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Suiker, el desastre imparable

Cuando el espectador vea *Suiker* a continuación, seguro que disfrutará. Pero menos, mucho menos que si lo viera ante un gran auditorio. Fue una de las sensaciones del año anterior en todo festival en que se programaba, y ahora, por fin, puede verse por la red.

Es un corto de lo más sencillito, o al menos eso es lo que aparenta. Se suele catalogar como una comedia negra, y sin embargo es difícil imaginarse algo tan blanco y tan alegre. Y aunque su aspecto rebosa corrección y pulcritud centroeuropeas, acaba emergiendo un espíritu de lo más gamberro. Véase esta imagen de un forense, que descubre un extraño elemento en la boca de un cadáver, y que desencadena toda la historia.

El lector no puede ni imaginarse la cantidad de cortometrajes que pretenden llamarse comedias y que se hacen al cabo del año, y los poquísimos, pero poquísimos, que finalmente logran hacer gracia. Si en los festivales de cine suele haber pocas comedias no es porque los seleccionadores sean unos aburridos (bueno, a veces sí), sino porque, simplemente, no hay. Cuando aparece una buena comedia es como un soplo de aire fresco. Y eso es lo que ocurre con *Suiker*. A modo de aperitivo, veamos el trailer:

El planteamiento es ingenioso, pero terriblemente arriesgado. Podía haber dado pie a una colección de bromas chabacanas sin puñetera gracia. Una vez más, no hay historias vulgares, hay tratamientos vulgares. Y en ese sentido, el corto sortea esos peligros cuarteleros gracias a una serie de opciones estéticas que le dan carta de nobleza. Hablamos de:

Una perfecta coreografía del gag visual. Con toda probabilidad, el equipo del corto llevó a cabo innumerables ensayos para que todos los movimientos de los personajes funcionasen a las mil maravillas: la mejor manera de que la chica se cayese, la posición más adecuada cuando ya está muerta, la manera de subir y bajar el camisón...

Llegados a este punto, permítannos una pequeña digresión: Buster Keaton decía que, en un gag, debe verse al cómico de cuerpo entero, pues de lo contrario el espectador pensará que hay truco. Hoy en día, el gag ya no se hace así, pero siempre es de agradecer que tenga el menor montaje posible.

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El curioso caso de Jean-Gabriel Périot (II)

Definitivamente, las obras más rotundas de Périot son dos cortometrajes que giran en torno a hechos históricos del pasado siglo. Hechos espantosos o conmovedores, pero en cualquier caso llenos de matices, y con una elaboración formal decididamente portentosa.

El primero de ellos ofrece una mirada insólita sobre el, en principio, glorioso día de la Liberación de París en agosto de 1944, tras años de ocupación por parte de los nazis: Eût-elle été criminelle..., o sea, Aunque ella haya sido una criminal... Pero, antes de empezar a hablar, veámoslo:

Eût-elle été criminelle... / Even If She Had Been A Criminal... (2006) from Jean-Gabriel Périot on Vimeo.

Después de una primera parte que recorre a velocidad de vértigo la historia de París durante la Segunda Guerra Mundial, llegamos al día de la Liberación, que siempre nos había sido presentada como una jornada memorable para el triunfo de la libertad y la democracia. Pero Périot, nada sospechoso de simpatía hacia el nazismo, muestra su cara oscura: la prepotencia, la impunidad, la extrema agresividad de los vencedores hacia mujeres sospechosas de haber tenido trato con oficiales nazis.

Las imágenes que recopila Périot ofrecen una visión bastante terrible no de la Liberación de París, sino, una vez más, de la condición humana y su compulsión agresiva.

Al humillar a estas mujeres, rasurarlas, abofetearlas y exponerlas al escarnio general, vienen a nuestra memoria las imágenes del trato inhumano de los judíos por parte de los nazis. Con este acto brutal, los aliados demuestran que la barbarie no es patrimonio exclusivo del fascismo. En cuanto a los abanderados de la democracia se les da oportunidad, no dudan en reproducir los mismos comportamientos humillantes que emplearon sus verdugos nazis. Puede que no lleguen a los extremos a los que llegaron estos, pero lo que vemos no deja de inspirarnos repugnancia.

Y. una vez más, hay que reseñar la fabulosa armonía entre imágenes y música, con un empleo simplemente ejemplar de los materiales de archivo y de la célebre Marseillaise.

Los materiales de archivo. No es la primera vez que se concentra la narración de un hecho histórico que dura años, o décadas, en un montaje vertiginoso de imágenes, pero nunca, o casi nunca, se ha realizado de manera tan brillante.

Comenzando por la disposición de las imágenes: después de un inicio que deja claro que la historia va a girar en torno a la grandeur francesa, Eût-elle... equilibra a la perfección los planos que muestran el ascenso nazi, el estallido de la guerra, batallas y bombardeos, el Desembarco de Normandía y la Liberación de París, con un sentido del ritmo y de la progresión dramática que hace que parezca fácil lo muy difícil.

En la segunda parte, centrada en la Liberación, aparece un sorprendente artilugio narrativo. Périot muestra imágenes triunfales de la Liberación, pero esas imágenes son sólo fragmentos de la imagen completa. De este modo, Périot da a entender que las imágenes triunfales sólo son visiones parciales de un hecho histórico, la Liberación, en las que únicamente se muestra la parte más complaciente de la misma. Imágenes como la de un hombre de media barba que sonríe al espectador, unos parisinos haciendo la V de la Victoria, o este señor tan jubiloso:


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Fantasías sexuales femeninas: Tram

Cuenta la leyenda que, en la época dorada del cine de animación infantil, algunos dibujantes clásicos aprovechaban las horas muertas para perpetrar versiones pornográficas, y nada pero nada candorosas, de sus personajes favoritos: Mickey, Pluto, Tom y Jerry, todos fornicando a lo loco con todos. Versiones que, cómo no, nunca traspasaron los pasillos de los grandes estudios. Con alguna excepción, como el desopilante Buried treasure de finales de los 20, cuya paternidad no está ni mucho menos reconocida por nadie.

Es lícito pensar que la misma reacción sanamente gamberra tuvo lugar en los estudios húngaros, checos o croatas, donde se hacían esos entrañables cortos con marionetas que ilustraban cuentos populares, unidos para siempre a la nostalgia infantil de los mayores de 40. Con toda probabilidad, los animadores se montarían camas redondas con Blancanieves, los enanitos y el príncipe, y otros escarceos por el estilo.


Ese espíritu revoltoso, y al fin y al cabo bastante ingenuo, es el que aparece en la obra reciente de la estupenda animadora checa Michaela Pavlátová (nominada al Oscar por su Reci, reci, reci, un corto algo envejecido pero aún lleno de encanto), y que en los últimos años se ha dedicado a construir un universo propio de fantasías sexuales femeninas, mostradas con todo lujo y delectación. Y sin que nunca falte ese sentido del humor checo, siempre sorna y siempre ternura, que recuerda a cineastas paisanos como Jiri Menzel o Milos Forman.

La última pieza de Michaela Pavlátová es una pequeña delicia producida en Francia llamada Tram, que comenzó su triunfal carrera ganando el Cristal de Annecy, es decir, el gran premio de cortometraje del Festival de Cine de Animación más importante de Europa. En este sentido, tengo que decir que el premio me parece un poco exagerado. Tram me gusta, pienso que es un trabajo bastante agradable, pero en ningún caso le otorgaría el status de corto de animación del año. En cualquier caso, no tengo ninguna duda de que Tram merece verse, y perseguirse.

Tram sucede en un día gris cualquiera de una ciudad gris cualquiera. La protagonista es una conductora de tranvía de generosas tetas y más generosa fantasía, que inicia su jornada. En el trayecto sólo se suben hombres, todos ellos circunspectos, repetidos, leyendo el mismo periódico (en el mundo de Pavlátová no hay lugar para portátiles ni smartphones). El caso es que, en mitad de la rutina laboral, la imaginación sexual de la conductora se despierta y, finalmente, se dispara. De modo que todo se transforma: las palancas de cambio, los botones del vehículo, la ranura para clickar los billetes... Algo que ya se adivina en el trailer:

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El curioso caso de Jean-Gabriel Périot (I)

Menos es más. El gran cine también puede hacerse con un simple puñado de recortes, fotos, materiales de archivo. Ahí está A story for the Modlins. O una pieza soberbia que desgranaremos como se merece en próximas entradas: El pabellón alemán.  

Y por supuesto, el caso que nos ocupa, que no se centra en un cortometraje en particular, sino en la obra global del francés Jean-Gabriel Périot. Uno de los cortometrajistas que, en los últimos años, más y mejor ha logrado despertar en los aficionados el sentimiento esencial de ver cine: la fascinación.


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Los tachados

A la hora de escribir sobre este precioso cortometraje, me encuentro con dos posibilidades. Puedo contar el argumento de principio a fin, de modo que el lector quede cautivado por una historia que difícilmente puede dejar indiferente. O puedo contar lo preciso, dejándole con la miel en los labios, provocándole un deseo manifiesto de descubrir, por sí mismo, las claves de este secreto familiar.

Me decido por la segunda opción. Me parece más sugerente, aunque sé que también tiene sus contras. Porque, aunque esta obra deliciosa ha podido ser admirada en Cannes, Huesca, Alcine o Morelia, probablemente queden escasas oportunidades de volver a verla en un tiempo próximo. Ojalá que estas líneas animen a alguien a programar el corto en su festival, o darnos la oportunidad de verlo en una plataforma de la red, o en algún programa de televisión.

Los tachados


Aunque Los tachados es una producción sueca, el cortometraje está dirigido por un mexicano, y la acción transcurre íntegramente en México, ya que el director, también protagonista y guía, viaja de Suecia a su país natal para reencontrarse con su familia. Así que tiene más sentido verlo como un corto latinoamericano, si bien el alcance de su historia es universal. La familia retratada podría ser la suya o la mía.

El título español hace referencia a un enigma en torno a la abuela del director. Esta tuvo cinco hijos, pero dos de ellos aparecen literalmente tachados en todas las fotografías que esta posee.

La abuela es, dicen, una mujer de mucho carácter, y nadie se ha atrevido a preguntarle el porqué de ese extraño tabú. Pero su nieto Roberto, cineasta, tiene una relación muy especial con ella, y en sus dos semanas de estancia en México está resuelto a desentrañar el misterio.

A partir de aquí, se desarrolla una investigación documental, casi a la manera de un "thriller". El corto se estructura a partir de tres visitas que hace Roberto Duarte a su abuela. En la primera, Roberto hace preguntas tibias. En la segunda, intenta descubrir con su cámara alguna foto en la que los dos hijos no aparezcan tachados, pero aún no se atreve a hacer las preguntas cruciales. En la tercera, Roberto se dispone a romper el silencio de su abuela de una vez por todas, con la cámara oculta en un rincón.

Uno de sus mayores atractivos es que el propio director es un miembro de la familia. Y eso convierte a Los tachados en un documental realizado con una deliciosa mezcla de atrevimiento y pudor. Atrevimiento, porque el cineasta descubre al público las lacras ocultas de su propia prole. Y pudor... El pudor es mucho más interesante.

Roberto va descubriendo que pisa terreno pantanoso, que hurga en viejas heridas, que está jugueteando con los sentimientos de su abuela. Eso hace que se interrogue continuamente sobre la conveniencia de llegar al final de este documental. Así que graba a las personas y las cosas con extremo cuidado, con planos distantes, procurando no herir a los suyos, y a veces decide no mostrar algunos materiales que ha rodado. Todo ello dota al corto de un sentimiento quebradizo, una emoción insospechada.

*Los tachados* es una película, pero también es una profunda experiencia vital. Duarte no graba el documental, lo vive. Al finalizar la grabación, sabe más de sí mismo y de su entorno.

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Los cortos de Woody Allen

Da igual que algunos hayan detestado buena parte de sus últimas películas, cuando llega un estreno de Woody Allen las colas vuelven a formarse en los cines de manera ineluctable. Tal vez sea porque su cine rebosa, por encima de cualquier otra consideración, amor a las personas. “Hay que confiar en las personas”, decía Mariel Hemingway a Allen en el bellísimo final de Manhattan.

Cualquier nuevo título de este judío universal se recibe como un acontecimiento. Así que tal vez sea el momento de rescatar del olvido alguna que otra joya más o menos diminuta, escondida en los recovecos de su, por fortuna, extensa filmografía.


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El empleo

Analizar un cortometraje como El empleo es una tarea absurda. Este corto espanta los análisis a manotazos, resulta imposible atrapar en un escrito racional toda la sorna, la piedad, la emoción que transmite en unos pocos minutos, a lo largo de un desarrollo prodigioso en el que no se sabe qué admirar más:

La desarmante sencillez de los elementos en juego: un hombre se dirige a su rutina habitual, con una pequeña variación que convierte esa rutina en una experiencia aterradoramente verosímil.

El empleo

El empleo


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El corto del año: A story for the Modlins (y II)

La brillante apertura de A story for the Modlins merece ser descrita con todo detalle. Todo comienza así:

Logo Paramount 1968

Logo Paramount 1968

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El corto del año: A story for the Modlins (I)

Hay historias que nacen predestinadas a crear fascinación. Eso es lo que ha ocurrido con el relato de la extravagante familia Modlin, dada a conocer al gran público a través de un descubrimiento tan fortuito como novelesco. Fue hace unos años cuando el joven fotógrafo, ingeniero y diseñador Paco Gómez se encontró con toda una colección de fotos y documentos tirados en la basura de la calle madrileña del Pez. Material sentimental que había pertenecido a una familia cuyos escasos miembros (el padre, Elmer; la madre, Margaret; y el hijo, Nelson) ya habían fallecido.


A story for the Modlins

A story for the Modlins

Fotos y documentos que incitaban a ir mucho más allá: con ayuda de otros colaboradores, Paco Gómez comenzó a recopilar datos, atar cables, llegar al fondo de las peculiaridades de los Modlin, y se encontró con todo un universo familiar tan excéntrico como profundamente inquietante. Siguiendo la máxima hitchcockiana, por un lado tiene gracia, pero por otro, maldita la gracia que tiene.

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