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Gabriela Wiener

Gabriela Wiener es escritora, poeta y periodista. Ha publicado los libros Sexografías, Nueve Lunas, Llamada perdida, Dicen de mí  y el libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Sus textos han aparecido en antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, portugués, francés e italiano. Sus primeras crónicas se publicaron en la revista Etiqueta Negra. Fue redactora jefe de la revista Marie Claire en España. Escribe para La República, El Salto, El País y el New York Times en español, entre otros. Es parte del colectivo autogestionado Vaciador 34.

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Javier sin Marías

En estos días en que Javier se volvió una vez más trending topic  atacando al movimiento de mujeres y a la vez se autodenominó feminista, me pregunté quién le hacía la cena. ¿Se hará la tortilla? No es algo que haya trascendido demasiado. Lo que sabemos, lo que se dice, con rimbombancia, es que tiene influyentes amigos con los que camina por las calles de Madrid cual flâneurs atentos al avistamiento de un buen ejemplar de hembra humana; amigos que consideran, como Pérez Reverte, que Javier es un auténtico valiente por meterse con las feministas. Nada nuevo entre amigotes de la literatura, que se comen las chistorras no como si estuvieran en el bar de Lucio sino como si el mundo entero fuera el bar de Lucio.

Ya sabemos que Javier y Arturo son unos nostálgicos empedernidos, que viven en reinos de fantasía en los que son reyes o caballeros galantes, maestros de esgrima y, en sus mayores delirios, hasta feministas. En esos reinos las mujeres son “de bandera”, idealizados seres con faldas largas y tacones “como las de antes” –no confundir con esas “focas”, “vulgares”, de “pantalón pirata” y “camiseta sudada”, a las que Arturito abatiría “de un escopetazo”, o aquellas falsas víctimas del #MeToo que, nos descubre Javier, son en realidad “envidiosas, despechadas, malvadas y misándricas”–, pero difícilmente ostentan un título nobiliario o literario. Recordemos que Javier creó, juguetón él, el reino de Redonda, una nación ficticia de la que él es el monarca y que ha ortorgado hasta 45 ducados ficticios. Solo dos de ellos se los concedió a mujeres, más o menos como la Real Academia Española, los Premios nacionales de literatura y las listas del Babelia, en las que sus novelas siempre son las mejores del año. O su propia editorial Reino de Redonda, en la que también las escritoras brillan, en general, por su ausencia.

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Mi Toisón de oro

Yo vine a un mundo en el que ya no estaba Franco. Nací el 24 de noviembre de 1975. Fue mi padre quien me dio la noticia: “Gabriela, tú naciste el mismo año en que murió Francisco Franco”. ¿De qué demonios hablaba mi papá? ¿Qué importancia podía tener eso para una niña nacida en Lima, Perú, que no sabía ni dónde estaba la península ibérica? Ni siquiera tenía unos abuelos españoles que hubieran huido de la guerra, pero mis padres sí eran unos tremendos comunistas de los 70 que cantaban himnos republicanos de un país que no habían pisado en su vida. Había una estantería en mi casa llena de libros sobre La República y los antifascistas, todos forrados para guardar las apariencias, porque en esa época te podían encerrar por un libro, como ahora. Yo estaba en la panza de mi madre cuando a mi padre lo metió preso la dictadura de Velasco, que oh paradojas, era llamado gobierno revolucionario de las fuerzas armadas, el de la reforma agraria, pero reformista al fin, demasiado poco para esos jóvenes comunistas que al general le gustaba meter a la cárcel.

El fanatismo por “España” lo había heredado mi padre de mi abuelo Carlos –un empleado de la Compañía Peruana de teléfonos, cuando esa compañía todavía era peruana y no existía la transnacional Telefónica ni Movistar–, que no era ni de izquierdas, pero sí un antifraquista visceral, amante de la historia y los crucigramas. Las guerras mundiales eran un temazo en las comidas familiares, y mi padre y mi tío Hugo –que luego se harían trotskistas– pensaban como mi abuelo que la Guerra Mundial se había decidido gracias a la vergonzosa política de los países europeos con la guerra española. Antes de que yo naciera, mi papá, mi mamá y mis tíos iban al cineclub a ver Morir en Madrid y salían cantando: “que caiga Franco, que caiga Franco”. Y eso que allí teníamos nuestros propios problemas, nuestros propios francos. Pero en esa época había algo llamado internacionalismo y algo llamado miedo. Yo un par de veces le presté mi cama de niña a un chileno exiliado. Por eso no puedo ver a un militar sin que me duela algo.

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Con Dios y con el diablo

Si yo fuera un poco como Juan José Millás podría escribir sobre esta foto. Podría decir que los vientos no corren a favor del Papa. O que corren a favor de su ceguera. Hablar de todo lo que no quiso ver Bergoglio mientras le besaban las manos unos niños peruanos. O de la sombra de cuernos satánicos que proyecta en la pared el soldadito de plomo de atrás y con la que conversa el Presidente del Perú, tan en las nubes, dando la espalda a la realidad, porque la aureola se ha convertido en capirote, la sonrisa en máscara y él mismo en su propio espectro.

Esta es la foto: El Papa acusado de encubrir pederastas se encuentra con el Presidente que acaba de indultar a Fujimori, un exdictador condenado por crímenes contra los derechos humanos. Ambos pasan por un bajón de popularidad. El primero no llenó las misas en Chile. El segundo tiene 20 por ciento de aprobación en las encuestas. No hablan de ello, pero se sirven mutuamente para llenar algunas plazas, algunas iglesias con palabras rimbombantes, como reconciliación o paz. Se lavan la cara juntos, maquillan el crimen, la desgracia, la pobreza. Pero también el paisaje de la indolencia para que no pueda verse desde el Papamovil: en el barrio que lleva el nombre de la ciudad donde nació Bergoglio, Buenos Aires, al norte del país, en Trujillo –una zona golpeada por las lluvias y desbordes y que en un año sigue igual de abandonada por el Estado–, solo se ha asfaltado la vía por la que va a arrastrar su sotana. Todo lo demás se ha cubierto con láminas de madera y plástico,  para esconder lo destrozado y mísero que está.

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Han venido las reinas

Es noche de trivial feminista en casa. Nos lo regalamos por reyes y resulta que en lugar de los típicos “quesitos” hay que ganar reinas –aunque le joda a la Cope– pero reinas del feminismo: Angela Davis, la reina de la calle;  Frida Khalo, la de la cultura; Simone de Beauvoir, la de la academia; Valentina Tereshkova, la de la historia; Judit Butler, la de los cuerpos y Olympe de Gouges, la de los derechos. No sé si ganar en el trivial feminista te hace más feminista o te da derecho al carnet vitalicio pero espero que no, porque mi cultura no solo es patriarcal, también es limitada, y encima digo esto porque soy mujer y como mujer la sociedad machista me ha enseñado a mostrarme insegura en todo lo que hago y digo. Con ese espíritu perdedor empiezo a jugar. En realidad, parafreaseando y distorsionando a una de nuestras reinas de corazones, no se nace feminista, llega una a serlo. Así que no se trata de todo lo que conocemos, sino de todo lo que estamos dispuestas a conocer. Si recordamos esto, ganaremos.

Hasta para tirar los dados hay que revisarnos. Por ejemplo, las ansias de conseguir ese full de reinonas, sobre todo a las racializadas, ha despertado mi lado más competitivo, que en realidad nunca estuvo dormido. De hecho, mi compañera me lo recuerda cuando no quiero aceptar que no hayamos conseguido la tarjeta de Simone por no acertar una pregunta que no era difícil: "Siempre quieres ganar a toda costa, Gabriela", me dice delante de todas. No sé cómo lo sabe. ¿Se me nota? En fin, yo encajo bien la crítica feminista pero también le recuerdo que somos del mismo equipo, como se lo vengo diciendo a todas las feministas últimamente. ¿Podemos resolverlo internamente antes de soltarlo en Twitter? La verdad es que siempre he querido ganar en las discusiones y en los juegos de mesa, es una patología, y más joven, cuando podía mentirme a mí misma sin mayor descalabro, hice trampa a mansalva, escondiendo cartas o tirando el dado fraudulentamente. ¿Se puede hacer trampa en un juego feminista? Claro que no, en el Monopoly, sí –tengo una amiga que okupaba casas y hoteles cuando jugaba con mi hija–, pero se da por entendido que alrededor de este tablero las jugadoras debemos estar a la altura de nuestros valores feministas. ¿De qué sirve saber en qué año aprobó el Parlamento Británico la ley de igualdad salarial entre hombres y mujeres si luego no sabes perder al lado de una amiga? Si se nos graba esto, ganaremos.

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En libertad el dictador que se cebó contra las mujeres del Perú

El hombre que convirtió a cientos de miles de campesinas pobres en víctimas de esterilizaciones forzadas está libre. Está fuera de la cárcel el jefe que accionó ese aberrante mecanismo de control demográfico diseñado décadas antes por el primer mundo para el tercero y para ser aplicado como política de Estado por gobiernos afines al FMI y al Banco Mundial, violentando los cuerpos de las mujeres. Está en la calle quien dio la orden de despojar a tantas de su derecho fundamental, tratándolas como si fueran cifras en una estadística, dejando atrás heridas abiertas, tierras baldías, territorios yermos. El que mandó a torturar a su esposa. El que dejó sin justicia a miles de víctimas de violación. El que hizo secuestrar y maltratar a sus propias agentes de inteligencia. El cabecilla de una banda que mandaba sobres bombas a mujeres periodistas y dejaba dinamita en la puerta de las casas de activistas feministas. El que desconoció el dolor de las madres que buscaban a sus hijos muertos. 

Alberto Fujimori está libre. El actual presidente del Perú, Pedro Pablo Kuczynski (PPK), acaba de soltarlo, en lo que ha sido a todas luces un canje político disfrazado de indulto humanitario. Días atrás, la revelación de los vínculos entre una empresa propiedad de PPK y la empresa constructora y corrupta Oderbrecht, durante la época en que el primero era ministro de economía, lo puso al filo de la vacancia presidencial por incapacidad moral, pero a última hora el Congreso, mayoritariamente fujimorista, decidió la votación a favor de la permanencia del presidente. Lo que pocos sabían es que PPK se quedaba porque había negociado con ellos debajo de la mesa la libertad y el perdón del reo más famoso del Perú. 

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Sigamos fastidiando

Como una felicitación siniestra para estas pascuas, leo en la página de Economía de El País: “Los trabajadores no tienen derecho a fastidiarte las Navidades”. El titular habla de la sentencia del juzgado número 10 de lo social de Madrid, que suspende de forma cautelar la huelga convocada por los trabajadores que ofrecen servicio de seguridad en el aeropuerto de Barajas. Una afirmación que cogida al vuelo y leída sin ironía pone en duda, como quien no quiere la cosa, un derecho inalienable y revela exactamente lo que tiene en mente gran parte de la patronal de este país: que no hay mejor manera de evitarse un fastidio que negando a los trabajadores su derecho a la protesta.

Pero aquí se protesta. Y mucho. En las fotos que ayer compartieron en Twitter Las Kellys, el sindicato de limpiadoras de hoteles, hay una habitación hasta arriba de mierda donde parece que hubieran estado de juerga juntos Weinstein y Strauss-Kahn en versión española. “¡Felix explotación en Noche Buena!”, escriben recordándonos que el problema no es lo desaseada que esté la habitación sino la sobrecarga y el poco tiempo que los empleadores les dejan para limpiarla, diez minutillos de nada para completar cada una de las 20 que tienen que limpiar al día. En su mensaje prometen liarla con huelgas en Semana Santa.

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Hola puta

Hace muchos años contraté a una puta. Lo hice con mi marido pero en realidad yo era la más interesada –él tenía sus remilgos– porque me moría de ganas de tener sexo con una mujer in media res y tenía dinero, que ganaba como periodista –ahora con mi sueldo de periodista no podría permitírmelo–. En fin, era un servicio a domicilio. Llamamos por teléfono y vino a casa. En esa época y en ese país donde vivíamos no abundaban las prostitutas que atendieran a hombres y mujeres, ni a parejas, pero al final la encontramos. Aquella vez fue muy lindo. Recuerdo que nos reímos mucho con esa chica, que intercambiamos nuestra ropa sexy como jugando a ser la otra. Volvimos a llamar una vez más, aunque ya no hubo tanto feeling.

La última campaña española contra la prostitución #HolaPutero, me interpeló, porque –aun guardando las distancias entre mi corta experiencia de putera y la de un consumidor habitual de sexo con prostitutas–, me ponía automáticamente en la categoría de alguien que, según el vídeo, había contribuido con su granito de arena a la desigualdad de género en el mundo, “comprando mujeres, comprando esclavitud”.

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Su abuelita y yo

Me había hablado mucho de su abuelita. Del chalet ese de su infancia que vendieron después de la muerte del abuelo. Del barrio burgués aquél de Madrid donde toda la gente es igual. De cómo esa mujer había hecho para criar a una familia numerosa, a hijos y nietos con la misma dedicación y cariño. De su elegancia y distinción. Y, por supuesto, del escudo franquista en su salón junto a la virgen. Bromeábamos mucho sobre cómo sería ese encuentro, ese choque de mundos el día que conociera a su abuela.

Ya estaba bastante mayor, así que ni siquiera íbamos a dar más explicaciones sobre nosotras, si acaso las justas. Ese día era su fiesta de cumpleaños y estábamos en la casa de uno de sus tíos, había una paella en el horno y niños jugando por todos lados. Pensé llegar a su abuela como se llega a un país que no es el tuyo, saludando e intentando pasar desapercibida. Pensé que se podía. A veces olvido que aquí no puedo camuflarme con el fondo, pero lo procuro. La situación me imponía un poco con todos sus tíos bebiendo cerveza y coreando el himno de su equipo. Sentadas en el patio alrededor de una mesa, un puñado de mujeres acompañábamos a la matriarca entrañable. Ya nos habían presentado, el día festivo transcurría alegremente y yo con él.

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Por escrito gallina una

Cortázar tiene un relato que de niños nos mandaban reordenar en el colegio. Se llama "Por escrito gallina una" y es uno de esos textos juguetones del escritor, que desestructura adrede en una locura gramatical para que juguemos a leer como saltando la rayuela. Empieza así: "Con lo que pasa es nosotras exaltante. Rápidamente del posesionado mundo hemos nos, hurra". Y termina así: "no importa: de será gallinas cosmos él, carajo, qué".

Una de las obras del director teatral peruano Guillermo Castrillón, Escrito por una gallina , toma ese texto como excusa para contar una especie de ritual de liberación y sanación en torno a lo femenino, valiéndose de elementos domésticos (hay una mesa, platos y comida, un vestido de novia) y el vía crucis del cuerpo de una actriz que se entrega como una gallina al sacrificio para dar vida y alimento. El director interviene en la obra como una especie de demiurgo, chef o titiritero, introduciéndose varias veces en el escenario e interactuando con la actriz, cogiéndola del cuello, poniéndole una venda en los ojos, zamaqueándola y echándole agua en la cabeza. Él es el hombre, su papel es el de castigador pero también el de protector: la seca, la viste, la somete a castigos, la cuida y la redime. La crítica teatral consideró a esta obra sublime en su retrato de las violencias que recibe el cuerpo femenino y en el relato de la lucha que emprende una mujer para su empoderamiento.

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Cariátides, zapatistas y señoras

“¿Y usted… qué país quiere?” era la pregunta en un meme que estuvo circulando ayer y en el que se podía escoger entre dos opciones de país, el de Anna Gabriel; y el de Inés Arrimadas. El meme machista mostraba dos cuerpos de mujer que servían para plantear un falso dilema basado en estereotipos sexistas y en indescrifrables delirios que van del juicio moral al estético para imaginar una nación catalana posible. O sea, más de lo mismo. Una raya más al tigre del acoso a las mujeres políticas que llevan denunciando las feministas en Catalunya casi desde el inicio del Procés y que tuvo su momento culminante cuando Gabriel, arropada por el resto de militantes de la CUP, se acercó a un micrófono y dijo: “Soy Anna Gabriel, puta, traidora, amargada y malfollada… por querer unos Pa ïsos Catalans libres y feministas…”, apropiándose de los insultos para convertirlos en materia empoderante. Y aún los medios machistas perpetraron un nuevo giro, citando la frase de Gabriel sin contexto para que quedara como una autodefinición sin más y sin olvidar la alusión a la camiseta zapatista. Una vez hecha la DUI, se ha vuelto a cuestionar en redes su sonrisa triunfal desde el balcón (“¿De qué se ríe, de que ha destruido España?”), como cuando fue captada semanas antes sonriente al lado de la policía que ya se preparaba para la represión del 1-O. Su sonrisa es siempre el símbolo de algo, es sarcástica, es burlona, es brujeril. Y es sospechosa, como la sonrisa que se le pilló a Colau en las exequias por el atentado en Barcelona. Sonrisa, rictus o flequillo, la mujer que hace política es desmembrada en el discurso y fetichizada. Solo se puede reír cuando ellos lo dicen.

Al otro extremo, la imagen de Arrimadas sigue siendo para los medios y la opinión pública un criterio de valoración para medir sus méritos políticos. Ya se lo diga el tertuliano de turno –“es físicamente atractiva como hembra joven pero políticamente inconsistente”– o un periodista estrella de El País de referencias cultas –ella es la “cariátide”, la columna esculpida con forma de mujer que sostiene el templo, “contrafigura de porcelana”, descendiente del linaje de Audrey Hepburn”, “la delfín de Albert Rivera”. Y, aunque parezca increíble, esos epítetos, después del 155 y el anuncio de elecciones, fueron su manera de celebrarla, de tomarla en serio, Oh my god. Decide entre la piojosa y la musa griega.

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