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EXTREMADURA

Opinión

La revuelta de los privilegiados, la crisis existencial de España y el hartazgo de la gente

"Casi un siglo después de esa profunda crisis de identidad colectiva que eclosionó con el “desastre del 98”, que planteó a España como problema, todavía no tenemos resuelto el modelo de país que queremos ser, y que vaya más allá  (para darle algún sentido al huero “plus ultra” del escudo nacional) de este sistema cerrado y excluyente montado para el lucro de unas minorías plutocráticas, sin el más mínimo interés en lo colectivo".

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Jose Carrasco

A fines del siglo XVIII, el rechazo por parte de nobles y clérigos al nuevo sistema fiscal ideado por un ministro de Hacienda del rey Luis XVI, originó lo que algunos historiadores han venido en llamar la “revuelta de los privilegiados”, la cual se considera como el auténtico detonante del proceso revolucionario francés ocurrido a partir de 1789.

Ahora en España, poco más de dos siglos después, asistimos a una situación similar con el encastillamiento numantino de unas élites políticas y económicas que se gestaron hace unos cuarenta años en el régimen de la transición, dentro de un sistema rígido definido en la Constitución de 1978 y  en torno a un modelo oligárquico bicéfalo de dos partidos políticos dominantes, con cierta aquiescencia popular, que se han alternado en los resortes del poder sin más contratiempo -con algunas excepciones y algunos acompañamientos- en distintas instituciones y ámbitos territoriales (Estado, Comunidades Autónomas, Ayuntamientos…) y con una duración temporal variable.

La supuesta arquitectura angelical y beatífica de la transición hacia la democracia, que se ha vendido como un proceso modélico y un ejemplo a seguir, está mostrando de forma evidente los síntomas de una honda crisis, cada vez más notoria y palpable. A modo de botones de muestra, varios episodios recientes: dos  Elecciones Generales en menos de seis meses,  casi año sin Gobierno –con el anterior en interinidad-, y las serias grietas en el PSOE, uno de los pilares del hasta el momento monolítico bipartidismo.

El viernes 18 de noviembre tuve la suerte de escuchar en Cáceres la magnífica ponencia que dio el profesor Julio Pérez Serrano, profesor titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Cádiz, dentro del Congreso del GEHCEX (Grupo de Estudios sobre la Historia Contemporánea de Extremadura): “Extremadura durante la transición democrática (1975-1983)”, quien nos ilustró sobre la crisis del paradigma histórico de la transición como modelo para explicar el sistema político que se impuso en España tras la dictadura de Franco.

El profesor Pérez Serrano nos mostraba que la transición aparte de ser un periodo histórico de paso desde una dictadura a una democracia se ha convertido en  todo un constructor ideológico elaborado para justificar no solo el actual régimen político en España, sino para hacer una auténtica revisión de nuestra historia durante los dos últimos siglos, ensalzando todas aquellas experiencias de carácter reformista (reinado de Isabel II, la Restauración borbónica) con la que quiere entroncar el régimen actual y demonizando, por el contrario, las que tuvieron un planteamiento más rupturista por proponer cambios de gran calado respecto a las realidades anteriores  (Sexenio Democrático, II República).  Además, en estos últimos casos se ponía el dedo en la llaga de su final tumultuoso o trágico. Así para determinadas líneas historiográficas se ha ligado la suerte de la Segunda República a la Guerra Civil, a manera de determinismo histórico inevitable.

Añadía Julio Serrano que las causas de la quiebra de la transición española, entendido como modelo y definido por ser “insólito”, “universal” y “benéfico”, estarían en el agotamiento de los consensos que la hicieron posible. Los motivos de esta fractura están, a su juicio, en la irrupción de las nuevas generaciones, que no vivieron esta experiencia histórica; en la recuperación de la memoria histórica, en un sentido amplio, desvinculada de la tergiversaciones interesadas a favor del actual régimen; en las nuevas entidades políticas, que suponen un desafío para el modelo bipartidista; y en los nacionalismo periféricos, que plantean una revisión del modelo territorial.  

Siguiendo la estela de estas interesantes argumentaciones históricas, que nos muestran un prisma muy distinto al que estamos habituados a recibir desde los medios académicos o propagandistas del régimen, cabe  plantear una situación que aparece como recurrente, a modo de recordatorio  cíclico de los problemas estructurales que tenemos aún por resolver: queramos admitirlo o no, vivimos continuamente en un país a medio hacer o por construir, según se estime, al estilo de ese solar vallado que vemos en algunas urbanizaciones -tras la crisis del ladrillo- con carteles que anuncian una atractiva edificación, y que a medida que van pasando los días, los meses …¡y los años!, sigue en el mismo estado, sin que se levante nada ni  se construya nada, aparte de las llamativas banderolas que lo anuncian.

Casi un siglo después de esa profunda crisis de identidad colectiva que eclosionó con el “desastre del 98”, que planteó a España como problema, todavía no tenemos resuelto el modelo de país que queremos ser, y que vaya más allá  (para darle algún sentido al huero “plus ultra” del escudo nacional) de este sistema cerrado y excluyente montado para el lucro de unas minorías plutocráticas, sin el más mínimo interés en lo colectivo.

Hace algún tiempo apareció en una conocida revista satírica una viñeta bastante apropiada a la situación actual ya que retrataba gráficamente al estamento privilegiado que nos dirige: una persona amarrada a un sillón con cadenas y un candado, la cual ante la amenaza de ser desposeída de su cátedra de poder, privilegios e influencia, se tragaba la llave para ligar su suerte, por los siglos de los siglos, a la de tan confortable asiento.

Asimismo, meses atrás en Tinta Libre (nº 31, diciembre 2015) Ramón Lobo nos dejaba un interesante artículo titulado “Multimillonarios a la sombra del BOE”, en el que hacía una certera descripción de la clase empresarial actual española muy estrechamente ligada al poder político dentro del modelo de favores y prebendas propio del llamado “capitalismo de amiguetes”, en el cual la frontera entre lo público y lo privado se ha borrado intencionadamente para favorecer los exclusivos intereses, muy particulares, por cierto, de unos pocos, siempre en detrimento del interés general. Este avezado periodista tomaba de referencia los trabajos  recientes  como el de Juan Pedro Velázquez con su obra Capitalismo a la española y el de Joaquín Estefanía Esos años bárbaros. A ellos habría que añadir la difusión a nivel internacional del exitoso concepto de “élites extractivas” a  partir de la obra Por qué fracasan los países de los economistas Daron Acemoglu, James A. Robinson

Mientras esta oligarquía patria va a lo suyo, tratando de hacer caja a toda costa con una avaricia desmedida y esquilmadora de los recursos del país, poniendo el cartel de “se vende” para todo divino y lo humano, la  antigua  y lustrosa  piel de toro de Estrabón cada vez se parece más a un harapo mugriento y agujereado, y en el que continúan pendientes de resolver, a mi modo de ver,  muchas de las eternas cuestiones existenciales de nuestra identidad colectiva:

1)  Un modelo educativo estable, por encima de los vaivenes  partidistas y del modelo “titulista” y economicista que se está imponiendo en todas las latitudes.

2) La definición definitiva del modelo territorial del Estado  en el que se establezcan de forma nítida el papel de las instituciones estatales centrales y las autonómicas.

3) Una democracia de mayor calidad con cauces de participación ciudadana más amplios y filtros de control en la actividad de los representantes públicos,

4) La recuperación de los derechos cívicos perdidos y la reivindicación un ámbito público bien gestionado.

5) La lucha efectiva contra el cáncer de la corrupción y su impunidad desde la base social a la cúspide de las instituciones.

6) La creación de nuevos elementos simbólicos sólidos que vayan más allá de ese patrioterismo superficial  que aflora sólo en torno a los eventos deportivos.

7) La implantación de una economía diversificada que cree empleo de calidad y de perspectivas de futuro a los jóvenes.

8) El desarrollo de un modelo energético que apueste decididamente por las energías renovables y de autonomía energética al país…

Por otro lado, en un artículo de prensa pasado, - el PP como partido antiespañol (“contrapoder”, el diario.es, 24/9/2015)-,Alejandro Quiroga,  gran estudioso de los elementos simbólicos e identitarios del nacionalismo,  incidía en la idea de mostrar al actual partido gobernante, muy lejos de ser el máximo adalid del “patriotismo constitucional” –tal como quiere aparecer, ya que con sus políticas neoliberales de derribo de lo público a favor de los intereses privados nacionales y multinacionales, y la utilización espuria de las instituciones en beneficio propio,  ha conseguido el éxito de convertirse en la mayor fábrica de desafectos ciudadanos hacia España como entidad colectiva.

Y qué decir de uno de los señeros abanderados del nacionalismo periféricos, el catalán, con esa antigua Convergencia y Unió, de reconvertido nombre, y sus adláteres, cacareando el manido lema de “España nos roba”, mientras el clan Puyol se forraba con el 3% de la obra pública.

¡Los zorros padres de la patria de los nacionalismos varios aparecen como los celosos guardianes del corral de gallinas!

En mi opinión, tenemos lo peor de cada casa tanto en el nacionalismo español como el catalán. Ambos se dedican a tiran botes de humo, unos con la  “la gobernabilidad “del país  y otros con el “proceso soberanista”, a fin de encubrir su incapacidad manifiesta para resolver los graves problemas y carencias de nuestro país (cada uno en lo que le toca).

Llegado al punto de incertidumbre en el que estamos en la actualidad cabe preguntarse qué derroteros tomará el rumbo histórico en España y Occidente, con unas élites cada vez más apegadas a sus privilegios y un pueblo desnortado, sin referentes ideológicos y morales firmes, que en su rabia ante ese enemigo invisible, el de la globalización neoliberal, con sus múltiples y agresivos perros guard¡anes nacionales, abraza discursos delirantes e irracionales, que apelando al miedo y a la ira, están abriendo la caja de los truenos de lo peor de la condición humana, y, sin ser apocalíptico, pueden llevarnos a escenarios traumáticos que ya conocimos en el pasado durante el periodo de entreguerras.

Ninguna obra humana dura eternamente pese que algunos, los instalados en sus privilegios, traten de desafiar a la lógica de la Historia. Esos intocables del Antiguo Régimen sucumbieron lo mismo que algún día tendrá su fin el sistema oligárquico en el que vivimos ahora ¿Cuándo tendrá lugar? ¿Cómo se producirá? No lo sabemos.  Mientras tanto, lejos del versallesco  maridaje de dinero y política, la creciente indignación de la gente del “común” no hace más que crecer y muestra su hartazgo haciendo un corte de mangas al sistema (ahí están los ejemplos del Brexit, Trump…), dejándose seducir por los cantos de sirena de la que llamada “posverdad”, un eufemismo para designar a la mentira de ayer, de hoy y de siempre.  

Tal como nos recordaba Jesús Cintora – El sueño de la razón, “zona critica”, eldiario.es (28 marzo 2016)- a través de un retrato clarividente del poco edificante panorama político reciente en España, con alusión al mensaje siempre profético del famoso grabado goyesco, cuando la razón, esa que heredamos de la Ilustración, -junto con el resto de valores que le acompañaron- , se nubla o se esfuma, lo que viene después son los ya conocidos monstruos, de los cuales tenemos una amplia colección en la Historia…. En medio de este inquietante panorama seguimos “unos por otros la casa por barrer” y sin dar una solución satisfactoria a las grandes cuestiones que nos vertebren como país.

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