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Gabriela Wiener

Gabriela Wiener es escritora, poeta y periodista. Ha publicado los libros Sexografías, Nueve Lunas, Llamada perdida, Dicen de mí  y el libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Sus textos han aparecido en antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, portugués, francés e italiano. Sus primeras crónicas se publicaron en la revista Etiqueta Negra. Fue redactora jefe de la revista Marie Claire en España. Escribe para La República, El Salto, El País y el New York Times en español, entre otros. Es parte del colectivo autogestionado Vaciador 34.

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Hola puta

Hace muchos años contraté a una puta. Lo hice con mi marido pero en realidad yo era la más interesada –él tenía sus remilgos– porque me moría de ganas de tener sexo con una mujer in media res y tenía dinero, que ganaba como periodista –ahora con mi sueldo de periodista no podría permitírmelo–. En fin, era un servicio a domicilio. Llamamos por teléfono y vino a casa. En esa época y en ese país donde vivíamos no abundaban las prostitutas que atendieran a hombres y mujeres, ni a parejas, pero al final la encontramos. Aquella vez fue muy lindo. Recuerdo que nos reímos mucho con esa chica, que intercambiamos nuestra ropa sexy como jugando a ser la otra. Volvimos a llamar una vez más, aunque ya no hubo tanto feeling.

La última campaña española contra la prostitución #HolaPutero, me interpeló, porque –aun guardando las distancias entre mi corta experiencia de putera y la de un consumidor habitual de sexo con prostitutas–, me ponía automáticamente en la categoría de alguien que, según el vídeo, había contribuido con su granito de arena a la desigualdad de género en el mundo, “comprando mujeres, comprando esclavitud”.

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Su abuelita y yo

Me había hablado mucho de su abuelita. Del chalet ese de su infancia que vendieron después de la muerte del abuelo. Del barrio burgués aquél de Madrid donde toda la gente es igual. De cómo esa mujer había hecho para criar a una familia numerosa, a hijos y nietos con la misma dedicación y cariño. De su elegancia y distinción. Y, por supuesto, del escudo franquista en su salón junto a la virgen. Bromeábamos mucho sobre cómo sería ese encuentro, ese choque de mundos el día que conociera a su abuela.

Ya estaba bastante mayor, así que ni siquiera íbamos a dar más explicaciones sobre nosotras, si acaso las justas. Ese día era su fiesta de cumpleaños y estábamos en la casa de uno de sus tíos, había una paella en el horno y niños jugando por todos lados. Pensé llegar a su abuela como se llega a un país que no es el tuyo, saludando e intentando pasar desapercibida. Pensé que se podía. A veces olvido que aquí no puedo camuflarme con el fondo, pero lo procuro. La situación me imponía un poco con todos sus tíos bebiendo cerveza y coreando el himno de su equipo. Sentadas en el patio alrededor de una mesa, un puñado de mujeres acompañábamos a la matriarca entrañable. Ya nos habían presentado, el día festivo transcurría alegremente y yo con él.

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Por escrito gallina una

Cortázar tiene un relato que de niños nos mandaban reordenar en el colegio. Se llama "Por escrito gallina una" y es uno de esos textos juguetones del escritor, que desestructura adrede en una locura gramatical para que juguemos a leer como saltando la rayuela. Empieza así: "Con lo que pasa es nosotras exaltante. Rápidamente del posesionado mundo hemos nos, hurra". Y termina así: "no importa: de será gallinas cosmos él, carajo, qué".

Una de las obras del director teatral peruano Guillermo Castrillón, Escrito por una gallina , toma ese texto como excusa para contar una especie de ritual de liberación y sanación en torno a lo femenino, valiéndose de elementos domésticos (hay una mesa, platos y comida, un vestido de novia) y el vía crucis del cuerpo de una actriz que se entrega como una gallina al sacrificio para dar vida y alimento. El director interviene en la obra como una especie de demiurgo, chef o titiritero, introduciéndose varias veces en el escenario e interactuando con la actriz, cogiéndola del cuello, poniéndole una venda en los ojos, zamaqueándola y echándole agua en la cabeza. Él es el hombre, su papel es el de castigador pero también el de protector: la seca, la viste, la somete a castigos, la cuida y la redime. La crítica teatral consideró a esta obra sublime en su retrato de las violencias que recibe el cuerpo femenino y en el relato de la lucha que emprende una mujer para su empoderamiento.

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Cariátides, zapatistas y señoras

“¿Y usted… qué país quiere?” era la pregunta en un meme que estuvo circulando ayer y en el que se podía escoger entre dos opciones de país, el de Anna Gabriel; y el de Inés Arrimadas. El meme machista mostraba dos cuerpos de mujer que servían para plantear un falso dilema basado en estereotipos sexistas y en indescrifrables delirios que van del juicio moral al estético para imaginar una nación catalana posible. O sea, más de lo mismo. Una raya más al tigre del acoso a las mujeres políticas que llevan denunciando las feministas en Catalunya casi desde el inicio del Procés y que tuvo su momento culminante cuando Gabriel, arropada por el resto de militantes de la CUP, se acercó a un micrófono y dijo: “Soy Anna Gabriel, puta, traidora, amargada y malfollada… por querer unos Pa ïsos Catalans libres y feministas…”, apropiándose de los insultos para convertirlos en materia empoderante. Y aún los medios machistas perpetraron un nuevo giro, citando la frase de Gabriel sin contexto para que quedara como una autodefinición sin más y sin olvidar la alusión a la camiseta zapatista. Una vez hecha la DUI, se ha vuelto a cuestionar en redes su sonrisa triunfal desde el balcón (“¿De qué se ríe, de que ha destruido España?”), como cuando fue captada semanas antes sonriente al lado de la policía que ya se preparaba para la represión del 1-O. Su sonrisa es siempre el símbolo de algo, es sarcástica, es burlona, es brujeril. Y es sospechosa, como la sonrisa que se le pilló a Colau en las exequias por el atentado en Barcelona. Sonrisa, rictus o flequillo, la mujer que hace política es desmembrada en el discurso y fetichizada. Solo se puede reír cuando ellos lo dicen.

Al otro extremo, la imagen de Arrimadas sigue siendo para los medios y la opinión pública un criterio de valoración para medir sus méritos políticos. Ya se lo diga el tertuliano de turno –“es físicamente atractiva como hembra joven pero políticamente inconsistente”– o un periodista estrella de El País de referencias cultas –ella es la “cariátide”, la columna esculpida con forma de mujer que sostiene el templo, “contrafigura de porcelana”, descendiente del linaje de Audrey Hepburn”, “la delfín de Albert Rivera”. Y, aunque parezca increíble, esos epítetos, después del 155 y el anuncio de elecciones, fueron su manera de celebrarla, de tomarla en serio, Oh my god. Decide entre la piojosa y la musa griega.

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En La Colonia Peruana no solo se sirve pollo

El restaurante que está al lado de mi casa en Madrid se llama La Colonia Peruana. Cada vez que, siguiendo la tradición patria, me como un pollo a la brasa con la mano, pienso que es una ironía cósmica. Es el tipo de sitio en el que recuerdo que el día que Felipe Borbón fue proclamado rey, todos los periódicos de Lima se convirtieron en el Hola. Se hablaba de un rey como se habla del Rey, porque está muy normalizado que los reyes de España nos importen más a los peruanos que cualquier otro monarca del universo. Cuentan que durante el virreinato, aunque el rey de España nunca pisó el Perú, se celebraban todos sus nacimientos, bodas y comuniones como si estuviera ahí. Por ejemplo, para la proclamación de Felipe IV en 1622 se construyó un altar sobre el que se colocó un retrato suyo de tamaño natural, alrededor del cual se montó un fiestón que duró meses. Pero son otros tiempos. Desde que los borbones se dan el trabajo de pisar las excolonias, Felipe VI es infaltable en cada toma de mando. Y si a algún gobierno populista se le ocurre cuestionar a Repsol se lía parda.

Cada año el tema de la celebración del 12 de octubre como fiesta nacional de España es un tema de candente debate. He leído que a algunos ya les parecen cansinos los reclamos por algo que pasó hace 500 años (sic), qué por qué sentirse culpables, que por qué sentirse víctimas. Pero ¿todo acabó, ya todo terminó, y quedan mil heridas en el alma?

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Homenaje a Catalunya

Cuando llegué a España en realidad llegué a Catalunya. No sabía casi nada del independentismo, ni del catalán hasta que un día le pedí a un profesor de mi mierda de master que si podía decir lo mismo pero en castellano, porque no lo había entendido, y me dijo que no. Cuando empecé a hacer mis pequeños descargos camuflados en gracietas: “porque cuando ustedes nos conquistaron, jeje…”, me contestaron que ellos no habían sido, que había sido España. Y les pedí disculpas.

Me han explicado de muy malas maneras la diferencia entre una mandarina y una clementina en español y en catalán. Ahora la sé perfectamente. Y es una enseñanza para toda la vida. Una vez, un señor impaciente porque terminara de usar un teléfono público me dijo en español muy clarito que me fuera a mi país. Y así para todo. Un día me fui de Barcelona pero me quedé en España. Solo en Madrid me han llamado “panchita” con cariño y sin cariño.

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