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Despellejarnos (con sororidad)

Despellejarnos (con sororidad).

Clara Serra

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Una de las cosas que la gente de izquierdas solemos decir, a veces para explicar nuestras debilidades electorales frente al bloque de la derecha, es aquello de “es que la gente de izquierdas somos muy críticos y discrepamos entre nosotros, en la derecha van todos a una”. Supuestamente, el espíritu crítico de la izquierda explicaría la pluralidad de nuestro espacio ideológico; una superioridad moral que, sin embargo, según a veces explicamos, puede derivar en algún que otro traspiés electoral. Esto es lo que, a menudo, nos contamos a nosotros mismos. Eso y que en la derecha hay pensamiento único, que son menos dados a pensar, debatir y discrepar y que por eso ellos ni se pelean, ni se fragmentan ni se escinden. ¿Cuánto tiene de verdad este amable relato sobre nosotros mismos?

Dejando por un momento de lado a la derecha, que además no está ahora unificada sino electoralmente dividida, la pregunta es qué tal está eso de la diversidad, el disenso y el debate dentro de la propia izquierda. Y para cualquiera que observe el clima de las redes sociales, la cosa no pinta precisamente bien. Es cierto que Twitter es una pequeña burbuja dentro del mundo real pero también es cierto que precisamente la ciudadanía politizada de izquierdas es la que suele informarse y “debatir” ahí. A pesar de que las redes sociales han desplazado a otros medios y formatos y son en nuestro presente una herramienta fundamental de intercambio de opiniones, lo cierto es que muchas de las actitudes que se han generalizado en esos espacios me parecen incompatibles con cualquier forma de discusión o de algo a lo que pudiéramos llamar deliberación en común. No son solo los ataques de los trols del PP o Vox, sino los insultos y las faltas de respeto que hay entre la gente que comparte las mismas luchas y defiende juntas muchas ideas. ¿Por qué si estamos de acuerdo con alguien en el 90% de las cosas sentimos la necesidad de señalarle y condenarle por el 10% en el que disentimos? Soledad Gallego planteó esta pregunta en unas jornadas feministas y creo que daba en el clavo con ello.

En la cultura de Twitter está permitido e incluso premiado –con miles de likes y retuits– interpelar sin educación, sin respeto y sin cuidado a personas concretas ante la mirada de los demás. Esta forma de relacionarnos no la reproducimos en otras esferas de la vida social y probablemente se deba a esa distancia infinita que separa a las personas cuando están detrás de una pantalla, cuando no se miran a los ojos, cuando no comparten un mismo espacio físico, cuando no se tienen que saludar. Comentaba hace poco con una amiga cuánto recuerda esto a lo que ocurre cuando los conductores de coche se sienten amparados detrás de sus cristales y dan rienda suelta a su testosterona para insultarse y amenazarse sabiendo que no bajarán de sus coches. Allí, dentro del coche, como detrás de un usuario de Twitter o incluso del anonimato virtual, parece como si se se suspendieran las reglas con las que hemos decidido hablarnos y tratarnos, las normas básicas e imprescindibles para convivir en la vida civil.

¿Por qué nos comportamos así en las redes sociales? ¿A qué pasiones damos rienda suelta? ¿Qué monstruo escondido dentro de nosotros mismos es el que satisfacemos tratándonos así de mal? Me parece clave pensar estas cuestiones desde el psicoanálisis –porque esto tiene mucho de problema de diván– pero también desde el feminismo. Angela Nagle es una escritora norteamericana que ha publicado Muerte a los Normies (Orciny Press, 2017) para analizar cómo las guerras culturales en internet han contribuido al ascenso de la alt-right y a la victoria electoral de Trump. Ella recorre las subculturas de internet –los foros, youtube, la cultura de los memes en Facebook y Twitter– y encuentra en esos espacios una cultura masculina de la transgresión que hace alarde de su falta de empatía e incluso de su crueldad.

Las redes sociales han sido el escenario de verdaderos linchamientos públicos organizados contra personas, amenazas de muerte, mofas macabras hacia familias a las que se les ha muerto un ser querido, difusión de imágenes íntimas (reales o falsas) de mujeres desnudas o publicación de sus direcciones y números de teléfono llamando a dirigir contra ellas un acoso masivo. Todas estas cosas han ocurrido los últimos años en el escenario de las redes sociales y las proximidades de la ultraderecha americana y por el camino han dejado víctimas con nombres y apellidos. Nagle traza un hilo de continuidad entre esta cultura cruel de las redes sociales y una cierta filosofía de la transgresión moral que va desde el marqués de Sade hasta Maurice Blanchot, pasando por Nietzsche y Bataille. Hay una cultura misógina que convierte al transgresor moral en un héroe, una contracultura que es capaz de referenciarse en la familia Manson, que encuentra en El club de la lucha o American Psycho obras de culto y que habita en las subculturas del videojuego o los foros de internet.

Pero a esa cultura del sadismo y la falta completa de piedad algo le ha permitido aparecer. Lo interesante del análisis de Nagle es que se pregunta por la responsabilidad de la propia izquierda en esta emergencia de una cultura de internet que es psicópata y cruel y que, al mismo tiempo, se rebela contra la corrección política y cala entre la población joven por ser outsider y revolucionaria. La izquierda norteamericana lleva décadas sumida en unas políticas de la identidad que han calado por ejemplo con mucha fuerza en los campus universitarios y que en nombre siempre de la inclusión de las minorías raciales o la diversidad de género ha restringido la libertad de expresión y se ha metido de lleno en una encarnizada guerra caníbal que cuenta con una larga lista de personas acusadas, expulsadas y vetadas dentro de la propia izquierda. Para Nagle, las constantes “condenas histéricas procedentes de entornos progresistas produjeron el caldo de cultivo adecuado para un contragolpe de mofa irreverente enfrentado a la corrección política”. Una revancha que ha tenido entre sus efectos la victoria de Donald Trump.

Es muy importante cómo nos tratamos en la propia izquierda y qué tipo de cultura ponemos en práctica en las redes sociales y en internet. Y lo cierto es que Twitter no es un escenario de debate donde impere una cultura de la pluralidad y del disenso sino más bien un constante cruce de acusaciones personales y, en ocasiones, un escenario donde asistimos a linchamientos colectivos crueles en nombre de ideas preciosas. Todo es blanco o negro, todo es conmigo o contra mí. Desaparecen los grises y los matices y se estrecha, hasta desaparecer, el espacio intermedio que debería haber entre estar al 100% de acuerdo con alguien o condenarlo al ostracismo y pedir que le denuncien por defender crímenes contra la humanidad. Los actuales debates del feminismo no parecen escapar a esta lógica de polarización: hay medios feministas (como Pikara) que se han visto obligados recientemente a cerrar foros de debate por los insultos y los niveles de agresividad y las redes están llenas de feministas que señalan, acusan e insultan a otras feministas. Nos llenamos la boca con palabras como sororidad y cuidado pero cada vez somos menos capaces de tolerar la discrepancia entre nosotras y cada vez tenemos la mecha más corta para acusar a las demás de estar defendiendo cosas gravísimas y horribles que justifican cualquier tipo de escarnio público.

Hay una cosa que las feministas que hemos militado en partidos políticos tenemos grabado a fuego: un partido político no es feminista solo por decir que lo es, sino por asumir todos los compromisos que implica ponerlo en práctica. La sororidad no es solo un lema y los cuidados no son solo una frase de campaña: deben implicarnos en compromisos prácticos concretos, en reglamentos para garantizar la paridad, en horarios para conciliar, en protocolos para tratarnos bien y, también, por qué no, en maneras de utilizar las redes sociales. Si el feminismo no implica prácticas caemos en la banalización de las palabras, que empiezan a servir para todo y a no significar nada. Por muchas veces que escribamos en Twitter la palabra “sororidad”, maltratarnos en redes sociales en nombre de nuestros principios no es feminismo, sigue siendo matonismo.

Aquí no ha ganado Trump pero tenemos a las puertas un enemigo igual de peligroso que crece también en ese caldo de cultivo de una masculinidad agresiva que le habla a la juventud en las redes sociales e internet. ¿Podrá la izquierda no caer en el ataque mutuo generalizado y en la autocensura? ¿Podremos ser un contraejemplo en la práctica a las formas crueles de usar las redes sociales de la ultraderecha? ¿Sabremos las feministas construir una cultura de internet que no normalice el maltrato? ¿Podremos demostrar que es posible discrepar con cuidado? ¿Seguiremos habilitando en la izquierda la posibilidad de disentir con libertad? ¿Seremos capaces de generar un sentido común que no tolere el bullying y fomente la empatía y la piedad? ¿Seremos una barrera de contención frente a esa cultura sádica que crece en las redes sociales? Me pregunto si vamos a poder ser una alternativa al matonismo del que se alimenta Vox o si fracasaremos y le daremos una buena noticia a Abascal. A veces, cuando echo un vistazo a nuestro debate del día de Twitter, me lo imagino con una apacible sonrisa mientras contempla cómo nos contamos todas esas bellezas sobre nuestra superioridad moral y nos seguimos despellejando (con sororidad).

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