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Begoña Huertas

Begoña Huertas (Gijón) es autora de varias novelas y doctorada en literatura hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Obtuvo el Premio Casa de las Américas de Ensayo en 1994, y trabajó como becaria investigadora en la Universidad de Barcelona. Desde entonces ha trabajado para varias editoriales y colaborado como redactora de opinión en prensa. Forma parte del staff de Hotel Kafka. Su última novela se titula "Una noche en Amalfi" (El Aleph)

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Con tacto

El pasado fin de semana me encontraba leyendo El sentido olvidado, un ensayo de Pablo Maurette sobre la importancia del sentido del tacto, cuando empezaron a llegar las imágenes de la carga policial contra la movilización prorreferéndum en Catalunya.

De pronto aparecían en pantalla grupos de personas que, cogidas del brazo, codo con codo, se agrupaban para ofrecer una resistencia pacífica a la policía nacional enviada por el Gobierno del PP para disolverlos. En una de las fotografías más icónicas de la jornada pueden verse las manos de varias personas agarrándose unas a otras, aferrándose al hombro que tienen delante o apoyándose en la espalda ajena. La proximidad, el cuerpo a cuerpo, genera intimidad, lo que supone también ipso facto una mayor implicación emocional. Se puede mirar sin ser visto, escuchar sin ser oído, pero uno no puede tocar sin ser tocado. Excepto la policía, que llevaba guantes y estableció el contacto a golpes.

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Hoy se acaba

El otro día escuché a un joven ejecutivo de la banca explicar cómo, después de abandonar su trabajo de actividad frenética, había tenido que reaprender a leer una novela. Debía forzarse a leer a un ritmo tranquilo, decía, línea a línea, resistiendo el impulso de mirar la página entera para ojearla con eficacia y entresacar lo sustancial. Desde luego esa capacidad de lectura es una virtud, pero no en literatura, donde es probable que durante muchas hojas realmente no haya nada esencial a lo que ir o, mejor dicho, lo esencial es todo. Me imagino echando una ojeada a las páginas de En busca del tiempo perdido para detectar lo esencial y aislarlo.

El verano parece la época más propicia para esta lectura pausada. Quien más quien menos ha tenido su novela para ese tiempo de vacaciones. Después, el lamento de "se terminó el verano" se acompaña con el gesto de abandonar los libros porque ya "no hay tiempo". Tiempo hay, pero se pone al servicio del dinero, o sea de la producción, y, francamente, en una sociedad competitiva como la nuestra hacer una mayor cantidad de cosas y hacerlas a mayor velocidad supone una ventaja sobre los otros. Para destacar hay que ofrecer más prestaciones y estar siempre disponible.

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Cómo termina la gran novela de la crisis

Uno de los relatos que para mí mejor refleja el fondo de lo que hemos vivido en las últimas décadas es el documental The queen of Versailles, filmado por la directora estadounidense Lauren Greenfield, que gira en torno a David Siegel, el magnate inmobiliario, y su singular esposa Jackeline Salomon, a los que el crash de 2008 sorprendió construyéndose una mansión tipo Versalles. La casa que tenían, de 3.000 metros cuadrados, se les había quedado pequeña para tantos objetos como acumulaban, así que se disponían a levantar un nuevo hogar. Durante la filmación, mientras recorrían uno de los amplios espacios, la documentalista pregunta: 

—Jackie ¿es esta tu habitación? —No, este es mi armario. Y no era un chiste.

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El mismo verbo de todos los veranos

"Despertar, tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, comida, tranvía, cuatro horas de trabajo, cena, sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado al mismo ritmo". Esto escribía Albert Camus en su ensayo El mito de Sísifo. El sinsentido de la jornada laboral y la repetición rutinaria han sido temas frecuentados por pensadores de todos los tiempos. Y sí, también por el ciudadano de a pie que, cada año al comienzo de la temporada de verano, se libera del peso de la rutina o al menos lo cuestiona. Es al rechazo de esa vida maquinal a lo que nos referimos con el verbo más utilizado en esta época: desconectar.

Pero desconectar supone interrumpir una relación, cortar con algo, terminar, irse, y puede suceder que precisamente ese acto de escapar de la propia vida ocasione una fuente de infelicidad mayor, en el sentido de que poner siempre la felicidad en otra parte nos condena al lado oscuro. Las expectativas puestas en el verano, en Navidad, en el puente de la fiesta de turno: la zanahoria invariablemente a unos metros de quien se va arrastrando por la vida con la lengua fuera. El verano tiene un paisaje espiritual propio, enmarcado entre dos emociones extremas: la expectación nerviosa del comienzo y la desolación angustiante del final. Las vacaciones se encajan entre esos dos polos sentimentales: ansias y lloros.

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Lo que está en juego

En la novela 'La muerte feliz' de Camus, uno de los personajes observa que "en algunas personas de elite hay algo así como un esnobismo espiritual que consiste en creer que el dinero no es necesario para la felicidad", y concluye que "tener dinero es liberarse del dinero".

La conversación, en fin, gira en torno al dinero y la pobreza, es decir, están hablando del tiempo y de la vida. Fue escrito en los años 40 del siglo XX. Pasará un siglo y seguiremos hablando de lo mismo. En realidad, para la velocidad del universo desde que Camus escribiera esas líneas no ha pasado ni medio segundo, y en las novelas los temas continúan idénticos, por mucho que en lugar de una tablet el protagonista maneje una libreta confeccionada por un puñado de hojas atadas con un cordel. Sobre el asunto de cómo ganarse la vida, el personaje de Camus reorganiza los términos para formularlo de otro modo: "Tengo mi vida por ganar. El trabajo, esas ocho horas que otros toleran, me lo impide".

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Las cloacas del planeta

El documental Las cloacas de interior del que se habla estos días narra el uso partidista del Ministerio del Interior durante la etapa de Jorge Fernandez Díaz como ministro y es realmente impactante. Pero no son estas las únicas cloacas. Los tejemanejes policiales y las tramas político empresariales contaminan buena parte de nuestro sistema. Echando raíces en las mismas cloacas donde se mezcla poder y dinero hay otra contaminación, y esta es también literal además de metafórica, la del sector energético. En este terreno, el uso interesado de los recursos públicos crea puertas giratorias por las que se mueven a sus anchas políticos/ negociantes que se forran a costa de todos.

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Las sombras del poder (reflejadas en los peores anuncios del año)

Hace unos días se falló la décima edición de los  Premios Sombra a la peor publicidad, una convocatoria impulsada por Ecologistas en Acción que quiere denunciar cómo se difunde un modelo de desarrollo consumista mientras se enmascara el deterioro social y ambiental que causa ese modelo.

Como todos sabemos, una de las estrategias más efectivas del marketing es capturar la inquietud de la sociedad en un momento dado para apelar desde ahí a los sentimientos del consumidor. En efecto, los spots nominados en la web de Ecologistas en Acción reflejan los conflictos actuales (la corrupción, el abuso de poder, los intereses enfrentados) pero –como no podía ser de otro modo, ya que se trata de vender– estos se manejan a favor del negocio. Esta manipulación no es algo exclusivo de la publicidad de marcas corporativas. Los mecanismos que utilizan son los mismos que vemos utilizar a diario por los aparatos ideológicos de los sectores más conservadores.

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El turista eres tú

En Un invierno en Mallorca, George Sand narraba su viaje a la isla en 1855 y en un momento dado se preguntaba por qué las personas viajan cuando no tienen obligación ninguna de hacerlo. Su respuesta fue que existía una necesidad inherente al ser humano de escapar de la realidad rutinaria y aburrida. En efecto, el viaje es un paréntesis de disfrute durante el cual se dejan a un lado temporalmente las preocupaciones del día a día. Hoy no sólo se deja atrás la rutina y el aburrimiento, como observaba George Sand, sino también la precariedad, la inseguridad, la bronca y el desaliento. Y es que ya no sólo viaja la clase acomodada, el trabajador explotado puede transformarse también durante una semana en feliz turista, permitiéndose durante ese tiempo cosas impensables y fuera de su alcance en el día a día.

El periódico británico The Independent sitúa a Barcelona como uno de los ocho destinos mundiales que más odian a los turistas. Leí la noticia atravesando los Monegros en el Alsa, procedente de Madrid, y a pesar de todo una vez en la estación de Sants conseguí llegar sin ser linchada hasta el piso de mi amiga en el barrio de Gràcia con mi delatora maleta a cuestas. Por el camino pasé de largo numerosas pintadas "Tourist go home", "El turisme mata els barris", pero me detuve ante un cartel donde se ofrecían profusamente algunos datos: los precios de los alquileres han subido un 17% mientras el salario mínimo lo ha hecho un 1,5%, decía; se ejecutan 10 desahucios por semana porque los inquilinos no pueden pagar el alquiler después de que las empresas compren masivamente edificios para invertir y lucrarse; en Barcelona el alquiler público es solo el 1,5% del total mientras en París es el 17% y en Amsterdam el 48%; en la ciudad hay 88.000 casas vacías, los trabajadores del sector ganan menos de 15.000 euros al año y hay un paro del 15%, remataba. Aquello no era un manifiesto anti turistas, parecía todo un programa electoral en materia de vivienda.

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"El rojo de la familia"

Hace unas semanas estaba tomando algo en una terraza cercana al Retiro madrileño cuando vi cómo en la mesa de al lado una señora se reunía para tomar el aperitivo con su hija y sus tres nietos, dos chicas y un chico, los tres de veintipocos años. Mientras las cuatro mujeres charlaban, el chico era el único que no despegaba los ojos de la pantalla de su móvil, lo que no le impedía irrumpir en la conversación de vez en cuando con brío, dando su opinión o incluso reclamándose centro de lo que se discutiera.

Su teléfono sonó un par de veces y en ambas ocasiones lo cogió adoptando de golpe un tono serio y profesional, impostando la voz como solo sabe hacerlo un hombre a quien han enseñado a mandar (y a obedecer) sin admitir réplicas. La primera llamada fue del banco. Acababa de "cerrar la compra del piso", dijo triunfante. La otra llamada, del trabajo. Hasta aquí nada extraordinario. Pero entonces me distraje con algo y de pronto le escuché exclamar: "¡El único rojo de la familia soy yo!". Me volví a mirarle. Lo decía riéndose, con orgullo, alzando la barbilla frente a sus compañeras de mesa repetía "¡el rojo!", "toda la familia, todos del PP, ¡corruptos!".

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Jornaleros de la cultura

En plena oleada de neoliberalismo extremo tras la "crisis", muchos colectivos de trabajadores ven tambalearse los derechos que tanto les costó conseguir. Sin embargo hay un sector en España que nunca llegó a organizarse con eficacia y exigir una regulación acorde a su especificidad que le permitiera un bienestar y una seguridad mínima: el colectivo de trabajadores de la cultura. Pues bien, por fin a día de hoy hay un Estatuto de los trabajadores de la cultura, un Estatuto del artista, debatiéndose en una subcomisión del Congreso de los Diputados, y el pasado sábado diversas organizaciones convocaron un acto en el teatro María Guerrero de Madrid para hablar de ello porque, como con todo, lo que no se apoye desde la calle difícilmente podrá ser sacado adelante como ley si no beneficia a los que ostentan el poder.

Actores, guionistas, ilustradores, músicos, fotógrafos, escritores, artistas visuales... más allá de las peculiaridades de cada sector existen puntos comunes a todos y es lo que da sentido a la propuesta. Se habla de la piratería y del IVA, asuntos sin duda importantes pero que repercuten más –y para qué engañarnos, por eso están en el candelero– en productores y en distribuidores, en la parte dirigente de "la industria". Para los trabajadores de a pie, para los curritos, para los que al fin y al cabo escriben el libro, actúan en una película o ilustran una publicación las pesadillas cotidianas son otras. Aquí algunas:

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