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Lourenzo Fernández Prieto

Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidade de Santiago de Compostela

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Luis Carrero Blanco en la Audiencia Nacional: recordatorio sobre la banalidad del mal

Es bien sabido que, cuando Hannah Arendt llegó a Jerusalén en 1961 y asistió como reportera voluntaria para The New Yorker a las sesiones del juicio contra Adolf Eichmann, no se encontró al monstruo de maldad y perversión que esperaba: tan solo a un funcionario probo, un burócrata, muy poco hábil para la mayor parte de las cosas y muy dotado para unas pocas. Entre estas últimas se hallaba su meticulosidad para coordinar los transportes de cientos de miles de personas a los campos de exterminio del Tercer Reich. La capacidad de mandar matar de Eichmann tenía, de alguna manera, un algo de lógica administrativa y aburrida normalidad que sirvió para inspirar el concepto de la "banalidad del mal" de Arendt. Lo inquietante de la figura de Eichmann residía, según esta visión, en la aparente normalidad del verdugo, en el potencial genocida que anida en nuestras sociedades entre sus gentes corrientes.

No podemos evitar asociar a esto el carácter gris de quien fue mano derecha de Franco durante treinta y cinco años, con un deje de asombro de resonancias arendtianas ante la "banalidad de su mal". Sin embargo, nada de estas honduras ontológicas hay en la visita que Luis Carrero Blanco ha hecho recientemente a la Audiencia Nacional. Visita que no ha venido de la mano, tampoco, de la toma en consideración de la responsabilidad (máxima) ejercida por Carrero personalmente en la violación sistemática y masiva de los derechos humanos en España, además de su responsabilidad (la más alta) en la humillación continuada a las víctimas de esa violación, o de la contumacia que acompañó al antedicho sujeto en la defensa del régimen que propició todos esos hechos.

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