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Sandra León

Sandra León es Doctora en Ciencias Políticas por el Instituto Juan March y profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de York (Reino Unido). Escribe sobre cuestiones relacionadas con el federalismo y el comportamiento electoral. Colabora habitualmente con el Laboratorio de la Fundación Alternativas y ha participado como tertuliana en el programa “Hoy por hoy” de la SER. Es miembro de Líneas Rojas.

La reconciliación con la política

Quisiera inaugurar este curso académico subiendo el ánimo, así que lo diré: los politólogos están de moda. O, por lo menos, lo están hoy algo más de lo que lo estaban hace unos años. Quienes nos dedicamos a esta profesión en más de una ocasión tuvimos que aclarar, normalmente en respuesta a la confusión del interlocutor, que ser politólogo no es lo mismo que ser político. La justicia poética ha querido que cinco politólogos metidos en política sean quienes hayan popularizado el nombre de la disciplina.

La salida del armario de esta profesión también tiene que ver con el aumento del interés por la política en España, reflejado en que la gente habla más de política con amigos y familiares y se informa más a través de internet (y menos en la prensa escrita). Ello dio lugar durante un tiempo a una situación aparentemente paradójica: la opinión pública mostraba más interés en la política, pero cada vez la valoraba peor. De hecho, durante todo el 2014 el porcentaje de quienes pensaban que la situación política era “muy mala” superaba el de quienes valoraban la situación económica de la misma manera. El perfil del ciudadano con peor opinión sobre situación política es un individuo joven, de izquierdas, que votó a un partido que no era ni PP ni PSOE en las últimas generales o simplemente no votó. En cambio, no parece haber diferencias importantes entre clases sociales [1].

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¿Falta cultura de pacto en España?

España se parece más a Europa tras las últimas elecciones locales y autonómicas. Al menos, en lo que a su sistema de partidos se refiere. La aparición de nuevos partidos políticos ha aumentado la fragmentación del voto, y la consecuencia de ello es que en la mayoría de ciudades y comunidades autónomas la formación de gobiernos pasa por pactos de investidura o de coalición entre distintos partidos. Aunque este nuevo escenario representa un cambio en profundidad del mapa de representación política en España, lo que aquí hasta ahora era una excepción, en los países de nuestro entorno era la norma. Además, no parece que ello vaya a cambiar en el medio plazo, pues los gobiernos de coalición son cada vez más predominantes en el panorama político europeo, mientras los de un solo partido languidecen (ver Gráfico 1).

Gráfico 1. Frecuencia de gobiernos de coalición y gobiernos de un solo partido en 17 democracias occidentales (1944-2009)

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24M: IndeciS.O.S.

El movimiento 15M, del que mucho se ha vuelto a hablar estos días, puso de manifiesto que nuestro sistema de partidos se sostenía sobre una profunda crisis de representación. Sus efectos tardaron en penetrar en la arena política, y quizás por ello muchos pensaron que la desafección y el rechazo a la clase política acabarían canalizándose a través de un rejuvenecido tejido social y diluyéndose entre las múltiples iniciativas de protesta, en su mayoría sectoriales. El triunfo de Podemos en las pasadas elecciones europeas significó el principio del fin del panorama electoral que hemos conocido durante los últimos treinta años. El cambio parece un hecho, y sólo queda que las próximas convocatorias electorales (autonómicas, locales y generales) nos informen sobre su magnitud.

Un elemento clave a la hora de determinar la dimensión de dicho cambio seguramente se encuentra en la decisión de voto de los indecisos. Quienes en las encuestas declaran que todavía no han decidido a quién votar son uno de cada cinco en las elecciones generales (barómetro abril 2015) y uno de cada cuatro en las autonómicas y locales (prelectoral 2015). Lo interesante cuando se analiza el perfil de los indecisos es que dicho ejercicio invita a la reflexión sobre las huellas de la crisis de representación política que eclosionó en el 15M.

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Qué nos dice el nuevo barómetro del CIS

El barómetro del CIS correspondiente a abril viene a confirmar la “fotografía” que vienen capturando los últimos sondeos publicados en los medios en los últimos meses. En el tablero encontramos cuatro jugadores principales (PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos) y otros dos “secundarios” (IU y UPyD) que se sitúan muy por detrás. Pero con la particularidad de que en la secuencia de instantáneas vemos cómo la posición de algunos jugadores ha ido cambiando (ver gráfico). El PP y el PSOE han intentado resistir el empuje de los nuevos partidos, al tiempo que Podemos ha perdido brillo, mientras Ciudadanos ha experimentado un ascenso meteórico. Un nuevo tablero en el que los partidos pequeños “tradicionales” (IU y UPyD) luchan por no desaparecer.

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Antes de asaltar los cielos

Los resultados de las elecciones andaluzas del pasado domingo han confirmado finalmente los cambios que comenzaron a vislumbrarse en las pasadas elecciones Europeas y que todas las encuestas anunciaban: que el panorama político está en plena transformación y que el revolcón en las urnas del sistema de partidos no ha hecho más que empezar. Como se comentaba en este blog hace unos días, casi todo lo que pasó en las andaluzas ya pasó en las europeas de Mayo del año pasado: el descalabro del PP, un PSOE que aguanta mejor en esta región que en el resto de España, la fuerte aparición de Podemos en la escena política –aunque en Andalucía, con peores perspectivas electorales que en el resto del país – así como la exitosa apuesta de Ciudadanos en su salto a la arena nacional. Sin embargo, una diferencia interesante entre las elecciones europeas de Mayo y las pasadas andaluzas tiene que ver con la relación entre la participación y el voto. De esas diferencias pueden derivarse fundamentalmente algunas implicaciones interesantes sobre la penetración territorial de Podemos –el principal partido llamado a romper con el sistema de partidos– y, por lo tanto, sobre sus posibilidades en las próximas elecciones municipales, autonómicas y generales.[1]

En las elecciones europeas de mayo de 2014 quienes se movilizaron en Andalucía fueron los ciudadanos de las grandes ciudades. El promedio de abstención en las ciudades grandes (más de 100.000 habitantes) fue del 44%, mientras que en los municipios pequeños (menos de 20.000 habitantes) fue del 50%. La participación estuvo positivamente relacionada con los apoyos a Podemos y Ciudadanos, pues consiguieron un mayor porcentaje de voto donde la abstención fue más baja. Que la participación en las elecciones Europeas se produjera en mayor medida en las grandes ciudades no era la novedad, sino que la movilización la protagonizaba un sector de la ciudadanía que no se sentía representada por los partidos tradicionales y que con su voto enviaba la primera señal del cambio. Era la movilización de la indignación. En cambio, los apoyos del PSOE en las europeas se concentraron en sus bastiones tradicionales, los municipios más pequeños, donde la abstención fue significativamente mayor.

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Van un griego, un español, y un portugués...

La crisis de la deuda en la eurozona ha agrandado las divisiones entre el Norte-Sur en la Unión Europea. Si pudiéramos tomar el pulso de esa fractura a partir de los chistecillos que corren por el imaginario cultural en los países miembros, no sorprendería encontrar en los últimos años un aumento de relatos jocosos que cuentan con un griego, un español y un portugués como protagonistas. Ante tal evidencia, Rajoy y los suyos responderían solemnizando la obviedad de que Grecia no es España, como llevan haciendo durante los últimos meses. En este post me dedicaré a matizar esa afirmación observando algunas características de la opinión pública en estos países. ¿En qué aspectos se sostiene ese vínculo sureño, si es que de verdad existe?

Españoles, portugueses y griegos van claramente de la mano en su querencia por la redistribución entre ricos y pobres. De acuerdo con los datos del último European Election Study (encuesta realizada tras las últimas elecciones al Parlamento Europeo) los ciudadanos de estos tres países son los más favorables a que se redistribuya la riqueza dentro de su país (gráfico 1). El dato no sorprende si se tiene en cuenta que los tres países están a la cabeza en niveles de desigualdad en el conjunto de la Unión Europea. El segundo aspecto en el que coinciden es en su falta de confianza en las instituciones europeas. Como muestra el gráfico 2, los ciudadanos de Grecia, España y Portugal son tan desconfiados como lo son en el país menos europeísta por antonomasia: el Reino Unido. La opinión de los tres países sureños es igual de mala (y entre las peores de Europa) sobre el Parlamento Europeo.

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Felicidad de primera en un país de segunda

Se acabaron las fiestas navideñas y con ello ponemos fin al periodo del año en el que con más insistencia se nos anima a sentirnos felices. La felicidad fabricada de los anuncios televisivos en forma de reencuentro familiar o de ilusión infantil frente a un regalo sin abrir es parte del ambiente navideño. Uno pensaría que más de un lustro a la intemperie de la crisis ha hecho mella en los niveles de felicidad de la sociedad española. Pero no parece que sea así. Los españoles somos notablemente felices. En una escala del 0 al 10, la media de felicidad en 2012 era de 7.6, exactamente la misma que en tiempos de bonanza económica (en 2008), según los datos de la Encuesta Social Europea (ESS). De acuerdo con los datos del CIS, la felicidad media de los españoles en 2014 era de 7[1]. Aunque España se ha puesto a la cabeza en niveles de desigualdad en Europa, nos sentimos cerca de la felicidad de la que gozan los ciudadanos de los países nórdicos (Gráfico 1). Mostramos niveles de felicidad de primera, aunque seamos un país de segunda en lo que a desigualdad se refiere.

Gráfico 1. Nivel medio de felicidad (0-10) 

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Del cabreo ciudadano y el futuro de Podemos

Las últimas encuestas sobre intención de voto indican que Podemos puede acabar entrando por la puerta grande en el Congreso de los Diputados en las próximas elecciones generales. Este anunciado terremoto electoral puede ser interpretado por algunos como la prueba definitiva de que el fenómeno Podemos ha llegado para quedarse. Sin duda, la cuestión acerca de la supervivencia o no de este partido a lo largo del tiempo es uno de los asuntos a los que se ha dedicado más atención desde la irrupción de esta formación política. Sin embargo, la respuesta a la pregunta sobre si Podemos ha llegado o no para quedarse no puede formularse únicamente atendiendo a la magnitud del hueco electoral que las encuestas parecen otorgarle. Un repaso a la historia de los partidos muestra que, en la rapidez de los tiempos políticos, el descalabro electoral puede fácilmente suceder al triunfo en las urnas o a las grandes expectativas de voto.

Una manera de valorar la supervivencia de Podemos más allá de la magnitud de sus apoyos es estudiar el perfil de sus potenciales votantes, como por ejemplo su edad. Distintos análisis en este blog ( aquí y aquí) muestran que Podemos triunfa entre los sectores más jóvenes de la población. La juventud de sus votantes puede blindar la supervivencia de Podemos en el futuro, pues las lealtades políticas que los votantes generen en su juventud condicionan en gran medida el comportamiento electoral a lo largo de su vida.

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La casta y el futuro del Reino Unido

En este tiempo hablamos mucho de casta política en España, pero el alejamiento de la clase política también forma parte del debate político en otros países. De hecho, en el reciente referéndum de independencia sobre Escocia, un discurso parecido al de la casta política ha estado muy presente en la campaña por el “Sí ” de Alex Salmond.

La “casta” política en el Reino Unido ha sido identificada con los partidos políticos que tradicionalmente han dominado la política en el parlamento central (Westminster): Conservadores, Laboristas y Liberales. Alex Salmond se refirió a ellos durante la campaña como el “equipo Westminster” ( team Westminster) frente al “equipo Escocia” ( team Scotland). De esta manera buscaba atraer hacia su causa el desencanto con la clase política. Los nacionalistas presentaban la disyuntiva entre independencia o permanencia en la Unión como una decisión entre continuar bajo el dominio de los partidos del “establishment” o desvincularse de ese modelo bajo el paraguas de un nuevo Estado. Este discurso bebe (y contribuye a reforzar) el alejamiento de la política que predomina entre los votantes favorables a la independencia. La gran mayoría de ellos piensa que a los políticos no les preocupan los ciudadanos y más del 50% confía nada o casi nada en sus representantes parlamentarios[1].

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Aprender de la lección escocesa

A menos de tres semanas de que se lleve a cabo el referéndum que determinará la permanencia o no de Escocia en el Reino Unido, los análisis sobre sus implicaciones para el caso catalán se centran en las consecuencias que para Cataluña pueda tener el resultado. Sin embargo, no está muy claro que el triunfo del “Sí” o del “No” pueda contribuir a desencallar la situación en la que se encuentra el impulso soberanista en Cataluña. Más bien todo lo contrario: el resultado del referéndum escocés puede simplemente acabar reforzando los argumentos de quienes apoyan o se oponen a la celebración de la consulta catalana. Las principales lecciones a aprender de lo que está ocurriendo en el Reino Unido no se encuentran en el futuro desenlace del referéndum, sino en cómo se ha gestionado el proceso hasta el mismo día de la consulta. La insistencia en dirigir el debate hacia la decisión que finalmente tomen los ciudadanos en Escocia solo contribuye a soslayar el rotundo fracaso de la política en la gestión del conflicto en Cataluña.

La evolución del impulso independentista en Escocia es admirable si se tiene en cuenta que sus promotores han llegado más lejos con unas condiciones de entrada menos favorables. El apoyo a la independencia ha sido relativamente menor que en Cataluña, más oscilante en los últimos años  y más pegado a la coyuntura económica. Un ejemplo de ello es que las regiones más pobres son más proclives a la ruptura con el Reino Unido, seguramente porque ven en la secesión la opción que las rescata del desempleo y la falta de oportunidades. La reivindicación de un modelo social escocés frente a los recortes en el Estado del Bienestar del gobierno de Westminster también ilustra el peso de la coyuntura económica en los argumentos que alimentan el debate de la secesión.

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