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¿Prohibida la entrada?

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Austria envía el ejército a su frontera para ayudar en los controles policiales

Refugiados caminan por las vías del tren de Horgos a Szeged cerca de Rozke en Hungría, el 13 de septiembre.

Mi abuelo se tuvo que exiliar a Francia, supongo que para él ese viaje no sería una aventura, sino más bien un tormento por el que debía pasar para llegar a la supuesta tierra prometida. Mi abuelo, como miles de personas, eran uno refugiados que escapaban del horror de la posguerra y que anhelaban un futuro mejor. Alguna vez, al calor de la mesa, nos contaba cómo los trataban en el país vecino, recordaba con ironía, que en algunas puertas de los bares del pueblo donde malvivía, se podía leer en un cartel la prohibición de entrar perros y españoles. Siempre sentíamos rabia por ese trato al que sometían a los españoles de aquel pueblo, no queríamos pensar el sentimiento deshumanizado de inferioridad que debía tener mi abuelo, al que, por supuesto, le tenían que traducir el cartel. Comparar a españoles con perros, era denigrante. Cuando era pequeño y oía esa historia no me gustaban los franceses.

Hoy un video grabado en el campamento de refugiados de Roszke, en Hungría, se podía ver como la policía lanzaba la comida a una multitud hambrienta y nerviosa. Esa es una muestra más del descontrol que está habiendo en esta crisis humanitaria, donde algunos están tratando a los refugiados sirios como mercancía o como animales. El conflicto en Siria ha llegado a orillas de Europa, y ésta se encuentra incapaz de reaccionar. Algunos políticos han demostrado su vena más racista, y no entendiendo que nadie se marcha de su país a gusto cuando están aniquilando a tus compatriotas, amigos o vecinos, se muestran duros e insensibles. La televisión nos está demostrando, como suele hacer, las miserias del ser humano: niños que saltan alambradas perseguidos por militares, gente empujada por policías asustados y hasta una reportera que demuestra un grado de frialdad digno de algún psicópata. La escena, en la que Petra Lászlo zancadillea a un hombre con un menor en brazo, ha dado la vuelta al mundo, es una de las imágenes que se han podido ver, porque una cámara estaba allí, una de las escasas escenas que hemos visto, de las miles de atrocidades y escupitajos que han vertido contra los derechos humanos. La periodista ha sido despedida de inmediato, por mucho que el canal Nemzeti 1, vinculado ideológicamente al partido de ultraderecha Jobbi, tenga claros tintes xenófobos. Pero está claro que una exposición mundial con esa imagen tan desdeñable, no es, ni sería, lo mejor para el canal ni para el partido. Aunque si hay algo que ha conmovido a la sociedad europea y mundial, eso ha sido la triste fotografía de un niño, Aylan, vestido como cualquier niño, con su pantaloncito corto azul, sus zapatos y su camiseta roja. Un niño que podría ser cualquier chiquillo europeo, jugado en cualquier parque de Viena o Berlín. Ahogado por intentar, junto a su familia, huir del horror. No ha sido el único que ha fallecido así entre los refugiados, tampoco el único niño en un conflicto bélico en el mundo que tiene un final tan horrible, pero éste ha tenido el flash de una cámara, una cámara que ha levantado más voces a favor de los refugiados y en contra de la guerra en Siria, que cualquier documental y que cualquier noticia con tiros y ambulancia.

Los refugiados viene masivamente, saben que si tardan un poco más, que si se asuntan ante el viaje, el mar en breve no les dejará viajar y no tendrá muchas opciones de vivir. Sienten miedo, como cualquiera de nosotros lo tendría, ven sus casas y ciudades destruidas, todo lo que era su vida convertido en fosfatina, en nada. Los jóvenes que se marchan de España buscando un futuro más prometedor, cuando vuelven tienen sus casas, sus calles, los bancos donde solían sentarse o los parques por donde les gustaba pasear. Imagínense volver de Francia o de Alemania, a un país sin sus familiares, muertos por la metralla, sin sus parque para pasear, aplastados por las bombas, y sin amigos a los que comentar su nueva vida, amputados o muertos por las minas. Los sirios, si algún día vuelven, saben que no podrán pasear por lo mismos lugares, no al menos como ellos los conocían, ya no tendrán esa escuela en pie donde los niños aprendían y sus amigos no estarán allí, sino que se encontrarán esparcidos por Europa, donde les toque. Este flujo migratoria no es nuevo, y tal vez no sea el último, Europa y el mundo están comprometidos a acoger a los refugiados, personas que huyen de la muerte, pero aún así ponen trabas, tuercen el gesto, discrepan e intentan crear confusión con mentiras. Javier Maroto, portavoz del PP en Vitoria, ha dicho que entre los refugiados pueden haber yihadista, de esos que un día ponen un bomba y todo se funde a rojo y negro. Lo ha dicho sin pruebas, pero lo ha dicho. También ha comentado, que hay que solidarizarse y ayudarles. Curioso lo de Maroto, primero nos asusta, luego se vuelve más social, como los padres que ven que su hijo no va con gente que les guste, y un día le dicen que sus amigos parecen buenos, pero que junto a ellos él no tendrá mucho futuro. Es la estrategia del miedo soterrado, del miedo latente: hay que ayudar, pero pueden venir yihadista y luego, vendrán las bombas. Con ese discurso se pretende dar una ayuda puntual, pero en seguida deportarlos, por peligro de terrorismo internacional. No vaya a ser que sus votantes más racistas se sientas mal con la llegada de tanto sirio.

Mi abuelo ya no está entre nosotros, ahora pienso que no deseo volver a ver la imagen de gente gritando mientras les tiran comida, como si fuera un zoo o niños ahogados por huir de la muerte. No me gustaría que en la frontera de España o de Europa pusiera, “Prohibido perros y Sirios”.

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