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Miguel Lorente Acosta

Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Granada, Médico Forense por oposición (1988), Especialista de Medicina Legal y Forense, y  Máster en Bioética y Derecho por la Universidad de Barcelona. Actualmente es Profesor Titular del Departamento de Medicina Legal, Toxicología y Antropología Física de la Universidad de Granada.

Experto en el estudio de la violencia interpersonal, y muy especialmente en el de la violencia de género. Ha publicado más de 80 trabajos en revistas nacionales e internacionales de ciencias forenses, y ha colaborado con diferentes Gobiernos y organismos internacionales en materia de violencia contra las mujeres, entre ellos con la Organización Mundial de la Salud para el desarrollo de un “Protocolo  de actuación médico-legal para la atención a las víctimas de violencia sexual” .

También ha publicado libros sobre el tema, entre ellos “Violencia contra la mujer: Maltrato, violación y acoso”, “Mi marido me pega lo normal”, “El rompecabezas: Anatomía del maltratador” y “Los nuevos hombres nuevos”.

Su experiencia y formación lo han llevado a ocupar cargos de responsabilidad dentro de la Administración española. Fue Director  del Instituto de Medicina Legal de Granada (desde julio de 2003 hasta abril de 2008), Director de General de Asistencia Jurídica a Víctimas de Violencia de la Junta de Andalucía (desde diciembre de 2006 a Abril de 2008), y Delegado del Gobierno para la Violencia de Género del gobierno de España desde abril de 2008 a diciembre de 2011.

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26 segundos y dos silencios

Esa fue la respuesta que dedicaron a la violencia de género en el debate entre los cuatro hombres candidatos de los principales partidos a la Presidencia del Gobierno, 26 segundos divididos entre dos "Ps" (Pedro y Pablo), y 2 silencios, uno para cada "R" (Rajoy y Rivera).

60 mujeres asesinadas cada año de media y 700.000 maltratadas sólo merecen 26 segundos y 2 silencios.

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La estafa piramidal de las denuncias falsas

El machismo ha utilizado la normalidad para mantener los privilegios a costa de los derechos de las mujeres, de manera que cuando ha jugado al reparto de tiempos y espacios, de roles y funciones, los hombres se han quedado con la mejor parte. La desigualdad aparece como marco adecuado para la convivencia, y la cultura se encarga de darle significado y sentido. En principio, todo perfecto.

Pero esa normalidad tramposa ya ha sido descubierta. Ahora se es consciente de la desigualdad, de la discriminación que conlleva, de la violencia que requiere para imponerla, y de todas sus consecuencias. Ya no la pueden esconder bajo la alfombra de la historia.

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Recortes para hoy, violencia de género para mañana

Cuando una cosa existe y lo hace con el argumento de la historia, si no se lleva a cabo algo para cambiarla, la simple sucesión del tiempo lo único que consigue es mantenerla y perpetuarla. Y cuando la cosa que existe forma parte de la normalidad que la sociedad ha asumido como parte de las posibilidades que se pueden presentar bajo determinadas circunstancias, el cambio pretendido exige el sobresfuerzo de transformar la normalidad que lo ampara.

La violencia de género no se va acabar mientras exista una parte de la sociedad que asuma que las relaciones deben establecerse sobre las referencias jerarquizadas que la cultura se ha encargado de fijar sobre la figura y los roles masculinos. Puede parecer extraño el planteamiento, pero lo que la sociedad cuestiona hoy sobre la violencia de género no es tanto su realidad como su resultado. La frase que me repetían muchas mujeres maltratadas cuando las atendía como médico forense, “Mi marido me pega lo normal...", iba seguida de otra que explicaba su presencia en el Juzgado: "Pero hoy se ha pasado". Es la misma situación que año tras año aparece en los estudios sociológicos que elaboramos desde el Ministerio de Igualdad: un 1,4% de la población española, de entrada, considera que la violencia de género "es aceptable en algunas ocasiones". Como se observa, no hay un rechazo rotundo a la violencia de género; una parte importante de la sociedad tiene justificaciones para aceptarla y cuestionar sólo determinados resultados. No es de extrañar, como hemos conocido estos días, que el Gobierno plantee contabilizar sólo los casos que requieran una hospitalización superior a 24 horas.

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