtud, pero no en literatura, donde es probable que durante muchas hojas realmente no haya nada esencial a lo que ir o, mejor dicho, lo esencial es todo. Me imagino echando una ojeada a las páginas de En busca del tiempo perdido para detectar lo esencial y aislarlo.

El verano parece la época más propicia para esta lectura pausada. Quien más quien menos ha tenido su novela para ese tiempo de vacaciones. Después, el lamento de "se terminó el verano" se acompaña con el gesto de abandonar los libros porque ya "no hay tiempo". Tiempo hay, pero se pone al servicio del dinero, o sea de la producción, y, francamente, en una sociedad competitiva como la nuestra hacer una mayor cantidad de cosas y hacerlas a mayor velocidad supone una ventaja sobre los otros. Para destacar hay que ofrecer más prestaciones y estar siempre disponible.

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Cómo termina la gran novela de la crisis

Uno de los relatos que para mí mejor refleja el fondo de lo que hemos vivido en las últimas décadas es el documental The queen of Versailles, filmado por la directora estadounidense Lauren Greenfield, que gira en torno a David Siegel, el magnate inmobiliario, y su singular esposa Jackeline Salomon, a los que el crash de 2008 sorprendió construyéndose una mansión tipo Versalles. La casa que tenían, de 3.000 metros cuadrados, se les había quedado pequeña para tantos objetos como acumulaban, así que se disponían a levantar un nuevo hogar. Durante la filmación, mientras recorrían uno de los amplios espacios, la documentalista pregunta: 

—Jackie ¿es esta tu habitación? —No, este es mi armario. Y no era un chiste.

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El mismo verbo de todos los veranos

"Despertar, tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, comida, tranvía, cuatro horas de trabajo, cena, sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado al mismo ritmo". Esto escribía Albert Camus en su ensayo El mito de Sísifo. El sinsentido de la jornada laboral y la repetición rutinaria han sido temas frecuentados por pensadores de todos los tiempos. Y sí, también por el ciudadano de a pie que, cada año al comienzo de la temporada de verano, se libera del peso de la rutina o al menos lo cuestiona. Es al rechazo de esa vida maquinal a lo que nos referimos con el verbo más utilizado en esta época: desconectar.

Pero desconectar supone interrumpir una relación, cortar con algo, terminar, irse, y puede suceder que precisamente ese acto de escapar de la propia vida ocasione una fuente de infelicidad mayor, en el sentido de que poner siempre la felicidad en otra parte nos condena al lado oscuro. Las expectativas puestas en el verano, en Navidad, en el puente de la fiesta de turno: la zanahoria invariablemente a unos metros de quien se va arrastrando por la vida con la lengua fuera. El verano tiene un paisaje espiritual propio, enmarcado entre dos emociones extremas: la expectación nerviosa del comienzo y la desolación angustiante del final. Las vacaciones se encajan entre esos dos polos sentimentales: ansias y lloros.

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Lo que está en juego

En la novela 'La muerte feliz' de Camus, uno de los personajes observa que "en algunas personas de elite hay algo así como un esnobismo espiritual que consiste en creer que el dinero no es necesario para la felicidad", y concluye que "tener dinero es liberarse del dinero".

La conversación, en fin, gira en torno al dinero y la pobreza, es decir, están hablando del tiempo y de la vida. Fue escrito en los años 40 del siglo XX. Pasará un siglo y seguiremos hablando de lo mismo. En realidad, para la velocidad del universo desde que Camus escribiera esas líneas no ha pasado ni medio segundo, y en las novelas los temas continúan idénticos, por mucho que en lugar de una tablet el protagonista maneje una libreta confeccionada por un puñado de hojas atadas con un cordel. Sobre el asunto de cómo ganarse la vida, el personaje de Camus reorganiza los términos para formularlo de otro modo: "Tengo mi vida por ganar. El trabajo, esas ocho horas que otros toleran, me lo impide".

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Las cloacas del planeta

El documental Las cloacas de interior del que se habla estos días narra el uso partidista del Ministerio del Interior durante la etapa de Jorge Fernandez Díaz como ministro y es realmente impactante. Pero no son estas las únicas cloacas. Los tejemanejes policiales y las tramas político empresariales contaminan buena parte de nuestro sistema. Echando raíces en las mismas cloacas donde se mezcla poder y dinero hay otra contaminación, y esta es también literal además de metafórica, la del sector energético. En este terreno, el uso interesado de los recursos públicos crea puertas giratorias por las que se mueven a sus anchas políticos/ negociantes que se forran a costa de todos.

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