eldiario.es

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

Trinidad Noguera

Doctora en Ciencia Política. Ha desempeñado funciones docentes e investigadoras en la Universidad Complutense de Madrid y en las universidades de Venecia, Padua, Roma y Brno (República Checa). Asesora y consultora política en las áreas nacional, internacional y de relaciones institucionales.

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 137

El puchero de Castilla-La Mancha

El mes de julio pasado las Cortes castellano-manchegas aprobaron una reforma de Estatuto de Autonomía con los votos del Partido Popular y la total disconformidad de la oposición, que se ausentó de la Cámara en señal de protesta. Hace algunos días –de nuevo con el apoyo del PP y el rechazo de la oposición- el Congreso completó su tramitación.

El objetivo de esta reforma estatutaria es hacer posible un cambio en la ley electoral de Castilla-La Mancha, que María Dolores de Cospedal justificó apelando a “una nueva filosofía”. La filosofía en cuestión tiene en realidad poco de nueva, porque recuerda al gerrymandering, vetusta técnica consistente en rediseñar las circunscripciones de forma que el resultado de los comicios sea siempre el que a uno le conviene. En este caso, por una drástica reducción y redistribución del número de escaños. Dicho de otro modo, el fin perseguido es institucionalizar el pucherazo. ¿Por qué? Veamos:

Seguir leyendo »

Usted sí tiene ideología

La ideología tiene mala fama. Hay mucha gente que afirma convencidísima no tener “de eso”, con el mismo gesto que pondría para decir que no tiene piojos o tratos con la mafia. Pues bien: si está usted entre esas personas, sepa que en realidad sí tiene ideología, por poco articulada que esté y por escaso que sea el tiempo que dedique a pensar en ella. La tiene usted y la tiene todo el mundo. ¿Por qué? Porque todos contamos con una escala de valores, una noción de cómo deberían ser las cosas y unos planteamientos más o menos elaborados sobre la sociedad en la que vivimos. Este conglomerado nos orienta a la hora de opinar y, aunque sea en un sentido muy básico, tiene contenido político.

Además de este concepto difuso de ideología, existe otro más concreto, que se refiere al conjunto de principios, valores e ideas que estructuran la visión del mundo de una determinada corriente política y ordenan el comportamiento y decisiones de los actores –partidos, representantes, militantes y simpatizantes- que se identifican con esa corriente. No se trata, como algunos sostienen, de una forma vulgarizada de filosofía, sino de una herramienta distinta, que posee un cuerpo doctrinal y una orientación esencialmente práctica, que evoluciona a través de su acción sobre la realidad en una interacción constante, y en la cual juegan un papel no despreciable los marcos narrativos y las emociones.

Seguir leyendo »

La política y los consejos del dictador

“Haga como yo, no se meta en política”, cuentan que dijo Franco en una ocasión. Curioso consejo viniendo de un dictador, alguien que por definición “se mete” en política a través de su variante más brutal y descarnada: aquella que busca monopolizar el espacio público –e incluso el privado- suprimiendo toda discrepancia y reduciendo los ciudadanos a súbditos. Franco hacía política; lo que no hacía era política democrática. Y como buen autócrata, prefería que no la hicieran tampoco los demás.

Ese consejo –con gran predicamento en España ya antes del franquismo- sigue latente en nuestra cultura política tras 35 años de democracia. Se aprecia su vigencia en lugares comunes como el clásico “yo soy apolítico” (cuyo mensaje implícito es “política igual a chanchullo”) o en las distintas versiones del “todos los políticos son iguales” (es decir, unos mangantes). Esos tópicos forman parte del marco discursivo de la antipolítica, que es, en sí misma, una posición política.

Seguir leyendo »

Vamos a contar mentiras

Presuntamente, el PP lleva veinte años financiándose de forma ilegal. Presuntamente, buena parte de sus altos cargos, incluido el actual Presidente del Gobierno, se embolsó dinerito en sobresueldos. Presuntamente, tras pagar el impuesto popular –singular tasa que redistribuye hacia arriba- ciertas empresas obtuvieron dádivas, prebendas y mamandurrias, en un generoso toma y daca que fraguó amistades peligrosas, cimentó sustanciosos negocios y dio pie a que los españoles exclamáramos “el cielo está enladrillado” cada vez que alzábamos la vista. Siempre presuntamente.

Dicen en el PP que estas presunciones son infundios y calumnias de gentes malpensadas, picapleitos resentidos y rojos antipatriotas empeñados en desestabilizar el sistema. Que todo es falso (salvo alguna cosa). Que no hubo caja B, o que era una caja de chuches. Que los sobres no existieron, eran legales o eran felicitaciones navideñas. Que hubo y no hubo contratos simulados y despidos en diferido. Que las donaciones fueron altruistas o fueron patrañas. Que ni a Aznar, ni a Rajoy, ni a Cospedal, ni a Cascos, ni a Arenas, ni a Mato, ni a Esperanza Aguirre –no se escabulla, 'lideresa'- ni a la mismísima Virgen del Rocío les constaba nada de esto. Que nadie conocía a Correa y al Bigotes, y Bárcenas era un señor que casualmente pasó por Génova 13 y se quedó algún tiempo. Y que ante la duda, “tú más”.

Seguir leyendo »

Transita que no es poco

En España se nos da bien subir santos a los altares para luego derribarles las peanas. En el discurso sobre la Transición se advierte uno de esos movimientos pendulares, de la idealización acrítica al reproche más amargo. Pero como las cosas rara vez son blancas o negras, yendo de un extremo a su contrario descuidamos las partes de la realidad que se agazapan en los tonos grises.

Aquel proceso tuvo sus gozos y sus sombras. Hubo imposiciones y acuerdos, elementos que se querían atados y bien atados y equilibrios inestables que fraguaron por una combinación de generosidad, intereses particulares, habilidad política, errores de cálculo y alguna que otra chapuza (pero no nos echemos las manos a la cabeza; la chapuza es patrimonio de la humanidad, no sólo nuestro). Si en la Transición jugaron un papel relevante la personalidad de los actores y sus relaciones –simpatías, odios, ideas, prejuicios-, también tuvieron mucho que decir las circunstancias del momento, y un tercer elemento que se destaca bastante menos: la casualidad. Para bien y para mal, no todo en política obedece a planes maquiavélicamente urdidos, a estrategias racionales donde cada paso está calculado de antemano. Unas veces se hace lo que se quiere y otras lo que se puede, pero en la mayoría de los casos se da una mezcla desigual de querer y poder, en la cual el azar tiene más influencia de la que suele creerse.

Seguir leyendo »

La ciudadanía y los viajes de San Pablo

Hice mi primera y única “chuleta” a los doce años, y en ella anoté los itinerarios de los viajes apostólicos de San Pablo. Por entonces –hace unos treinta años- la religión era asignatura evaluable, aprobarla importaba tanto como aprobar todo lo demás y aquella lista de ciudades era materia de examen. En contraste, los libros escolares de la época dedicaban al estudio de los derechos humanos y los valores propios de la convivencia democrática poco más que menciones puntuales; no es que su aprendizaje fuera transversal, es que era prácticamente casual. Durante el bachillerato esos temas se abordaban en función de las convicciones personales de los profesores de ética, filosofía o historia, ya que carecían de espacio diferenciado en el temario. Así pues, hasta que empecé Ciencias Políticas en la Universidad no recibí una explicación mínimamente sistemática de qué es y cómo funciona una democracia. El debate sobre la Ley Wert me ha recordado esta experiencia, no sólo porque ese proyecto devuelve a las enseñanzas confesionales el estatus que una vez tuvieron y que la Iglesia católica añora desde hace años, sino también porque no reserva espacio curricular concreto para enseñar a los niños y jóvenes en qué consiste ser ciudadanos. Si la ley prospera, volveremos a la situación de hace tres décadas: los valores religiosos muy claros y detallados; los valores cívicos, dispersos y aprendidos a salto de mata. Nadie nace sabiendo ser ciudadano. El conocimiento de los derechos y deberes no se adquiere por ciencia infusa, como consecuencia automática de vivir en un Estado de derecho. Mediante esa especie de ósmosis las personas pueden formarse una noción aproximada de qué es una democracia, pero todos necesitamos que nos expliquen además cómo funciona en la práctica, el ideal al que aspira, sus principios e instituciones fundamentales. Ese aprendizaje es preciso para ejercer una ciudadanía consciente, responsable y con capacidad crítica y prepararnos para decidir qué tipo de país y de sociedad queremos. Sin él existe el riesgo de que los lugares comunes se transformen en criterio principal en la toma de esas decisiones y en la interpretación de la información transmitida por los medios de comunicación, que no siempre es completa ni desinteresada.

Consciente de que en este terreno España tenía mucho que mejorar, el primer Gobierno de Zapatero creó en 2006 la asignatura de educación para la ciudadanía. Seguía una recomendación del Consejo de Europa, el cual se había declarado preocupado “por el nivel creciente de apatía política y cívica, la falta de confianza en las instituciones democráticas y el aumento de los casos de corrupción, racismo, xenofobia, nacionalismo agresivo, intolerancia con las minorías, discriminación y exclusión social” y consideraba que el estudio de esta materia contribuiría al desarrollo de ciudadanos más participativos y “sociedades libres, tolerantes y justas”. Dada la corta y algo azarosa experiencia de la educación para la ciudadanía en España, sus objetivos, pensados para el medio o largo plazo, no han tenido tiempo de materializarse.

Seguir leyendo »

Nosotras decidimos

La ropa de hombre no suele abrocharse por la espalda. La de mujer, sí. ¿Alguna vez se ha preguntado por qué? La articulación del codo de las mujeres funciona sólo hacia delante, igual que la de los hombres, y las contorsiones necesarias para abrir y cerrar una larga fila de pequeños botones o subir y bajar una cremallera posterior son tan difíciles para ellas como para ellos. Así pues, la explicación de esta disparidad de confección tan poco práctica no está en la naturaleza ni en la anatomía, sino en la sociedad y en la cultura.

Tal vez sea un detalle nimio, pero es una nimiedad simbólica, y con símbolos construimos nuestra concepción de la realidad. Los botones en la espalda nos dicen que aunque hoy las mujeres adultas se visten solas, lo cómodo, lo “ideal”, sería que alguien –una madre, una amiga, una doncella, un marido- las asistiese en esa tarea cotidiana. En cambio, la ropa masculina indica que los hombres adultos se visten siempre solos. Estos símbolos revelan que en nuestra sociedad los hombres son considerados autónomos por principio; las mujeres, depende. Si para ellos la autonomía es un hecho incuestionable, para ellas es una carrera de obstáculos, sembrada unas veces de simples engorros y otras de auténticas murallas que les impiden vivir en libertad e igualdad.

Seguir leyendo »

¿Democracia sin partidos?

Hace algunas semanas, la Cadena SER difundió un estudio según el cual el 57% de los españoles considera que la democracia podría funcionar sin partidos políticos, mediante plataformas ciudadanas constituidas para la gestión de los asuntos públicos. Lo interesante del estudio no es la constatación del desapego a los partidos, ya recogida en otros sondeos, sino la tendencia de fondo que revela: por primera vez desde la Transición, los partidos dejan de percibirse como agentes imprescindibles en democracia, mientras avanza la idea de que sus funciones pueden ser desempeñadas por movimientos ciudadanos.

El desprestigio de los partidos se nutre de elementos coyunturales y de tendencias más constantes, que llevan décadas con nosotros. Como factores coyunturales, destacan la cascada de casos de corrupción conocidos en los últimos tiempos –aluvión que elevó la corrupción al segundo puesto entre las preocupaciones ciudadanas en el último barómetro del CIS- y la sensación de que la política no está siendo capaz de encontrar soluciones para la crisis ni de proteger a los ciudadanos de sus consecuencias negativas. La combinación de falta de resultados con descrédito moral erosiona la legitimidad de los partidos políticos. Pero lo cierto –y este es el elemento constante- es que estos actores nunca han gozado de buena fama ni aquí ni en otros lugares, por considerárseles sinónimos de división y confrontación; no en vano “partido” viene de “parte”. La historia reciente de España, donde se mezclan el conflicto extremo, el antipoliticismo atizado por la dictadura y una cierta mitología del consenso, acentúa esa visión negativa.

Seguir leyendo »

Piensa mal y acertarás, o no

¿Le indigna que todos los diputados y senadores tengan coche oficial? ¿Le parece mal que el número de políticos en España supere los 400.000? Es posible que su respuesta a ambas preguntas sea afirmativa. El problema es que las dos contienen afirmaciones falsas que, al difundirse, mucha gente acaba asumiendo como ciertas.

En realidad, sólo los miembros de la Mesa y los Portavoces de los Grupos Parlamentarios tienen derecho a vehículo oficial pagado por las Cortes. Y la cifra de políticos está en torno a los 100.000, la mayoría de los cuales ejerce además en el ámbito local y lo hace gratis et amore, a veces poniendo dinero de su propio bolsillo. Insisto en el aspecto pecuniario porque la diana de esos mitos elevados a categoría de verdad es siempre la misma: el coste económico de la política democrática.

Seguir leyendo »

Quien parte y reparte

Invocando el pretexto de la crisis –como hace para muchas otras cosas– en sólo dos ejercicios el Gobierno de Mariano Rajoy ha reducido la asignación presupuestaria a los partidos políticos en más del 40%. Más allá de protestas puntuales de la oposición y de algún artículo en prensa, la medida no ha hecho mucho ruido. No lo ha hecho, en parte porque los sucesivos mordiscos a esta partida han quedado disimulados entre los recortes en sanidad o educación, y en parte porque pagar menos a los partidos goza de cierta popularidad. En un momento de crisis política, cuando los escándalos de corrupción se suceden día tras día, el aprecio ciudadano por los partidos –que nunca fue muy grande– está bajo mínimos. Para mucha gente, decirles “no con el dinero de mis impuestos” es una solución tentadora. Tan tentadora como peligrosa, especialmente para quienes se consideran de izquierdas, porque desequilibra la balanza… y lo hace hacia la derecha.

En España, como en la mayoría de países europeos, la financiación a los partidos es mixta: además de la dotación pública, existen aportaciones privadas. Dentro de estas últimas, el montante cuantitativamente más significativo corresponde a las donaciones procedentes de particulares o de empresas. Cabe intuir que donan más quienes más tienen, y que la afinidad de quienes más tienen está más próxima a las formaciones políticas conservadoras que a las progresistas.

Seguir leyendo »