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Clara Serra

Profesora de Filosofía. Responsable del Área Estatal de Igualdad, Feminismos y Sexualidades de Podemos.

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Violencia machista y terrorismo

Quizás haya quien piense que la palabra "terrorismo" ayuda a darle a la violencia machista toda su importancia. Sin duda es una palabra terrorífica en nuestro imaginario, como también, sin ninguna duda, es una realidad que muchas mujeres hemos vivido o vivimos verdadero terror ante el machismo, ya sea en casa o en la calle. Pero la palabra "terrorismo" está cargada de una densidad semántica que dudo mucho que nos ayude a las mujeres, sometidas al control, la dominación o la humillación que nos impone una sociedad patriarcal, a sentirnos identificadas como víctimas de esa estructura.

La violencia terrorista es una violencia pública, realizada ante la vista de todos, y reivindicada por sus propios autores. Su naturaleza es completamente distinta a la de la violencia machista, que se lleva a cabo lentamente, a veces gradualmente, en la invisibilidad de unos gestos que no son reivindicados como violencia por quienes los cometen y que normalmente no son vividos como violentos por las que los sufrimos.

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Hackear la risa: el humor como arma feminista

¿Por qué cuando viajamos a otro país solemos no entender los chistes? No es una deficiencia lingüística, podemos hablar perfectamente el idioma. Da igual, entiendes todo, pero mientras todos se ríen tú, sencillamente, no lo pillas. Por eso se habla del humor inglés, no del humor "en inglés". Dominar otro humor es una de las fases más avanzadas del dominio de otro idioma. Porque significa que se ha logrado asimilar su sentido común, todas esas creencias, presupuestos y cosas dadas por sentadas propias de ese lugar, de esa comunidad de hablantes. El humor es un juego con presupuestos culturales, con elementos del sentido común que comparten quienes cuentan y se cuentan las bromas o los chistes. Forman parte de esos presupuestos compartidos los clichés sobre los ingleses, los franceses y los españoles, los catalanes, los de Lepe y, por supuesto, sobre las mujeres.

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"Me gusta ser una zorra" (feminista)

Hoy Barbijaputa escribe un artículo sobre el polémico spot Patria, de Amarna Miller, y sobre algunas declaraciones de la actriz porno feminista en una entrevista como estas, que Barbijaputa cita y comenta: "Si a mí me pone la figura masculina en un rol de poder, ¿he de modificar mi deseo porque esta fantasía no concuerda con mis ideales feministas? (...) Yo pienso que intentar modificar tu deseo sólo lleva a frustraciones y a un castramiento de tu identidad. Como yo no quiero modificarlo y creo que no es labor del feminismo modificar los deseos de nadie, lo que intento es asumir mis fantasías de una forma responsable y ética, saber de dónde vienen y disfrutarlo". Barbijaputa concluye que "esto puede tacharse de lo que queramos, pero definitivamente no de feminista". 

Hay un problema que aparece cada vez que debatimos sobre un tema complejo, y está claro que el porno lo es. Como no podemos hablar hasta el infinito, siempre nos toca dejar algo sin decir y probablemente dejemos sin hacer todos los matices que un tema así merece. Consciente de eso voy a decir las cosas que creo habría que decir en primer lugar, sabiendo que dejo otras muchas sin comentar.

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Las que faltan

Ayer en el Congreso de los Diputados se vieron muchas malas caras, reacción que continuó después en los medios y las redes. ¿Cuál era el cuerpo del delito? Diego, un bebé. Lactante.

Un Parlamento que ha permanecido impertérrito ante el agotador desfile de corruptos, ante una sociedad cada vez más desigual, se llevó las manos a la cabeza –por fin– pero por un bebé.

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Por mí y por todas mis compañeras

El pasado jueves, el Grupo parlamentario de Podemos presentó en la Asamblea de Madrid una Proposición no de ley sobre violencia machista. La iniciativa está siendo presentada por Podemos en todos los parlamentos autonómicos. Lo hacemos porque entendemos que la lucha contra esta lacra tiene que ser una prioridad política y que hay medidas muy concretas que podemos tomar ya. No parecen pensar asi el resto de partidos. En Asturias, por ejemplo, el PSOE votó en contra de nuestra propuesta desde el Gobierno. Y en Madrid el PP hizo lo propio.  

En España, la gestión de la crisis ha golpeado brutalmente a las mujeres. Los recortes en los servicios públicos llevados a cabo por el PP en sanidad, dependencia o educación llevan a muchas mujeres a cuidar de las familias en las casas y, lo que es más grave, a depender económicamente de sus parejas. La  brecha salarial ha crecido en los últimos años, lo que implica que las mujeres han perdido su mayor escudo de protección contra la violencia: su independencia económica.

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Malena sí puede

La política en cierto modo es un arte de bisagras. La sociedad y las leyes no siempre están ajustadas las unas con la otra. Si el desajuste se estira más de lo debido, se intensifica la tarea de lo político y la gente reclama su voz con más fuerza. El arte, sin duda, respira en la misma atmósfera. Su obligación es volar muy alto y desafiar a la realidad desde el horizonte.

Nuestra generación, la que ahora se ha visto obligada a interesarse por lo político y a pelear las bisagras que hagan falta para recuperar la dignidad y la vida, crecimos con los libros de Almudena Grandes. Almudena nos ha enseñado –sigue haciéndolo– que la vida vale más allí donde el corazón es más grande que las palabras, donde el cuerpo puede más que las costumbres, donde la libertad molesta al reloj y al calendario. Que hay que desafiar a las cadenas, las de dentro y las de fuera, se vistan de lo que se vistan. Nos ha enseñado que cuando Pablo hace sombra a Lulú, ésta confunde la sombra con el deseo y el deseo con la sombra; que a Malena le cuesta la vida querer lo que es y que a Jose –María José– le atraviesa tanto el amor del nosotros que le falta amor de sí.

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Sin nosotras no hay democracia

Cuando presentamos Podemos hace ahora un año muchos no lo entendieron. Y es que no elegimos el camino fácil. Nunca hemos cedido a la comodidad que supone resguardarse detrás de etiquetas ideológicas. Tenemos la firme convicción de que compartimos con la gran mayoría de la gente nuestros principios, aunque no tengamos siempre las mismas etiquetas. Éste fue nuestro diagnóstico, y lo cierto es que nuestro corto año de vida nos ha dado la razón. Por más que el nuevo tablero resulte incómodo para quienes –ya sea para defender el status quo, ya para hacer oposición– siguen anclados en la vieja política, resulta ser un tablero donde no cabe la resignación y sí la esperanza.

Precisamente porque éste es nuestro camino, conocemos sus dificultades. Sabemos bien que el baile de disfraces de las etiquetas ideológicas es infinitamente menos problemático que la pugna cara a cara con la necesidad de transformar nuestra realidad. Y ésta no se transforma con banderas. La realidad es, muchas veces, fea y terca. No la cambiaremos con brindis al sol ni peroratas identitarias. El momento político requiere astucia, cintura, agilidad y muchas ventanas abiertas. Entendemos que desde el calor, tan reconfortante como paralizante, de las etiquetas convencionales esto se quiera juzgar como ambigüedad, pero nuestros principios y líneas rojas no se negocian. Cada paso que damos nos permite demostrarlo.

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