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TODOS SOMOS BIRDMAN, A PESAR DE LA INESPERADA VIRTUD DE LA IGNORANCIA.

No nos engañemos. Los seres humanos somos patéticos y no hay nada que pueda cambiar un hecho tan incontestable como ése. En algunos casos, pocos y muy señalados, nacen personas que sobresalen por su capacidad para decir y hacer aquello que los demás solamente soñamos, pero que, por una causa o por otra, somos incapaces de hacer y/o decir.

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No nos engañemos. Los seres humanos somos patéticos y no hay nada que pueda cambiar un hecho tan incontestable como ése. En algunos casos, pocos y muy señalados, nacen personas que sobresalen por su capacidad para decir y hacer aquello que los demás solamente soñamos, pero que, por una causa o por otra, somos incapaces de hacer y/o decir.

Sumidos en nuestra profunda ignorancia, pensamos que por todas aquellas cosas que hemos creado o robado de la naturaleza somos “la raza superior” “el homo sapiens” o majaderías como las que, día tras día, escuchamos, ciegos ante la evidencia de nuestra propia e insana naturaleza.

Encima y para colmo de males pasamos más tiempo preocupados de lo que hacen los demás que empeñados en superar nuestras taras, circunstancia que nos ha llevado a una nueva crisis -ya mundial, que no local- la cual amenaza con desequilibrar las cosas hasta extremos nunca antes alcanzados, acabando con cualquier posibilidad de entendimiento entre los que tienen, una minoría, y el resto.

Ya ni tan siquiera hace falta subir al escenario para ver los negros nubarrones que se ciernen en el horizonte, a imagen del literario cuervo descrito por Poe en sus legajos y bajo cuyas alas sobreviven, muy a duras penas, los miles de millones de seres humanos que, cada día, que se parecen más a los protagonistas de la sensacional E tu vivrai nel terrore! L'aldilà (The Beyond. 1981) del tristemente desaparecido Lucio Fulci.

En su secuencia final, los protagonistas quedan atrapados en un dantesco escenario, sin posibilidad alguna de escape por mucho que miren a su alrededor, circunstancia que les emparenta, de alguna u otra forma, con el protagonista de Birdman, otro magnífico ejemplo del cine de autor, pero que no cae  en la pedantería y en el exceso de “lo cotidiano”- hecho que parece querer terminar con cualquier atisbo de originalidad dentro del panorama cinematográfico actual-.

Riggan Thomson (Michael Keaton) en un actor marcado por haber dado la réplica a un superhéroe conocido como Birdman. Aquel papel le dio una fama explosiva, banal y tan poco duradera como llegó a ser su matrimonio, y eso que su mujer era lo mejor que le había pasado en su vida, por tópico que esta afirmación pueda sonar.

Ahora, con medio siglo sobre las espaldas, Thomson está empeñado en demostrar que es algo más que un actor que logró la fama gracias al boom de películas basadas en héroes gráficos y/ o literarios, y trata -casi diríamos que de manera infructuosa y suicida- de llevar al escenario la obra What We Talk About When We Talk About Love, escrita por Raymond Carver en 1981.

Thomson tuvo en sus años de juventud un encuentro con Carver y, desde entonces, albergaba la idea de llevar uno de los relatos cortos del literato y poeta norteamericano hasta los escenarios de Broadway. Con lo que no contaba el actor era con la hostilidad manifiesta de los “sesudos críticos” del circuito teatral neoyorquino- tan mezquinos como incapaces de admitir su profundo y manifiesto patetismo- y con los problemas que siempre acarrea trabajar con actores que tienen su ego, o sus inseguridades más grandes que su cerebro.

Y es que tanto Lesley (Naomi Watts) como Mike (Edward Norton) son eso mismo, dos actores, muy buenos -en especial, él-, pero incapaces de dejar atrás sus taras, sus neurosis y sus inseguridades. Acaban por ser dos niños pequeños empeñados en montar la pataleta suprema, sin reparar en gastos, ni en las consecuencias.

Pivotando entre todos está Sam (Emma Stone), hija disfuncional, ex-adicta, que tampoco tiene muy claras sus prioridades. Y, aún menos, su relación con un padre al que recuerda más por las fotos en las marquesinas de los cines que por los momentos que pasaron juntos.

¿Quieren más? Pues hay hasta un amigo abogado-productor Jake (Zach Galifianakis) que, lejos de solucionar problemas, los ocasiona -a veces, sin querer, y a veces, queriendo-, de igual forma que Laura (Andrea Riseborough), la “novia” de Thomson, tampoco le apoya.

Ante tal cúmulo de circunstancias, no es extraño que Thomson oiga en su cerebro la voz del héroe que una vez fue, capaz de volar, de levitar, de mover cosas con su pensamiento y que no se rendía, ante nada, ni ante nadie, por muy adverso que el futuro se le presentara.

Claro que aquello era tan sólo una película, y esto es la dura, áspera y patética realidad de un ser sumido en sus propias dudas, sus inseguridades, su melancolía y su deseo de que, por una vez, pueda hacer una cosa bien y luego, si se diera el caso, dejarlo todo y dedicarse a vivir lo que lo que le quede de vida, sin mayores problemas.

¿Les suena de algo esta última frase? ¿No han sentido, por lo menos una vez en sus vidas, ganas de hacer una cosa, solamente una cosa siguiendo las reglas propias, y luego dejarlo todo y vivir sin mayores pretensiones?

Ya se sabe que “de la teoría a la práctica, hay un buen trecho” pero, visto lo visto, Riggan Thomson, termina por ganarse ese derecho, ya sea por la inesperada virtud de la ignorancia –subtítulo de la película escrita, producida y dirigida por el director mejicano Alejandro González Iñárritu- o porque, algunas veces, algún patético ser humano logra hacer algo digno de mencionar.

Después está todo aquello que emparenta a Riggan Thomson con el personaje de la canción de Alberto Cortez “Castillos en aire”, en especial la última de las estrofas de la canción. Esa parte fue la que más me gustó de toda la película, por la forma en la que el director no se olvida de la capacidad de fabular que también es inherente a los seres humanos y que, por desgracia, algunos se empeñan en querer borrar del séptimo arte.

Birdman no es una película fácil, más bien todo lo contrario. No se engañen, casi nadie sale bien parado, más bien diría que apaleado, pero, el regusto final, la sensación que te queda -sello de fábrica de Alejandro González Iñárritu en todas su películas- hace que uno acepte quién es y, a pesar de todo, recupere algo de la fe que esta sociedad banal, mercantilista, farisea y patética se empeña en arrebatarnos.

¿Y los Oscar? Un aliciente más, pero la película no los necesitaba para ser tan sobresaliente como es. Y, además, según los críticos, había otra película más merecedora que Birdman... La moraleja de esto es que el mejor veredicto es el de los espectadores -que para eso se gastan sus dineros en calentar una butaca de cine durante dos horas o más- y no de quienes afilan sus colmillos retorcidos para poner a caldo a todo aquel que se arriesgan en hacer algo.   

© 2015 New Regency Pictures, M Prods & Le, Grisbi Productions.

 

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