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¡Qué cara nos saldrá la ignorancia!

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En la novela “De la Tierra a la Luna” de Julio Verne, los científicos hacen una colecta, país por país, para enviar un cohete a la luna. De España se dice esto (y trascribo literalmente la cita gracias a un amigo novelista que me hizo llegar la observación): “Respecto a España, no se pudieron reunir más que ciento diez reales. Dio como excusa que tenía que concluir sus ferrocarriles. La verdad es que la ciencia en aquel país no está muy considerada. Se halla aún aquel país algo atrasado. Y, además, ciertos españoles, y no de los menos instruidos, no sabían darse cuenta exacta del peso del proyectil, comparado con el de la Luna, y temían que la sacase de su órbita; que la turbase en sus funciones de satélite y provocase su caída sobre la superficie del globo terráqueo. Por lo que pudiera tronar, lo mejor era abstenerse. Así se hizo, salvo unos cuantos realejos".

Esto se escribió en 1865, pero bien podrían actualizarse los “realejos” que con la devaluación, los recortes y el aumento del IVA, prácticamente quedaríamos igual que hace más de un siglo.

No sólo protestan los médicos, los profesores, los estudiantes, los profesionales de la cultura, sino también los científicos. Aquellos estudiosos que siempre parecen alejados de la órbita real, cuyo conocimiento está fuera de nuestras fronteras del conocimiento, a los que se les ve con un respeto reverencial, pero desconocido. ¿Somos realmente conscientes de lo que supone que los científicos españoles griten que vivimos un panorama desolador o que nos estamos jugando el progreso del país?

El gobierno juega con la débil memoria de los españoles y también con un ánimo de incapacidad de que “nosotros no estamos preparados para competir científicamente con otras potencias”. Por eso, los recortes se realizan de forma drástica sin que acaben de asumirse con la misma rebeldía que en educación y en sanidad, porque seguimos pensando que la Ciencia y la Cultura sólo se la pueden permitir los ricos, y que en épocas de vacas flacas, no podemos “gastar” en ciertos lujos.

A la ciencia le falta financiación adecuada, pero también concienciación social para saber cuánto nos jugamos. ¿Cómo es posible que sea más importante para salir de la crisis un Eurovegas que un proyecto científico? ¿Acaso podríamos entender nuestro hábitat social sin la ciencia y la tecnología?

Pero el gobierno, con Wert a la cabeza - que como buen sociólogo sabe que la educación constituye la principal herramienta de un gobierno para “someter” a la ciudadanía – trata de imponer la “fe” antes que la “razón”, “las cuentas” antes que “los cuentos”, “la segregación” antes que la “cohesión”.

Lamentablemente, esta crisis económica no sólo está produciendo una desigualdad social imparable e inmoral, sino que también está dividiendo al mundo en dos orillas: las potencias que tengan en su mano el conocimiento y, por tanto, el progreso y la riqueza, y los países que rebajen su calidad de vida, sus perspectivas de futuro y su bienestar social.

Ahí nos encontramos nosotros: con una apuesta por un empleo barato y alienante, con una fuga de cerebros impresionante, y con unos valores éticos confusos y desordenados.

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