eldiario.es

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

Nazaret Castro

Estudió Periodismo en Madrid y, después de vivir en Bruselas y Londres, trabajó en medios como la revista La Clave. En 2008 decidió cruzar el charco y São Paulo fue el destino escogido. Ha escrito como corresponsal para el diario Público y colaborado para medios como Le Monde Diplomatique, Caros Amigos, Clarín, Fronterad o Números Rojos. Tiene además el blog personal Entre la samba y el tango. Es cofundadora de Carro de Combate junto con Laura Villadiego.

Las feministas argentinas denuncian un aumento de la represión estatal: "Es un modelo de cacería"

Algunas mujeres hablaban de "cacería"; otras, de "caza de brujas". Era un inesperado y triste final para la 32ª edición del Encuentro Nacional de Mujeres, que reunió a más de 30.000 mujeres la capital de Chaco, provincia del norte argentino, y culminó con una masiva marcha el pasado domingo. 

El lunes, casi todas las mujeres habían vuelto ya, pero algunas decenas esperaban en la céntrica Plaza del 25 de Mayo, conversando y tomando mate, a que llegara el horario de su autobús. Fue entonces cuando apareció un grupo, reducido pero ruidoso, de hombres y mujeres que portaban una enorme bandera albiceleste y gritaban a las mujeres "¡Qué se vayan!" y "No al aborto", entre otras consignas.

Seguir leyendo »

La lucha por la tierra indígena, cinco siglos después del 'descubrimiento' de América

El Día de la Fiesta Nacional o Día de la Hispanidad conmemora el "descubrimiento de América" por Cristóbal Colón en 1492. Pero tras esa palabra, "descubrimiento", y la consiguiente sucesión de festividades, desfiles y banderas rojigualdas, son muchas las voces que recuerdan la conquista de todo un continente, habitado de norte a sur por pueblos de enorme diversidad cultural. Cinco siglos después, la lucha por la tierra de la población indígena continúa.

En Latinoamérica, la denominación más común del 12 de octubre era "Día de la Raza", nombre elegido por España en 1914, cuando se oficializó la creación de una festividad que "uniese España e Iberoamérica". No fue hasta 1958 cuando se sustituyó por el "Día de la Hispanidad", después de que se empezase a cuestionar el nombre original por ser "discriminatorio" o "impropio".

Seguir leyendo »

Tener sed por culpa de la caña de azúcar

En el Caserío de Jocotá, los habitantes dependen por completo de su laguna. Hasta donde les alcanza la memoria, les proveyó agua limpia, alimento y, también, recreo y paisaje, pero todo cambió hace tres años: la caña de azúcar llegó entonces a las cercanías de esta aldea remota del departamento de Retalhuleu, en la Costa Sur de Guatemala. Las voces de alarma aparecieron cuando la comunidad percibió que la laguna había comenzado a secarse, como secos están ya los pozos artesanales de los que extraían el agua para beber.

Si algo se escucha conversando con las comunidades afectadas por el monocultivo de caña es que esta planta   provoca sed. La caña de azúcar requiere grandes cantidades de agua, para lo cual los ingenios construyen enormes pozos industriales que afectan a los acuíferos y dejan secos los pequeños pozos artesanales de las comunidades indígenas y campesinas afectadas.

Seguir leyendo »

Una radiografía a nuestra cesta de la compra

La práctica totalidad de los productos que consumimos generan hasta llegar a nuestras manos una serie de impactos ambientales y sociales y, si bien es cierto que tenemos cierto margen de maniobra como consumidores para reducir un tanto ese impacto, este seguirá siendo notable, sobre todo si vivimos en un contexto urbano. En los países ricos, con altos niveles de consumo incluso en tiempos de crisis, la premisa solo puede ser la reducción del consumo, o, como algunos teóricos apuntan, el decrecimiento. Los ecologistas lo han resumido en las famosas tres erres: “reducir, reutilizar, reciclar”. Suele olvidarse, sin embargo, que esas “erres” están colocadas por orden de importancia: de nada sirve reciclar los embalajes de los alimentos si seguimos consumiendo productos cada vez más innecesariamente envueltos en plásticos y cartones. Otros añaden una cuarta “erre”: recuperar. En las sociedades del usar y tirar, parecemos haber olvidado que las cosas se pueden arreglar cuando se estropean; es cierto que muchas veces, por una de esas paradojas imposibles del sistema económico en el que vivimos, el arreglo sale al mismo precio que el nuevo objeto. Pero tal vez, como hemos sugerido a lo largo de este libro, el cálculo nos parezca distinto si mentalmente incluimos en el precio del nuevo objeto esas externalidades que pagarán las poblaciones de los lugares donde se extrajo la materia prima y donde se manufacturó esa mercancía. Hay, por último, algunos investigadores que suman una quinta “erre”: rechazar. Rechazar la bolsa de plástico que nos ofrece el tendero de la esquina, el vestido de rebajas que no necesitamos, la chocolatina de una marca que sabemos que utiliza mano de obra infantil, el cosmético que contiene un ingrediente que dañará nuestra piel. Rechazar los productos que perjudican el medio ambiente, los derechos laborales o nuestra propia salud supone dar un paso en contra de lo que Marx llamo la fetichización de la mercancía. Es decir, implica recuperar la conciencia de quién y cómo se hizo ese producto, de quién y cómo lo llevó hasta nuestras manos. Significa, también, volver a pensarnos como productores y como seres que participan de una enorme sociedad global, y no ya como meros consumidores que piensan únicamente en términos de preferencias y deseos, de forma irresponsable, pensando que la mano invisible de Adam Smith vendrá a resolver los desaguisados que nuestra irresponsabilidad genere. El problema de base es que los diferentes procesos económicos –producción, circulación, distribución y consumo– se ordenan en las sociedades capitalistas en función de un único valor absoluto: el dinero. El criterio monetario es el que indica qué es lo racional, lo eficiente, incluso lo posible. Con unos criterios tan reduccionistas, no sorprende que las sociedades contemporáneas acaben tomando decisiones tan irracionales desde el punto de vista de la conservacion de la vida como la obsolescencia programada o la proliferacion de embalajes que permanecen unos minutos en nuestras manos y cientos de años en el fondo de los océanos. El sistema capitalista, que se justifica y legitima como eficaz y eficiente, resulta así, por el contrario, profundamente despilfarrador de unos recursos naturales que son cada vez más escasos. Es la contradicción siempre latente en un sistema socioeconómico que requiere para su supervivencia de un crecimiento del PIB infinito, en un mundo donde los recursos son finitos. Es verdad que la naturaleza tiene una enorme capacidad de recuperación, pero no, desde luego, a los frenéticos ritmos que impone la economía global del siglo XXI.

La obsolescencia programada es, tal vez, el mejor y más lamentable ejemplo de este derroche. Es mucho más que un secreto a voces: los productos se fabrican intencionalmente para que duren menos de lo que podrían y deberían. La finalidad es obvia: que se consuma más. Pero implica también un gasto mucho mayor de recursos naturales, de transporte, de mano de obra sobreexplotada. Un despilfarro absoluto. Prendas de ropa o zapatos que no duran más de una temporada, aparatos electrónicos que se estropean un día después de que se venza la garantía; la lista es larga y abarca practicamente todo lo que compramos. El documental Comprar, tirar, comprar da algunos ejemplos históricos, como el de la bombilla incandescente. La primera bombilla que Thomas Edison puso a la venta, en 1881, duraba 1.500 horas; unos años después, podían funcionar más de 2.500 horas. Fue en 1924 cuando un cártel de empresas fabricantes europeas y estadounidenses decidió pactar en mil horas el máximo de vida útil de sus bombillas. El mismo razonamiento llevó a las empresas del ramo textil a quitar de la circulación las medias a prueba de carreras. Otro ejemplo clásico: las impresoras configuradas para dar error al numero equis de impresiones. Lo mismo ocurre con teléfonos moviles, ordenadores, equipos de sonido y cualquier aparato electrónico. Y eso, en un mundo en el que reparar un bien cualquiera sale, casi siempre, más caro que comprar uno nuevo. Otro ejemplo de la lógica irracional que mueve el engranaje de nuestras economías. En los últimos años se ha impuesto, además, otra forma de obsolescencia: la obsolescencia percibida, que impulsa a los consumidores a cambiar de aparato antes de que termine su vida útil. La publicidad y el marketing, a través de la creación de modas y nuevos deseos, infunde en los consumidores un deseo por lo nuevo, por lo último; ya no es necesario que sea mejor, solo más nuevo. Sin importar el reguero de consecuencias que esos productos dejen a su paso: se promueve la irresponsabilidad absoluta por parte del comprador y vendedor. Solo importa el bien que reluce en las estanterías o los escaparates; nada parece relacionar esa mercancía con el trabajador que la produjo o el transportista que la llevó hasta allí. A eso se refería Karl Marx cuando hablaba del fetichismo de la mercancía. Un claro ejemplo de esa obsolescencia incitada desde la publicidad lo dio en 2013 la campaña “Creando olores a nuevo” de Vodafone, que consiguió el segundo Premio Sombra a la peor publicidad del año en 2014, concedido por Ecologistas en Acción, por la banalidad e impunidad con la que incita a estrenar un smartphone cada año, por el mero placer de estrenar. Sin importar de dónde salió el coltan, dónde y cómo se fabricó el teléfono o dónde irá a parar la chatarra prematura del aparato descartado. Lo único relevante para la publicidad de Vodafone es lo bien que huele lo nuevo, lo agradable que es estrenar objetos que no necesitamos.

Seguir leyendo »

Campesinos latinoamericanos se rebelan contra el poder de Monsanto y la privatización de las semillas

Las semillas se están convirtiendo en un motivo central de los conflictos sociales en América Latina. De norte a sur del continente, comunidades indígenas y campesinas se levantan frente al avance de legislaciones que, para los movimientos sociales, privatizan "un bien común esencial para la vida". El último capítulo de esa resistencia lo han escrito los movimientos sociales chilenos, que, después de meses de presión, han logrado la retirada del trámite parlamentario de la Ley Monsanto, a la que los críticos bautizaron así para señalar al que consideran el principal beneficiario esa ley: la multinacional estadounidense Monsanto, líder en el sector de la biotecnología.

¿Por qué? Monsanto, una multinacional estadounidense con presencia en 66 países, se distribuye el mercado de las semillas, y fundamentalmente de los organismos genéticamente manipulados (OGM) con otras grandes corporaciones como Syngenta, Bayer, Dow y Basf. La soja y el maíz transgénicos son su principal negocio. Se trata de especies modificadas para resistir a plaguicidas y herbicidas, lo que permite mayores cosechas, al tiempo que proporciona a la multinacional un negocio redondo: vende sus semillas conjuntamente con el herbicida y la tecnología necesaria para alcanzar altos rendimientos.

Seguir leyendo »

Indígenas contra Endesa: "No queremos más represas en la zona"

"¡O se van las multinacionales del territorio, o las echamos!". Esta fue la consigna de los campesinos afectados por la construcción de una represa de Endesa sobre el río Magdalena durante meses de resistencia, en el Huila, una región al suroccidente de Colombia. La central hidroeléctrica de El Quimbo es el proyecto insignia de la filial colombiana de la multinacional italoespañola. Pero a la empresa se le han complicado las obras: cientos de habitantes de municipios como La Jagua y Hobo rechazan al embalse y han unido fuerzas en la asociación Asoquimbo.

Hablan con conocimiento de causa: 30 años atrás, a pocos kilómetros y sobre el mismo río Magdalena, los vecinos del municipio de Hobo (en Huila, Colombia) y otros pueblos aceptaron la construcción de la represa de Betania, que llegó con dos promesas: empleo y progreso. No llegó ni lo uno ni lo otro. "En Hobo sabemos bien qué trae la represa: aquí antes crecía arroz, maíz, cacao. Las tierras más fértiles se inundaron y nos vimos obligados a vivir de la pesca. Y ahora, con la nueva represa, nos echan de nuevo, porque desde que empezaron las obras, cada vez hay menos peces", cuenta Gilberto. La única salida que les queda a muchos es vender agua o queso a los costados de la carretera.

Seguir leyendo »

Azúcar con sabor a tierra robada

"Nos dicen que estas tierras son demasiado caras para la agricultura familiar", cuenta Lucas. "Todo, para la exportación: aquí no queda nada. La mayoría de los trabajadores los traen de fuera, así que la gente del lugar se queda sin trabajo. No hay espacio para nosotros". Lucas es dirigente del Campamento de San Antonio, al sur del Estado brasileño de Bahía. A él, como a las otras 400 familias de campesinos que forman el campamento, lo expulsaron de sus tierras. En estas tierras de tradición azucarera, un monocultivo dedicado a la exportación desde los tiempos de la colonia portuguesa, avanza ahora el eucalipto, un árbol de rápido crecimiento y que, por la cantidad de nutrientes que absorbe de la tierra, resulta muy dañino para la biodiversidad.

Las multinacionales productoras de celulosa para la exportación se sumaban así a los ingenios azucareros y desplazaban a los pequeños productores. El maíz, el frijol, la calabaza debían importarse de fuera. Pero un grupo de campesinos del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) decidió ocupar estas tierras en 2009 y, desde entonces, se ha vuelto a producir comida para las poblaciones vecinas. Estas 400 familias le huían así al destino que les marcaba el latifundio: expulsados de sus tierras, obligados a migrar a grandes ciudades, como Salvador, para pasar a formar parte de ese ejército de brazos olvidados, innecesarios, que se hacinan en las periferias y favelas de las grandes urbes brasileñas.

Seguir leyendo »

Caña de azúcar: la hierba de la miseria

Cada mes de noviembre, cuando las lluvias del monzón comienzan a arreciar, Bua Lai vuelve a afilar su machete y se prepara para pasar los cinco meses siguientes dando golpes a los gruesos tallos de la caña de azúcar. Como ella, aproximadamente un millón de jornaleros barrerán los campos de Tailandia, el segundo exportador mundial de azúcar, para recoger el dulce jugo que acabará en las mesas de medio mundo.

La caña se ha convertido durante los últimos años en la principal fuente de azúcar en el mundo y cerca de un 90 por ciento de la producción mundial procede de esta hierba de grandes dimensiones. La mayoría se planta en países en desarrollo como la India, Brasil o la propia Tailandia, donde las leyes laborales y medioambientales son más laxas. Muchos la conocen como la hierba de la miseria, porque ahí donde se cultiva, las comunidades entran en un círculo de pobreza generado por las pésimas condiciones laborales y los fuertes impactos medioambientales que lleva consigo esta planta.

Seguir leyendo »