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Sandra León

Sandra León es Doctora en Ciencias Políticas por el Instituto Juan March y profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de York (Reino Unido). Escribe sobre cuestiones relacionadas con el federalismo y el comportamiento electoral. Colabora habitualmente con el Laboratorio de la Fundación Alternativas y ha participado como tertuliana en el programa “Hoy por hoy” de la SER. Es miembro de Líneas Rojas.

Van un griego, un español, y un portugués...

La crisis de la deuda en la eurozona ha agrandado las divisiones entre el Norte-Sur en la Unión Europea. Si pudiéramos tomar el pulso de esa fractura a partir de los chistecillos que corren por el imaginario cultural en los países miembros, no sorprendería encontrar en los últimos años un aumento de relatos jocosos que cuentan con un griego, un español y un portugués como protagonistas. Ante tal evidencia, Rajoy y los suyos responderían solemnizando la obviedad de que Grecia no es España, como llevan haciendo durante los últimos meses. En este post me dedicaré a matizar esa afirmación observando algunas características de la opinión pública en estos países. ¿En qué aspectos se sostiene ese vínculo sureño, si es que de verdad existe?

Españoles, portugueses y griegos van claramente de la mano en su querencia por la redistribución entre ricos y pobres. De acuerdo con los datos del último European Election Study (encuesta realizada tras las últimas elecciones al Parlamento Europeo) los ciudadanos de estos tres países son los más favorables a que se redistribuya la riqueza dentro de su país (gráfico 1). El dato no sorprende si se tiene en cuenta que los tres países están a la cabeza en niveles de desigualdad en el conjunto de la Unión Europea. El segundo aspecto en el que coinciden es en su falta de confianza en las instituciones europeas. Como muestra el gráfico 2, los ciudadanos de Grecia, España y Portugal son tan desconfiados como lo son en el país menos europeísta por antonomasia: el Reino Unido. La opinión de los tres países sureños es igual de mala (y entre las peores de Europa) sobre el Parlamento Europeo.

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Felicidad de primera en un país de segunda

Se acabaron las fiestas navideñas y con ello ponemos fin al periodo del año en el que con más insistencia se nos anima a sentirnos felices. La felicidad fabricada de los anuncios televisivos en forma de reencuentro familiar o de ilusión infantil frente a un regalo sin abrir es parte del ambiente navideño. Uno pensaría que más de un lustro a la intemperie de la crisis ha hecho mella en los niveles de felicidad de la sociedad española. Pero no parece que sea así. Los españoles somos notablemente felices. En una escala del 0 al 10, la media de felicidad en 2012 era de 7.6, exactamente la misma que en tiempos de bonanza económica (en 2008), según los datos de la Encuesta Social Europea (ESS). De acuerdo con los datos del CIS, la felicidad media de los españoles en 2014 era de 7[1]. Aunque España se ha puesto a la cabeza en niveles de desigualdad en Europa, nos sentimos cerca de la felicidad de la que gozan los ciudadanos de los países nórdicos (Gráfico 1). Mostramos niveles de felicidad de primera, aunque seamos un país de segunda en lo que a desigualdad se refiere.

Gráfico 1. Nivel medio de felicidad (0-10) 

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Del cabreo ciudadano y el futuro de Podemos

Las últimas encuestas sobre intención de voto indican que Podemos puede acabar entrando por la puerta grande en el Congreso de los Diputados en las próximas elecciones generales. Este anunciado terremoto electoral puede ser interpretado por algunos como la prueba definitiva de que el fenómeno Podemos ha llegado para quedarse. Sin duda, la cuestión acerca de la supervivencia o no de este partido a lo largo del tiempo es uno de los asuntos a los que se ha dedicado más atención desde la irrupción de esta formación política. Sin embargo, la respuesta a la pregunta sobre si Podemos ha llegado o no para quedarse no puede formularse únicamente atendiendo a la magnitud del hueco electoral que las encuestas parecen otorgarle. Un repaso a la historia de los partidos muestra que, en la rapidez de los tiempos políticos, el descalabro electoral puede fácilmente suceder al triunfo en las urnas o a las grandes expectativas de voto.

Una manera de valorar la supervivencia de Podemos más allá de la magnitud de sus apoyos es estudiar el perfil de sus potenciales votantes, como por ejemplo su edad. Distintos análisis en este blog ( aquí y aquí) muestran que Podemos triunfa entre los sectores más jóvenes de la población. La juventud de sus votantes puede blindar la supervivencia de Podemos en el futuro, pues las lealtades políticas que los votantes generen en su juventud condicionan en gran medida el comportamiento electoral a lo largo de su vida.

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La casta y el futuro del Reino Unido

En este tiempo hablamos mucho de casta política en España, pero el alejamiento de la clase política también forma parte del debate político en otros países. De hecho, en el reciente referéndum de independencia sobre Escocia, un discurso parecido al de la casta política ha estado muy presente en la campaña por el “Sí ” de Alex Salmond.

La “casta” política en el Reino Unido ha sido identificada con los partidos políticos que tradicionalmente han dominado la política en el parlamento central (Westminster): Conservadores, Laboristas y Liberales. Alex Salmond se refirió a ellos durante la campaña como el “equipo Westminster” ( team Westminster) frente al “equipo Escocia” ( team Scotland). De esta manera buscaba atraer hacia su causa el desencanto con la clase política. Los nacionalistas presentaban la disyuntiva entre independencia o permanencia en la Unión como una decisión entre continuar bajo el dominio de los partidos del “establishment” o desvincularse de ese modelo bajo el paraguas de un nuevo Estado. Este discurso bebe (y contribuye a reforzar) el alejamiento de la política que predomina entre los votantes favorables a la independencia. La gran mayoría de ellos piensa que a los políticos no les preocupan los ciudadanos y más del 50% confía nada o casi nada en sus representantes parlamentarios[1].

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Aprender de la lección escocesa

A menos de tres semanas de que se lleve a cabo el referéndum que determinará la permanencia o no de Escocia en el Reino Unido, los análisis sobre sus implicaciones para el caso catalán se centran en las consecuencias que para Cataluña pueda tener el resultado. Sin embargo, no está muy claro que el triunfo del “Sí” o del “No” pueda contribuir a desencallar la situación en la que se encuentra el impulso soberanista en Cataluña. Más bien todo lo contrario: el resultado del referéndum escocés puede simplemente acabar reforzando los argumentos de quienes apoyan o se oponen a la celebración de la consulta catalana. Las principales lecciones a aprender de lo que está ocurriendo en el Reino Unido no se encuentran en el futuro desenlace del referéndum, sino en cómo se ha gestionado el proceso hasta el mismo día de la consulta. La insistencia en dirigir el debate hacia la decisión que finalmente tomen los ciudadanos en Escocia solo contribuye a soslayar el rotundo fracaso de la política en la gestión del conflicto en Cataluña.

La evolución del impulso independentista en Escocia es admirable si se tiene en cuenta que sus promotores han llegado más lejos con unas condiciones de entrada menos favorables. El apoyo a la independencia ha sido relativamente menor que en Cataluña, más oscilante en los últimos años  y más pegado a la coyuntura económica. Un ejemplo de ello es que las regiones más pobres son más proclives a la ruptura con el Reino Unido, seguramente porque ven en la secesión la opción que las rescata del desempleo y la falta de oportunidades. La reivindicación de un modelo social escocés frente a los recortes en el Estado del Bienestar del gobierno de Westminster también ilustra el peso de la coyuntura económica en los argumentos que alimentan el debate de la secesión.

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Homer Simpson, Montoro y las rebajas fiscales

Una de las interpretaciones más extendidas sobre la reforma fiscal que acaba de anunciar Cristóbal Montoro es que responde fundamentalmente a una estrategia electoral. La fórmula es simple y conocida entre Gobiernos de medio mundo: cortejar al electorado mediante una bajada de impuestos antes de las elecciones con el objetivo de obtener una recompensa en las urnas. Los mandatarios se encomiendan así a la lógica cortoplacista, esperando que los votos de hoy acaben compensando los desastres financieros del mañana derivados de esa miopía fiscal.

La propuesta del Gobierno y sus posibles consecuencias sobre la economía da que pensar sobre la clase de motivaciones que ha llevado a Mariano Rajoy a una estrategia de “último cartucho”, apostando por una rebaja impositiva en un contexto de deuda inmanejable y caída de ingresos públicos. Una decisión que roza la irresponsabilidad financiera puede ser resultado de la ansiedad provocada por los resultados de las elecciones europeas. Quizás es esto lo que ha llevado a los populares a autoconvencerse de que los réditos electorales de esta maniobra pueden superar sus riesgos.

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Las europeas y el "dret a decidir"

Lluis Orriols: ¿un paso más hacia el "dret a decidir"?

No hay duda de que en Cataluña las elecciones europeas se vivieron de una manera diferente, por dos motivos. Primero, porque mientras en el resto de los territorios los resultados han provocado un terremoto político, en Cataluña las novedades son menores, y  los cambios se concretan en una intensificación de la tendencia marcada en las últimas elecciones. Segundo, porque los catalanes han roto su tradicional desmovilización en este tipo de comicios, unos 5 puntos porcentuales menos que la media española, mientras en la mayoría de las comunidades autónomas la participación se ha mantenido o se ha reducido ligeramente. El resultado es que, por primera vez en unas elecciones europeas, los catalanes han llenado más las urnas que el resto del territorio español (véase gráfico 1).

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Lo que no te cuenta el fast-food de la información política sobre el último barómetro

El interés mediático que suscita cada mes la publicación de los barómetros del CIS es tan intenso como efímero. Su protagonismo en la cabecera de turno no suele pasar de un día, que es lo que dura el morbo de la estimación de voto de los partidos o la valoración de los líderes. El avance de resultados del último barómetro se publicó hace 48 horas y ya ha quedado anticuado: nada nuevo bajo el sol del descalabro del bipartidismo y el hundimiento de la valoración de los políticos.  El paso que ha tenido la encuesta por los medios es un buen ejemplo del fast-food de la información política. Para cuando dentro de unos meses los datos se publiquen por completo, nadie, excepto algunos académicos, tendrá interés en explotarlos.

El trato que los medios ha dado a los datos confina el análisis de la situación política y social a una simple radiografía electoral. Sin embargo, parte de la información que contiene el barómetro y que ha sido ignorada en los resúmenes de prensa tiene implicaciones más interesantes que las que se derivan del baile de porcentajes en la intención de voto de los partidos.  En las siguientes líneas me referiré a dos. Primero, a la posibilidad de que en el futuro las valoraciones económicas se recuperen sin que lo hagan las valoraciones de la política. Segundo, al desigual reparto de las cargas de la crisis y su reflejo en el grado de optimismo de las clases sociales y en sus diferencias respecto a cuáles son los principales problemas del país.

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Contra la Gran Coalición

Durante las últimas semanas han aumentado los rumores sobre la posibilidad de que el Partido Popular y PSOE puedan formar una coalición de gobierno si los resultados de las próximas elecciones generales confirman el hundimiento del bipartidismo. Resulta cuando menos sorprendente, por lo que denota respecto al grado de aislamiento o simple indiferencia respecto a la realidad política del país, que las élites de estos partidos estén contemplando dicha posibilidad.

¿Qué puede justificar esta iniciativa y cuáles son sus posibles consecuencias? A pesar de que la propuesta se defiende desde la bien reputada nebulosa de “razón de Estado”, las motivaciones ni siquiera se sostienen sobre la miopía de los cálculos electorales, pues la coalición podría conllevar pérdida de votos para ambos partidos, especialmente para el PSOE. Así que solo cabe situar el impulso a esta propuesta en un escalón más bajo: la simple supervivencia en el poder.

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¿Por qué no se revuelven las ideologías?

La actual crisis económica  ha puesto de manifiesto un desequilibrio fundamental entre la política y la economía. Ello no ha pasado desapercibido entre la opinión pública, especialmente en los sectores de izquierda. Estos consideran que los bancos tienen más poder que el gobierno y que el poder político está desprotegido de las presiones del poder económico. Quienes así piensan son más críticos con el funcionamiento de la democracia y más pesimistas sobre la capacidad del sistema para reducir las desigualdades.  Las políticas de ajuste también se están llevando por delante algunos de los ámbitos con los que se suele asociar a la izquierda como la igualdad, el Estado del Bienestar o la solidaridad. ¿Se han revuelto las ideologías como consecuencia de estos cambios?

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