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Begoña Huertas

Begoña Huertas (Gijón) es autora de varias novelas y doctorada en literatura hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Obtuvo el Premio Casa de las Américas de Ensayo en 1994, y trabajó como becaria investigadora en la Universidad de Barcelona. Desde entonces ha trabajado para varias editoriales y colaborado como redactora de opinión en prensa. Forma parte del staff de Hotel Kafka. Su última novela se titula "Una noche en Amalfi" (El Aleph)

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"El rojo de la familia"

Hace unas semanas estaba tomando algo en una terraza cercana al Retiro madrileño cuando vi cómo en la mesa de al lado una señora se reunía para tomar el aperitivo con su hija y sus tres nietos, dos chicas y un chico, los tres de veintipocos años. Mientras las cuatro mujeres charlaban, el chico era el único que no despegaba los ojos de la pantalla de su móvil, lo que no le impedía irrumpir en la conversación de vez en cuando con brío, dando su opinión o incluso reclamándose centro de lo que se discutiera.

Su teléfono sonó un par de veces y en ambas ocasiones lo cogió adoptando de golpe un tono serio y profesional, impostando la voz como solo sabe hacerlo un hombre a quien han enseñado a mandar (y a obedecer) sin admitir réplicas. La primera llamada fue del banco. Acababa de "cerrar la compra del piso", dijo triunfante. La otra llamada, del trabajo. Hasta aquí nada extraordinario. Pero entonces me distraje con algo y de pronto le escuché exclamar: "¡El único rojo de la familia soy yo!". Me volví a mirarle. Lo decía riéndose, con orgullo, alzando la barbilla frente a sus compañeras de mesa repetía "¡el rojo!", "toda la familia, todos del PP, ¡corruptos!".

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Jornaleros de la cultura

En plena oleada de neoliberalismo extremo tras la "crisis", muchos colectivos de trabajadores ven tambalearse los derechos que tanto les costó conseguir. Sin embargo hay un sector en España que nunca llegó a organizarse con eficacia y exigir una regulación acorde a su especificidad que le permitiera un bienestar y una seguridad mínima: el colectivo de trabajadores de la cultura. Pues bien, por fin a día de hoy hay un Estatuto de los trabajadores de la cultura, un Estatuto del artista, debatiéndose en una subcomisión del Congreso de los Diputados, y el pasado sábado diversas organizaciones convocaron un acto en el teatro María Guerrero de Madrid para hablar de ello porque, como con todo, lo que no se apoye desde la calle difícilmente podrá ser sacado adelante como ley si no beneficia a los que ostentan el poder.

Actores, guionistas, ilustradores, músicos, fotógrafos, escritores, artistas visuales... más allá de las peculiaridades de cada sector existen puntos comunes a todos y es lo que da sentido a la propuesta. Se habla de la piratería y del IVA, asuntos sin duda importantes pero que repercuten más –y para qué engañarnos, por eso están en el candelero– en productores y en distribuidores, en la parte dirigente de "la industria". Para los trabajadores de a pie, para los curritos, para los que al fin y al cabo escriben el libro, actúan en una película o ilustran una publicación las pesadillas cotidianas son otras. Aquí algunas:

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O nos vemos en las calles o nos veremos "en la calle"

El otro día, viendo el muy interesante documental Requiem por el sueño americano: Noam Chomsky me llamó la atención una referencia a Franklin Roosevelt, quien al parecer se dirigió en un momento dado a los sindicatos y movimientos activistas con estas palabras: "Obligadme a hacerlo". Eran los últimos años de la década de los 30 y el presidente estadounidense, favorable a una legislación progresista, se refería a que necesitaba la presión en la calle para llevar esas políticas a cabo. Venía a decir a sus votantes: "Salid, manifestaos, organizaos, protestad".

Hay quien sigue pensando que la democracia es depositar un voto en una urna cada cuatro años. Pero a la vista está que es necesaria una presión –una expresión– en la calle para que el trabajo en el Parlamento sea de verdad efectivo. Esta semana un documento de  la Unión Europea volvía a plantear la necesidad de regular los mercados para atajar el descontento de la población. Otra vez pura retórica, porque esto ya se dijo hace años cuando se habló de "refundar el capitalismo".

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El mercado humano

En la radio, tras las señales horarias de primera hora de la mañana, la noticia que abre el día suele ser las fluctuaciones de la bolsa. Casi sería preferible que leyeran el horóscopo. Tras dar la pertinente información de si los valores han bajado o subido medio punto, de inmediato se da paso a los anuncios: un robot cortacésped, una alarma para el chalet, un coche... y por supuesto la nueva temporada en cuanto a ropa. En la feria neoliberal todas las piezas están pensadas para encajar y que la rueda del consumo no se detenga. Si el consumidor no tiene recursos para lo anterior siempre podrá sacar cinco euros para comprarse una camiseta. Puedes no tener casa, puedes no tener trabajo, ni coche, pero la moda rápida siempre estará a tu alcance. El desastre ecológico y humano de ese negocio textil ya es otro asunto (y puedes verlo en este documental).

Hace unos años sorprendió la espeluznante noticia de un joven chino que había vendido un riñón para comprarse un iphone y un ipad. Cuando uno no tiene nada, le queda el cuerpo. A mediados de los años ochenta, el periodista alemán Günter Wallraff se hizo pasar por turco en Alemania y se dio cuenta de que entre los pocos trabajos a los que podía acceder un inmigrante irregal estaba el de voluntario en ensayos clínicos. Él lo llamaba "hacer una farmacarrera". Los pobres son perfectos como conejillos de Indias: venden sus cuerpos por poco dinero, y si les pasa algo, con una póliza de seguro equivalente a una insignificante fracción de las ganancias del laboratorio es muy probable que sus familias no digan nada. Lo contó en su libro Cabeza de turco.

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Una imagen perturbadora

Tras recibir la noticia de que la Audiencia Nacional citaba a Mariano Rajoy como testigo en el juicio a la trama Gürtel, el abogado del PP afirmó que esa declaración no era pertinente, ni necesaria "y puede ser absolutamente perturbadora".

Absolutamente perturbadora, dijo.Y tiene razón. La visión de un presidente del Gobierno en el juzgado por un caso de corrupción es perturbadora, y como tal puede influir en la apreciación que los ciudadanos tengan de él y, aún más, en el rechazo que pudiera derivarse de esa nueva apreciación.

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Perdonen la expresión

El pasado fin de semana, en el discurso de clausura del XIV Congreso Regional del PP valenciano, Mariano Rajoy sorprendió con estas palabras: "Ya podemos hacer cosas que no podíamos cuando estábamos, y perdonen la expresión, en la indigencia". Llamó la atención la palabra elegida. Podría haber utilizado otros sinónimos: estrechez, penuria, incluso pobreza. Pero optó por la más extrema. Alguien pobre puede ir tirando, un indigente malvive con una mano delante y otra detrás. Tanto es así que tuvo que preceder el término con un "perdonen la expresión" (algo también insólito, dicho sea de paso, porque es como decirle a alguien "tiene usted un cáncer, con perdón").

Desde luego el hecho no es fortuito ni es la primera vez que se emplea una palabra conmovedora para crear emoción y enturbiar el pensamiento racional. Pura Retórica. Cuando se cuenta un cuento se endurece la caída del protagonista para que brille más el final feliz. Con una sola frase, el presidente del Gobierno nos contó toda una historia. Y sí. Es el tipo de historia más simple y la que más gusta a la gente.

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¿Adaptarse o morir?

Como respuesta a la acción depredadora del hombre, algunos elefantes nacen ya sin colmillos y las sardinas se han hecho cada vez más pequeñas para burlar las redes. Los seres vivos se adaptan al contexto para sobrevivir y los humanos no son una excepción. Si bien el mecanismo de supervivencia más obvio a día de hoy para nuestra especie sigue siendo el dinero, está claro que también ayuda tener la piel dura y la cara de cemento. La adaptación al medio exige rehacerse y a veces hasta desfigurarse.

Vivimos en un sistema basado principalmente en criterios de rentabilidad empresarial, no de interés social. En nuestro hábitat campan a sus anchas los ministros de Justicia que acuden a cumpleaños de empresarios condenados por delitos contra la Hacienda Pública o ministros de Turismo que pasan sus vacaciones invitados en suits de lujo por hoteleros con licencia ilegal, y por supuesto los ministros de Economía que reciben suculentas ofertas laborales de empresas energéticas.

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Escritura creativa I: estereotipos e ideología

Cuando la marca de lujo Cartier celebró sus 165 años lo hizo rodando  un anuncio épico, excesivo, en el que sin ningún miramiento se proponía un recorrido por el mundo que dejaba fuera lo feo y creaba una burbuja de lujo y comodidad. En el recorrido que proponía el guión, la firma se quedaba sencillamente con lo mejor, obviando todo lo demás: en el paisaje ruso nada de mafias sino la elegante silueta de monumentales edificios nevados; en India ni rastro del barullo de sus mendigos callejeros sino la serenidad de sus templos; ¿China y sus fábricas de trabajo a destajo?, no, el misterio del dragón milenario. Cartier reflejaba el lado elegante de la vida.

Entre las primeras lecciones que se enseñan en los talleres de Escritura Creativa está la de huir del lugar común, evitar personajes estereotipados, es decir, evitar la simplificación de establecer el bueno contra el malo. La idea es enriquecer tanto los caracteres como las situaciones, haciéndolos más complejos a base de contradicciones para conseguir profundidad e interés. La gente puede ser amable y cruel al mismo tiempo.

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La justicia social, esa simpleza

¿He sido simple como un animal, señor, o he estado pensando?  (Djuna Barnes)

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La precariedad a la luz de las velas

Unos días antes de la ceremonia de los Goya celebrada el domingo pasado se publicó un  artículo que comentaba la precaria situación laboral de la mayoría de actores que, sin embargo, se pondrían sus mejores galas para asistir al evento. Esa precarización es común a muchos otros trabajos dentro del colectivo "artístico", el caso de los escritores es un ejemplo que conozco de primera mano. A lo precario contribuye la tramposa definición de "autónomos", los encargos irregulares y mal pagados, la inexistencia de una mínima seguridad (por no hablar ya de vacaciones o pagas extra), y todo esto sucede en el mejor de los supuestos, siempre que tengas un mínimo de trabajo y no caigas enfermo. No se trata aquí de elucubrar si el de actor, escritor, músico o ilustrador son trabajos necesarios o si podríamos prescindir de ellos. El caso es que requieren un tiempo y unos conocimientos, como cualquier trabajo.

Lo que llama la atención es cómo en el mundo del capitalismo neoliberal la precariedad se disfraza. El término "explotación" lo asociamos todavía a filas de obreros alineados y no a una persona sentada en el sofá de su casa con el ordenador sobre las rodillas. Ahora en lugar de monos de trabajo se llevan pijamas de moda, cómodos conjuntos para trabajar en casa que nos vende Oysho, Women Secret o H&M. Se puede trabajar horas y horas por un precio irrisorio e incluso hay quien lo hace gratis, pero gracias a la publicidad es incluso atractivo: disfrutas de una taza de café mientras te arropas con una manta.

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