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Martin Kettle

Martin Kettle es un columnista del periódico británico The Guardian, especialista en política británica, europea y americana. También trata temas relacionados con los medios de comunicación, leyes y música. 

Ahora, publica sus columnas traducidas por primera vez al español en la sección Internacional de eldiario.es.

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Antonin Scalia: el juez conservador que marcó una era en Estados Unidos

Muy pocos jueces británicos son considerados grandes figuras públicas en el sentido más amplio de la palabra. Y algunos así lo prefieren. En cambio, los jueces norteamericanos se han caracterizado siempre por lo contrario. No solo porque la separación constitucional de poderes favorece su prestigio, sino porque su proceso de elección depende abiertamente de la política. El presidente del Gobierno nombra a los nuevos magistrados del Tribunal Supremo, siempre que el Senado ratifique su decisión. Esto explica en cierta manera por qué la muerte del juez Antonin Scalia este fin de semana representa un acontecimiento de interés público. 

Scalia deja una vacante en los nueve puestos  del Tribunal Suprem o que se han dividido entre cinco conservadores y cuatro progresistas durante los últimos años, algo crucial incluso en el caso  Bush vs Gore en el año 2000, que  zanjó el escrutinio de las elecciones. Barack Obama cuenta ahora con una oportunidad de oro, y una gran responsabilidad, para presentar a un candidato más progresista. Pero los republicanos no se quedarán de brazos cruzados. Apenas unas horas después del fallecimiento del juez, ya defendían que el nuevo nombramiento debería aplazarse hasta las elecciones presidenciales de noviembre, y probablemente conseguirán lo que quieren.

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Lo de los abucheos se nos ha ido de las manos

En los ochenta escribí un artículo en The Guardian que empezaba así: ¿qué tienen de malo los abucheos en la ópera, por el amor de Dios? Por aquel entonces pensaba que los abucheos eran desagradables pero mostraban el interés del público. ¿Por qué el público británico debería soportar dócilmente y aplaudir cualquier espectáculo que le presenten? No estaba obligado a consentir lo que no le gustara. Y mi artículo terminaba con la siguiente afirmación: no necesitamos menos abucheos en Gran Bretaña; necesitamos más.

Treinta años más tarde mi deseo se ha hecho realidad, no solo en la ópera, y hasta un extremo que era difícil de prever cuando lo formulé. Ahora tenemos muchos más abucheos en Gran Bretaña. De hecho, abuchear es prácticamente un gesto rutinario. Sin embargo, esto no es lo único que ha cambiado: he convertido mi deseo en realidad, solo que ahora esta realidad no me gusta.

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