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El proyecto europeo necesita un gobierno democrático

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En Europa estamos viviendo las consecuencias de una unión monetaria defectuosa, mal diseñada y más fruto de la ilusión y el voluntarismo que no de la sabiduría y el coraje político. La historia, y un análisis mínimamente serio de la realidad, nos dicen que la unión monetaria no es posible sin unión fiscal, y ésta no lo es sin unión política. Aquí se quisieron hacer las cosas en el orden invertido y el resultado es el que estamos viendo.

Se pensó que podía seguir funcionando el método Monnet: la integración económica por la base arrastraría a su detrás la integración política. Pero, en realidad, la unión monetaria ya era un paso importantísimo en el terreno de la integración política, que no se podía dar a medias. La unión monetaria era la culminación de este proceso basado en la lógica Monnet. Pero, a la vez, suponía su agotamiento. Porque era ya un paso decisivo en el terreno de la integración política: significaba, nada más y nada menos, que la renuncia a la moneda, uno de los atributos más emblemáticos de la soberanía nacional. Y este paso no se podía dar a medias. A partir de aquel momento, la integración política tenía que pasar al frente; era ella la que tenía que arrastrar la integración económica y monetaria. Sólo si así se hace será posible consolidar los pasos que se han dado.

De hecho, la realidad nos dice que en los últimos tres años y medio (desde mayo de 2010, cuando va se certificó la gravedad de la crisis de la deuda) se ha producido un proceso de transferencia de poder político, de soberanía, hacia las instituciones de la UE de una intensidad que habría sido simplemente impensable unos años atrás.

Pero este proceso tiene una falla de origen, que lo debilita de manera decisiva y lo puede convertir en simplemente ineficaz, e incluso contraproducente, y es que la transferencia de poder político no tiene lugar de los estados nacionales hacia un gobierno europeo elegido democráticamente por los ciudadanos europeos, sino hacia instancias intergubernamentales, el Consejo de la Unión. Esto ha conducido a una fractura muy grave entre legitimidad democrática y poder: los que de verdad mandan no han sido elegidos por los ciudadanos y los que han sido elegidos democráticamente, no son los que toman las decisiones. Los que tienen la legitimidad democrática de origen no son los que mandan, y por lo tanto acaban perdiendo también la legitimidad, porque no tienen la de ejercicio.

El hecho que el poder de toma de decisión política esté residenciado en instancias intergubernamentales ha conducido a una jerarquización visible entre gobiernos estatales (con Alemania al frente) y a un poder cada vez más delegado, ciertamente, pero también más grande de la superestructura tecnocrática de la Comisión (a su vez, de un origen democrático más que discutible).

No nos tiene que extrañar que esta fractura haya conducido a la situación que nos encontramos actualmente en muchos países europeos, caracterizada por la doble crisis de la confianza de los ciudadanos en Europa y en las instituciones de representación democrática. Esta fractura entre legitimidad y poder sólo se puede reparar restableciendo la correspondencia entre el ámbito en el que se ejerce la democracia, que tiene que ser el europeo, y el ámbito en el que se toman las decisiones políticas, que en buena medida ya es el europeo. Un gobierno democrático europeo elegido por los ciudadanos de la UE. 

La situación actual, en la qué el centro de gravedad de la UE se ha desplazado manifiestamente hacia instancias intergubernamentales, simplemente, no es sostenible. Algunos podrían decir que sólo se trata de una estación intermedia para avanzar hacia una auténtica integración política. Pero, mientras tanto, como observamos cada día, las dinámicas que se han desatado dificultan cada vez más este objetivo, son dinámicas mucho más de divergencia que no de confluencia en el gran proyecto europeo. 

Muchas veces, para avanzar el gradualismo es imprescindible. Pero en este caso, cómo han señalado recientemente Stiglitz y Simms, el ritmo es importante. Europa no se puede permitir entrar en una larga etapa de estancamiento y de marasmo económico y de progresivo crecimiento de los sentimientos antieuropeos. Las próximas elecciones en el Parlamento Europeo tendrían que ser una oportunidad porque las grandes fuerzas políticas europeas presentaran planteamientos comunes que levanten sin temor, con coraje, la bandera de la integración política europea y de la creación de un gobierno democrático europeo.

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