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Hibai Arbide Aza

Hibai Arbide es abogado. Actualmente trabaja de periodista en Atenas.

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Grecia: entre el desencanto y la resignación

Alexandro, Panagiotis y Katerina están nerviosos. Están a punto de ser padres y abuela, respectivamente. La sala de espera en la quinta planta del Aleksandra ofrece una perspectiva cargada de simbolismo: entre las ajadas paredes del hospital público más grande de Atenas, maltrechas tras años de recortes en el mantenimiento, asoma el hotel Hilton. Es el lugar donde la Troika (formada por la UE, el FMI y el BCE) recibe al Gobierno cada vez que hay que evaluar el memorándum. En Grecia el Gobierno no recibe a la Troika; la comisión negociadora de los acreedores se instala en el Hilton y son los ministros griegos de Economía o Finanzas los que se desplazan allí.

Los partos han ido bien. Las parejas de Aleksandro y Panagiotis y la hija de Katerina están a punto de ser trasladadas a planta. Los familiares deben elegir si quieren habitaciones con dos o con seis camas. Tras las cinco reformas sanitarias impuestas por la Troika desde 2010, las hospitalizaciones en los centros públicos no son gratuitas. Las habitaciones dobles cuestan 40 euros diarios. Las personas con menos recursos van a las habitaciones con seis camas, en donde el copago se limita a 10 euros por día.

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La revolución será feminista

El feminismo no es un movimiento social, es mucho más, es una sociedad que está moviéndose hacia el feminismo. En ese proceso, las fuerzas y lecturas que rechazan una sociedad igualitaria lanzan exabruptos y conatos propios del Medioevo; pero lejos de ser una muestra del retroceso de la sociedad hacia posturas aparentemente superadas, representan la reacción de los valores de una sociedad que se muere, pero que en su agonía, cual perro rabioso, se parapeta en la esquina lanzando mordiscos a la espera de ser derribado.

Las manifestaciones del 8 de marzo han sido masivas alrededor del mundo. En Madrid, ahí donde hace unos años se juntaban unas pocas miles de personas en una puesta en escena donde se identificaban con facilidad los bloques de partidos y colectivos políticos, en esta ocasión se han diluido entre un torbellino de iniciativas, pancartas caseras, cánticos cruzados y las calles aledañas a la manifestación tomadas por grupos de mujeres que vuelven a casa contentas y exhibiendo símbolos: la calle es suya. Sucede siempre lo mismo con aquello que es grande, que desaparece todo rastro de vanguardia y se le responde al poder con la frase que canta el Evaristo, "¿quieres identificarnos? Tienes un problema".

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Refugiados desalojados de Idomeni: "Las excavadoras han arrasado con todo"

"Escapamos de Siria para tener una buena vida, no para tener esta vida. ¡No vinimos aquí para vivir en campos de refugiados! Unos amigos fueron allí [a los campos nuevos] y nos dicen que son horribles. No escapé de Siria para vivir encerrada. Soy una mujer libre, necesito que respeten mis derechos humanos… La vida que tenemos no se la merecen ni los animales", grita Juhina. Viste chandal gris y hiyab azul marino. Va impecablemente arreglada, a pesar de llevar tres meses viviendo en una tienda de campaña en medio del barro de Idomeni. Empuja un carrito de bebé cargado con varias mochilas. Es todo lo que tiene.

Pocos metros por detrás, el marido de Juhina ayuda a transportar los enseres a una pareja de amigos, que llevan otro carrito de bebé. Este no va cargado de ropa sino que en él va una preciosa niña de dos años. Lleva una botella de dos litros de Coca Cola que ofrece con una sonrisa a los periodistas, que se dan codazos para grabarles mientras caminan por el arcén de la autovía que conecta la frontera de Macedonia y Salónica.

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En Grecia vamos ganando, le pese a quien le pese

Aprendimos a quererte, desde la histórica hartura

donde el sol de tu bravura, le puso cerco a la Merkel

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Apoyar a Syriza

Antonis Samarás recorre a pie la plaza Zappio, muy cerca del Parlamento griego situado en la plaza Syntagma. Un grupo de chavales está jugando a fútbol y el balón va a parar a los pies del primer ministro. El muchacho que va a recoger la pelota, tras presentarse, interpela a Samarás: “Mi padre dice que las cosas son difíciles”. El político hoy tiene un rato libre: “Vamos a sentarnos y charlar”. Se le sientan alrededor todos los adolescentes. “Tu padre tiene razón. La cuestión es que debes fijarte un objetivo y tienes que esforzarte para lograrlo. Hoy Grecia casi está otra vez en el lugar que le corresponde. Casi hemos conseguido ser un país serio y respetado. Todo esto lo hacemos por ti y por todos los niños, para que ni ahora ni en el futuro existan las dificultades de las que habla tu padre. Así que no te preocupes, tú sigue entrenando y nosotros continuaremos trabajando”.

Para acabar, el líder de los conservadores griegos sentencia: “Para que se pueda jugar a la pelota tanto un país como un equipo tienen que disponer de un campo de fútbol y nosotros estamos construyendo uno totalmente nuevo. Esa es la verdad. Dile todo eso a tu padre.” Se trata del spot electoral de Nea Dimokratia.

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Mi primera huelga general en Grecia

Es mi primera huelga general en Grecia. Hace un día gris, bastante frío, en mi cabeza las imágenes de la plaza Syntagma inundada de gases lacrimógenos y cócteles molotov vistas por streaming hacen que me debata entre la curiosidad y, es verdad, un poco de miedo. Decido ir a la mani.

Salgo de casa y veo que todas las tiendas están abiertas. El badulake más cercano está regentado por un matrimonio de afiliados a Amanecer Dorado por lo que nunca compro allí. No me fijo si está abierto pero lo doy por hecho. Me sorprende más encontrar abierto mi establecimiento habitual, regentado por una familia de albaneses que, a diferencia del anterior, siempre tiene expuesta la prensa de izquierda y centroizquierda, incluyendo los diarios de Syriza y el Partido Comunista Griego. Las panaderías, la frutería, el taller mecánico... no ha cerrado ninguno.

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