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The Guardian en español

Lo de los abucheos se nos ha ido de las manos

Stephen Fry es un actor que ha confesado sufrir de pánico escénico en algunas ocasiones.

Martin Kettle

Reino Unido —

En los ochenta escribí un artículo en The Guardian que empezaba así: ¿qué tienen de malo los abucheos en la ópera, por el amor de Dios? Por aquel entonces pensaba que los abucheos eran desagradables pero mostraban el interés del público. ¿Por qué el público británico debería soportar dócilmente y aplaudir cualquier espectáculo que le presenten? No estaba obligado a consentir lo que no le gustara. Y mi artículo terminaba con la siguiente afirmación: no necesitamos menos abucheos en Gran Bretaña; necesitamos más.

Treinta años más tarde mi deseo se ha hecho realidad, no solo en la ópera, y hasta un extremo que era difícil de prever cuando lo formulé. Ahora tenemos muchos más abucheos en Gran Bretaña. De hecho, abuchear es prácticamente un gesto rutinario. Sin embargo, esto no es lo único que ha cambiado: he convertido mi deseo en realidad, solo que ahora esta realidad no me gusta.

La última vez que fui a un partido de fútbol, la multitud abucheó al equipo local porque perdió por primera vez desde hacía décadas. Y la última vez que fui a la ópera, el público abucheó el espectáculo a pesar de que había comprado las entradas con pleno conocimiento de lo que iba a ver. En algunos partidos de cricket que se han jugado en Inglaterra recientemente, los abucheos contra algunos de los mejores jugadores de Australia han sido una constante. Cuando el bailarín y ahora juez televisivo Len Goodman afirmó que no le gustaba cómo bailaba la rumba uno de los participantes del concurso Strictly Come Dancing, la audiencia lo abucheó.

En el estreno de la película El despertar de la fuerza, la última entrega de La guerra de las galaxias, el ministro de Hacienda del Reino Unido, George Osborne, fue abucheado a su llegada. En el torneo de Wimbledon celebrado el verano pasado, la tenista Serena Williams fue abucheada. Y ahora incluso ha recibido abucheos el tráiler de Dad's Army, una comedia británica que se estrenará en 2016. Hemos llegado a un punto en que abuchear ya no tiene ningún valor.

Unos 2000 años atrás, Cicerón, probablemente el orador más famoso de todos los tiempos, escribió: “Palidezco al principio de cada discurso y empiezo a temblar como una hoja”. Como él, Gandhi también tenía dificultades para hablar en público. El que fue primer ministro británico, Harold Macmillan, que dominó la Cámara de los Comunes con su oratoria, llegó a comparar sus intervenciones públicas en el Parlamento con las experiencias vividas durante la Primera Guerra Mundial, donde tuvo que atreverse a salir de las trincheras y recuperar posiciones. Macmillan solía caer enfermo antes de un discurso. De hecho, los nervios sufridos antes de su famoso discurso sobre el presupuesto de 1956 le impidieron comer durante días. El político creía que los nervios antes de una alocución aumentaban con la edad. 

La cantante Adele padece la misma dolencia. Lo describió así: “En realidad, está empeorando; o tal vez no está mejorando y tengo la sensación de que va de mal en peor”. Una amiga de Barbra Streisand dijo que el principal talento de esta artista es su capacidad para ocultar el pánico.

Stephen Fry, uno de los muchos actores que sufren pánico escénico, entre los que incluso se incluye a Laurence Olivier, cuenta la historia de su primer compromiso profesional en una producción del West End londinense. La primera noche echó un vistazo a través del telón para observar al público y al instante fue reprendido por el también actor Paul Eddington con las palabras “nunca mires al enemigo”.

Los periodistas no se enfrentan a sus seguidores de una forma tan frontal como un actor, un pianista, un futbolista o un político. Sin embargo, el periodista recibe el beneplácito o el rechazo del público. Los insultos y el acoso que puede sufrir en Internet son parecidos a los abucheos.

A fin de cuentas, la mayoría de nosotros –el futbolista, el cantante de ópera, Goodman, Adele y el periodista, incluso Osborne– somos como Próspero, el personaje de La tempestad de Shakespeare cuyo objetivo era agradar a los demás.

Los abucheos dicen más de los autores de estos gestos que de los receptores, y no dicen nada bueno. No necesitamos más abucheos; necesitamos menos.

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