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EXTREMADURA

Opinión

Centro Sociosanitario de Mérida: ¿un lugar donde vivir?

“Las unidades de psicogeriatría son laberintos de estrechos pasillos apenas iluminados, con salas y dormitorios de paredes alicatadas desde el suelo hasta el techo con baldosas blancas; los dormitorios, donde hay varias camas, son compartimentos estancos, sin ventilación, que no permiten ningún tipo de intimidad personal”

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Acceso al centro sociosanitario de Mérida / Google Maps

Entrada al antiguo Psiquiátrico G. Maps

En octubre de 1920 el periódico El Sol informaba de la mala situación en que se encontraba La casa de dementes de Mérida, más conocida como Manicomio del Carmen y sita en lo que actualmente es el Museo del Costurero de esa ciudad: alojaba a 244 enfermos que vivían en penosas condiciones de higiene, pasando un hambre terrible y ajenos a los tratamientos facultativos por falta de dinero. La ausencia de agua en el edificio, antiguo convento de los Franciscanos Descalzos, hacía que una procesión de enfermos con cubos se encaminara a diario a una fuente cercana, levantando curiosidad y temor entre los vecinos y vecinas de la villa.

La referencia, dada por Enrique González Duro en su Historia de la locura en España (Tomo III, capítulo V, Del manicomio a la neuropsiquiatría), se certifica con otras noticias aparecidas en ese mismo periódico apenas unos meses después, en 1921, cuando se denunciaba la muerte de cinco “acogidos” por hambre y frío. Los enfermos estaban recluidos en celdas sin luz ni aireación, dormían en montones de paja húmeda y andaban semidesnudos. Los tres médicos que atendían al establecimiento llevaban 34 meses sin cobrar.

Hace unos días, por razones que no vienen al caso, visité el Centro Sociosanitario de Mérida. Se construyó en 1975 y vino a sustituir la Casa de dementes de la calle Almendralejo. Salvando las distancias con esta última y a pesar del maravilloso paraje en el que se encuentra ubicado, en la carretera de Valverde, el edificio o edificios que alberga son, por utilizar un adjetivo del argot propio de la cuestión que nos ocupa, deprimente.

Las unidades de psicogeriatría son laberintos de estrechos pasillos apenas iluminados, con salas y dormitorios de paredes alicatadas desde el suelo hasta el techo con baldosas blancas; los dormitorios, donde hay varias camas, son compartimentos estancos, sin ventilación, que no permiten ningún tipo de intimidad personal; los cuartos de baño no son cuartos de baño, sino vulgares retretes, y las duchas apenas están diferenciadas o separadas del resto del espacio para uso colectivo; los marcos de las puertas están desvencijados, carcomidos por la humedad o el paso del tiempo, como las mismas puertas; las luces del techo apenas iluminan y dan un aspecto lúgubre al conjunto; los aparatos de aire acondicionado son máquinas viejas, obsoletas, como todo el sistema de climatización; en cuanto al mobiliario, precario por la condición de los pacientes, cuando lo hay resulta ajeno a las más básicas condiciones de comodidad.

Nada que decir del personal que atiende a los usuarios y usuarias, quienes revelan entrega y dedicación a su oficio. En cuanto al edificio en sí, simula aún aquellos otros cuya función era la que nos explicó Michael Foucault en muchos de sus escritos, la del control y sometimiento absoluto del “desviado”, en contra del principio arquitectónico de que el mismo edificio debe servir como instrumento rehabilitador y de curación.

Nada que ver, en consecuencia, con los elementos básicos de un ambiente y espacio adecuado a la patología de quienes allí se encuentran. Aunque cumple con las normas básicas de accesibilidad (esencialmente las que se refieren a la movilidad del individuo), el edificio o edificios están muy lejos de alcanzar aspectos tales como la accesibilidad cognitiva, señalización adecuada para la orientación, iluminación, textura, aireación, etc., quedando a años luz de consideraciones a tener en cuenta como pueden ser la cromoterapia o, mismamente, la adaptación de los espacios para que asemejen un entorno doméstico y no hospitalario, de un carácter tan familiar y amigable que permita encontrar confort en el mismo y favorezca la interacción social de los pacientes con sus familiares o el equipo de salud.

Según parece, la Junta de Extremadura, a través de la Consejería de Sanidad y Políticas Sociales, ha destinado cinco millones de euros para afrontar la reforma tan necesaria en este centro y otros cuantos millones para el de Plasencia, que intuyo debe de andar en las mismas condiciones espaciales y arquitectónicas. Sin embargo, a pesar de que en febrero de este año el consejero del ramo anunció el III Plan de Salud Mental de Extremadura en diversos medios de comunicación, a día de hoy es imposible encontrar la redacción del mismo en ninguno de los enlaces institucionales.

Hace dos años, también, se publicitó a bombo y platillo la habilitación de dos viviendas de preparación al alta para pacientes con trastorno mental grave de este centro de Mérida, cada una con 14 plazas. A día de hoy sólo funciona una.

Da la impresión de que el Centro Sociosanitario de Mérida ha caído en el olvido de nuestros políticos. Salvando la llamada de atención que hicieron diputados y diputadas parlamentarios extremeños de Podemos en el mes de julio pasado, poco se ha vuelto a hablar del tema y aún no se sabe (o al menos no sabemos la ciudadanía) realmente cuándo van a empezar las obras de mejora que el Gobierno extremeño anunció también en ese mes y que dependen de los Fondos Europeos de Desarrollo Regional (FEDER), cuyo plazo de ejecución se extiende hasta el 2020. Por no cambiar nada, ni se ha cambiado la señal de indicación que hay en la carretera, rotulada en negro sobre blanco con la palabra “Psiquiátrico”, un refuerzo al estigma de este tipo de enfermos, muchos de ellos tutelados por la misma Junta de Extremadura, incapaces o incapacitados para exigir a voz en grito una digna mejora del espacio donde se desarrollan sus condiciones de vida.

 

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