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Clara Serra

Profesora de filosofía, feminista y escritora. Autora de Leonas y zorras y Manual Ultravioleta. Exresponsable del Área Estatal de Igualdad, Feminismos y Sexualidades de Podemos y número 2 de Más Madrid en las elecciones autonómicas de 2019. Exdiputada autonómica por Podemos (2015-2019) y por Más Madrid (2019).

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Despellejarnos (con sororidad)

Una de las cosas que la gente de izquierdas solemos decir, a veces para explicar nuestras debilidades electorales frente al bloque de la derecha, es aquello de "es que la gente de izquierdas somos muy críticos y discrepamos entre nosotros, en la derecha van todos a una". Supuestamente, el espíritu crítico de la izquierda explicaría la pluralidad de nuestro espacio ideológico; una superioridad moral que, sin embargo, según a veces explicamos, puede derivar en algún que otro traspiés electoral. Esto es lo que, a menudo, nos contamos a nosotros mismos. Eso y que en la derecha hay pensamiento único, que son menos dados a pensar, debatir y discrepar y que por eso ellos ni se pelean, ni se fragmentan ni se escinden. ¿Cuánto tiene de verdad este amable relato sobre nosotros mismos?

Dejando por un momento de lado a la derecha, que además no está ahora unificada sino electoralmente dividida, la pregunta es qué tal está eso de la diversidad, el disenso y el debate dentro de la propia izquierda. Y para cualquiera que observe el clima de las redes sociales, la cosa no pinta precisamente bien. Es cierto que Twitter es una pequeña burbuja dentro del mundo real pero también es cierto que precisamente la ciudadanía politizada de izquierdas es la que suele informarse y "debatir" ahí. A pesar de que las redes sociales han desplazado a otros medios y formatos y son en nuestro presente una herramienta fundamental de intercambio de opiniones, lo cierto es que muchas de las actitudes que se han generalizado en esos espacios me parecen incompatibles con cualquier forma de discusión o de algo a lo que pudiéramos llamar deliberación en común. No son solo los ataques de los trols del PP o Vox, sino los insultos y las faltas de respeto que hay entre la gente que comparte las mismas luchas y defiende juntas muchas ideas. ¿Por qué si estamos de acuerdo con alguien en el 90% de las cosas sentimos la necesidad de señalarle y condenarle por el 10% en el que disentimos? Soledad Gallego planteó esta pregunta en unas jornadas feministas y creo que daba en el clavo con ello.

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Mi hijo es mío y su libertad también

La politóloga y filósofa feminista Wendy Brown decía recientemente en una entrevista que una de las mayores debilidades de la izquierda en la actualidad es haberle cedido la libertad a la derecha. Brown sostiene que las derechas han patrimonializado el significante libertad y, así, han podido abanderar la libertad de expresión o la libertad religiosa para combatir las políticas de igualdad e inclusión. Estos días vemos este mismo fenómeno en relación a la polémica acerca del pin parental que Vox, Partido Popular y Ciudadanos han sacado adelante en Murcia.

La introducción del pin parental supone poner en jaque la escuela pública y estigmatizar la entrada en los centros escolares de la diversidad sexual y tenemos muchos motivos para defender ambas cosas. La educación pública fue en su momento una conquista obrera y los señoritos siempre supieron muy bien que si algo combatía sus privilegios heredados e impedía la reproducción de las desigualdades de clase era el acceso universal a la educación. Estas estrategias de la ultraderecha vierten sospechas sobre la educación pública, tratan de dibujarla como un espacio inseguro y pretenden que estalle dentro de ella la polarización y el conflicto.

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Defender la democracia

La investidura de Sánchez ha puesto de manifiesto hasta qué punto la derecha entiende las instituciones públicas como su propio patrimonio. Tras décadas de gobiernos que han profundizado la identificación del Partido Popular con el Estado y un precario periodo de ingobernabilidad, se acaba de confirmar que el ejecutivo de Sánchez ya no es interino y que las derechas pierden definitivamente el acceso a unas instituciones que viven como propias. De todas las imágenes que nos dejó el reciente debate de investidura, el gesto de Suárez Illana dando la espalda a Bildu es una especialmente significativa: demuestra la falta de cultura democrática de unas derechas furiosas que no soportan perder y que están ahora mismo por detrás del espíritu de diálogo y respeto democrático de las derechas de la transición. Estas derechas radicalizadas y enfurecidas que vimos en la investidura, capaces de llamar golpe de Estado a un procedimiento democrático, capaces de abanderar las injerencias de la Junta Electoral y capaces de amenazar a un Gobierno legítimo con el uso de todos los medios posibles contra él, ponen sobre la mesa un hecho preocupante. En España tenemos una derecha preliberal.

El fracaso de Ciudadanos es una constatación de lo mismo. La decisión de ser la muleta del Partido Popular sin exigencias ni líneas rojas fue una mala decisión y la de no abanderar una alianza democrática frente a Vox como sí han hecho sus socios europeos, una decisión aún peor. No sabemos si habrá una refundación o si Arrimadas será capaz de reinventar la razón de ser de su partido, pero ahora mismo Ciudadanos no tiene ninguna entidad y se ha sumido en la total irrelevancia política al estar tan a expensas de la ultraderecha como lo puede estar el Partido Popular.

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El miedo a las batas rosas o cómo educar contra la libertad

Hace unos días leímos la noticia de que una madre había denunciado en una comisaría a una profesora por ponerle a su hijo una bata rosa. Lo consideraba "un delito de trato degradante" y la Policía había llegado a tomarle declaración a la profesora como investigada. La educadora se defendió diciendo que la bata era verde y que se la habían puesto al alumno cuando ya llevaba tres días sin traer su propia bata. ¿Y qué si era rosa? ¿Y qué si se la pusieran todos los días? Lo primero que viene a la mente, sobre todo a quienes somos profesores, es cómo proteger a educadores de padres reaccionarios que creen que están protegiendo a sus hijos del peligrosísimo color rosa, pero la verdadera cuestión política de fondo es cómo proteger a esos hijos e hijas de padres así. ¿Tienen los padres derecho a educar a sus hijos en la homofobia y el sexismo?

A punto de acabar 2019 y haciendo un balance de los retrocesos más significativos que ha implicado la llegada de la ultraderecha a nuestras instituciones, podríamos decir que esta es una de las cuestiones sensibles. En las cenas de Nochevieja de dentro de dos días es probable que entre los revivals que Vox ha vuelto a hacer actuales esté –aparte de las famosas denuncias falsas o el porqué de las leyes de violencia machista– el derecho de los padres a educar a sus hijos. En nombre de ese derecho, la formación de Abascal ha pedido, tanto en Andalucía como en Madrid, el listado de los colectivos y activistas LGTBI que durante años han impartido charlas de diversidad sexual y de género en los centros públicos y concertados. Es gravísimo que se pida a las instituciones poner en marcha una cacería de acoso a quienes han suplido las carencias de nuestro propio sistema educativo, pero si es posible denunciar a una profesora por usar una bata rosa, es que ya casi todo es posible.

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¿Qué feminismo (contra la ultraderecha)?

Muchas feministas hemos tenido que lidiar durante años con compañeros de partido a los que había que convencer de que el feminismo no era un bello florero para sus partidos, sino una apuesta estratégica clave. Llevamos tiempo defendiendo que el feminismo es un proyecto político para el 99%. Es decir, que no es un lobby para defender los intereses de una parte –las mujeres– frente a los intereses de la otra mitad –los hombres– sino una apuesta enormemente transformadora que puede construir una sociedad mejor para todos. Hemos defendido, ante los nostálgicos del obrerismo, que el feminismo no es un proyecto político que haya abandonado las desigualdades de clase y que la politización de los cuidados es una manera especialmente eficaz hoy en día para revelar los estragos del neoliberalismo. Algunas feministas llevamos incluso unos años diciendo que el muro de contención frente a las ultraderechas y sus recetas reaccionarias es el feminismo. Esto quiere decir que el feminismo debe –porque puede– hacerse cargo del conjunto de derechos y libertades que están en juego en esta encrucijada, que está en condiciones de mirar la foto global de todo lo que está en peligro. Y la posibilidad de que el feminismo demuestre hoy que tiene un proyecto político coherente y alternativo a esos peligrosos populismos se juega en su manera de abordar algunas cuestiones políticas especialmente significativas.

En primer lugar, la ultraderecha siempre ha defendido el recorte de nuestros derechos políticos y nuestras libertades públicas y por eso es clave que las feministas seamos ejemplo de pluralidad y disensos tranquilos, que demostremos, frente a sus vociferantes gritos, que podemos debatir y discrepar con respeto. Tenemos la tarea de poner un cortafuegos a sus intentos de censura y a su "judicialización de la política". Pedir a los medios la retirada de artículos o tratar de prohibirlos a través de denuncias por delitos de odio está cada día más a la orden del día, pero son recetas envenenadas. Porque estrechar el campo de lo publicable y lo debatible siempre acaba volviéndose contra los más vulnerables.

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Del alivio de un gobierno progresista a la reconstrucción del espacio del cambio

Durante los últimos años, la política española se ha caracterizado por la incertidumbre y la novedad histórica, pero nos hemos encontrado desde 2015 con un dilema constante para el PSOE. Éste ha tenido que elegir entre llegar a alguna clase de entendimiento con el PP y/o Cs para apuntalar el viejo bipartidismo, o pactar con UP y buscar el apoyo de una mayoría parlamentaria plurinacional. Esa tensión, que ha recorrido al conjunto del régimen, es fundamental para comprender la sucesión aparentemente caótica de acontecimientos y la camaleónica figura de Pedro Sánchez. Solo unas élites cerradas en banda ante la posibilidad de que UP llegase al Gobierno, posibilitaron que Sánchez pasase de ser defensor de la experiencia portuguesa al pacto del abrazo con Cs. Solo esa obsesión, que justificó la expulsión de Sánchez de Ferraz, le permitió volver de la mano del malestar impugnatorio de sus bases. De hecho, la imposibilidad de la alianza progresista y plurinacional tras el verano de 2016, permitió el raquítico triunfo de Rajoy, que duró tanto como aquella alternativa tardó en articularse en la moción de censura. Del mismo modo, la última repetición electoral fue un fracaso de Sánchez en su intento de superar plebiscitariamente esta tensión, un fracaso que ha acabado en el pacto con UP.

Por su parte, Podemos estableció desde su nacimiento que llegar al Gobierno del Estado era un medio para transformar un régimen del 78 en profunda crisis. En un comienzo, al calor del ascenso demoscópico, aquella entrada se imaginaba pletórica. El reto era llegar sin ocupar posiciones subalternas, pero tras comprobar la resistencia social del PSOE y el éxito de la maquinaria política y mediática que trabajaba en su contra, vino el golpe de realidad. Y vinieron los errores, las pulsiones identitarias al interior de los aparatos del bloque del cambio y la constitución de una cultura política de resistencia –muy vieja ya, por otra parte– ante un nuevo mundo hostil.

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¿Son culpables las mujeres por no denunciar?

El proceso judicial más mediático de los últimos tiempos en nuestro país, el juicio a la Manada, ha venido acompañado por masivas manifestaciones feministas en nuestra calles porque ha vuelto a demostrar que poner una denuncia puede ser la vía de entrada en un proceso en el que las víctimas pueden ser juzgadas y cuestionadas y en el que las mujeres pueden sentirse solas y desamparadas. Si han hecho falta miles de voces diciendo "yo sí te creo" es porque la justicia, una institución en la que es necesario que puedan confiar justamente los y las más vulnerables, muy a menudo está por detrás de las demandas de igualdad de nuestra sociedad. A pocos días del fallo del Tribunal Supremo, conocemos el informe del observatorio contra la violencia de género del Poder Judicial y muchos de los medios que se hacen eco de los datos llaman la atención sobre uno: de las mil mujeres asesinadas por violencia machista desde 2003 la mayoría, hasta un ochenta por ciento, no había puesto una denuncia.

A pesar de que parece que gran parte de la opinión pública comprendió el malestar que un caso como el de la Manada generaba para las mujeres, a pesar de que parte de nuestra sociedad entendió que, si la justicia desconfía de las mujeres, las mujeres están abocadas a no poder confiar en la justicia, la lectura de la falta de denuncias viene seguida de un automático mensaje dirigido hacia las mujeres, un mensaje que hace descansar en ellas la solución. "El silencio de la víctima es un factor de riesgo para la vida de las mujeres", "el Poder Judicial hace un llamamiento a las mujeres para que denuncien" porque esta es "la única llave que abre la puerta de la esperanza". Mientras la presidenta del observatorio afirma que las mujeres "tienen que saber que hay muchísimas personas que están ahí para que puedan salir de ese círculo de la violencia", Susana Griso manda este mismo mensaje en la campaña de Antena 3: "la denuncia te ayuda a escapar de tu maltratador".

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En defensa de las mujeres malas y las lideresas inesperadas: 'Juego de Tronos' y feminismo

Juego de Tronos ha terminado, y lo ha hecho con polémica (feminista), como polémicas han sido algunas de sus aportaciones durante todos estos años a la hora de tratar cuestiones políticas de primer orden. Más allá del final concreto de la serie y de las conclusiones que de él se puedan sacar -el triunfo de la reforma del régimen político de Poniente, y la transición hacia una monarquía electiva, frente a la revolución-, y más allá de la presencia de elementos en las últimas temporadas que hacían de la serie algo menos "política", Juego de Tronos ha sido casi un manual de instrucciones sobre el poder, que ha mostrado de manera maravillosa esos grises en los que se mueve la política. En las últimas temporadas ha ido ganando espacio la amenaza mágica civilizatoria de los Caminantes Blancos e introducir el elemento sobrenatural ayuda a suspender el juego de la política "puramente" humano. Así mismo, el espectáculo bélico ha cobrado protagonismo en detrimento de un mejor desarrollo de la vida interna de los personajes. Aun con eso la serie ha mantenido constante una mirada cruda y realista, desnuda, sobre la política o, mejor dicho, sobre lo político, situando el conflicto y el juego de poder como piedra de toque de todo pretendido orden social. 

Juego de Tronos ha sabido hablarnos del poder y de sus diferentes facetas, como la coacción y la fuerza. "El poder es poder" le dice Cersei rodeada de sus guardias a Petyr Baelish, ante sus amenazas veladas de destapar la relación incestuosa que mantiene con su hermano. Y es que "el poder es poder" gana a "la información es poder", por mucho que les pese a quienes se ven forzados a hacer política de manera subrepticia. ¿Pero no es acaso eso una invitación a utilizar todas las posibilidades a nuestro alcance, aunque sean algo "heréticas", para compensar las desigualdades de las que partimos? 

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Más feminismo, más futuro

Decía Bertolt Brecht que de la ignorancia política, del analfabeto político, nace el menor abandonado, el asaltante y el peor de los bandidos, que es el político corrupto y el lacayo de las empresas multinacionales. Un día después de vivir una de las fechas más significativas del panorama social y político contemporáneo, este 8 de marzo de 2018, podemos afirmar sin dudas que de la ignorancia política nace la desigualdad, la brecha salarial, los techos de cristal, el acoso sexual y por supuesto, la falta de medios para combatir todos ellos.

El feminismo no es solamente una cuestión de justicia hacia las mujeres, sino una manera de pensar cómo queremos vivir todos, cómo construir una sociedad más sostenible y con más futuro por delante. Tratar la discriminación salarial, la brecha de las pensiones o la desatención de nuestros mayores y dependientes como un acontecimiento natural en el que "no hay que meterse" es, simplemente, dejar de invertir en el mañana e hipotecar el futuro de nuestra sociedad. Decían algunas portavoces de Ciudadanos que este 8 de marzo "escondía cuestiones ideológicas" y que ellas, que son feministas pero no comunistas, no iban a ir a la huelga por eso. Nosotras, ante todo, damos la bienvenida al feminismo a todas las mujeres que hace años lo denostaban o ponían en duda la gravedad penal de la violencia machista. Nada tiene más sentido que el hecho de que las mujeres, todas las mujeres, vengan de donde vengan, se sumen a defender sus derechos, porque el feminismo es inclusivo, cómplice y transversal. Pero les recordamos a esas mujeres políticas que siguen yendo varios pasos por detrás, que lo que este 8 de marzo pedimos millones de mujeres, parando durante el día y desbordando las calles de las ciudades horas después, no es ideología, es sentido común, es democracia, pero sobre todo, es futuro.

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Solas

Este año estamos en el setenta aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un texto que reconoce el derecho de todos los hombres y mujeres a tener una familia. Si miramos a nuestro país y nos preguntamos cómo de garantizado está ese derecho en España, el panorama es desolador. Al trasfondo ideológico que subyace a las políticas familiares llevadas a cabo durante décadas por el partido que nos gobierna hay que sumar lo que el Partido Popular ha hecho contra las familias en nombre de la austeridad.

La crisis ha llevado a una verdadera situación de desatención de nuestros mayores y de las personas dependientes, abocados los primeros al cuidado insuficiente que reciben en unas residencias precarias gestionadas privadamente y desatendidos los segundos por la inexistencia de una ley de dependencia dotada de recursos reales. Muchos de nuestros jóvenes han abandonado forzosamente su país y sus familias y, los que buscan su futuro aquí, se enfrentan a un mercado laboral basura que no ofrece oportunidades para la generación más preparada de la historia. ¿Puede la mayoría de las personas de treinta años decidirse hoy a tener hijos y formar una familia? La sensación generalizada es el miedo, la incertidumbre y la falta de garantías para unos jóvenes que nacimos en un estado de bienestar pero que hoy día solo tiene ante sí riesgo y ausencia de certezas.

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