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Cosas que te pasan cuando te vas de vacaciones con tu amiga

Pequeñas anécdotas repetitivas de un verano en la playa que te recuerdan constantemente tu posición, sobre todo cuando piensas cómo de distinto sería el trato si a tu lado estuviese un chico en lugar de una mujer

En un chiringuito tuvimos una conversación demasiado larga y surrealista con el dueño porque nos dijo que podíamos fumar o no "dependiendo de cómo me lo pidas" 

Conduciendo el coche, pandillas de chicos o de señores paraban su charla para observar cómo aparcaba, en una postura parecida a la que mantendrían si estuvieran en los toros

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Thelma y Louise.

Thelma y Louise.

Todas nuestras experiencias dependen de nuestra condición en el mundo: no es lo mismo buscar piso siendo negro que blanco, tampoco es igual de fácil, o de difícil, encontrar trabajo si llevas velo que si no. También difiere la manera de viajar. Cualquier mujer que lo haya hecho sola o con otras mujeres sabe que desde el momento en el que comienzas a planear unas vacaciones has de tener en cuenta muchas variables que no te plantearías en otras circunstancias, como por ejemplo evitar ciertas zonas de las ciudades (o incluso ciertos destinos) en pos de mayor seguridad, prestar especial atención a si el anfitrión de AirBnB parece fiable, o preferir viajar en BlaBlaCar solo con chicas. Aunque por todo esto acabes pagando más de lo que te gustaría.

Mi amiga Berta y yo elegimos ir juntas de vacaciones este agosto con un coche alquilado por una costa del litoral mediterráneo. Un lugar muy turístico que, ya de entrada, sí nos ahorraba algunas de las anteriores preocupaciones. Rumiamos entre nosotras por primera vez nada más hacer check-in en el hotel, cuando el recepcionista nos llamó "niñas": ambas tenemos 25 años y nos estábamos pagando la estancia con nuestro sueldo. Los siguientes días nos infantilizó en más ocasiones con comentarios como "qué tarde llegáis hoy" o "en esa playa no encontraréis chicos guapos" (como si eso fuese lo único que buscábamos). Esa misma noche de llegada, dos desconocidos tuvieron a bien gritarnos "mira qué chochos" en pleno centro del pueblo. Pasó más veces, con otras palabras, con más desconocidos, y a cualquier hora. Porque total, estamos todos de vacaciones.

Durante la semana hubo varios señores que se vieron en la obligación de opinar sobre los selfies que nos hacíamos: si salíamos guapas, si poníamos morritos, si qué serias. Si les respondíamos que no nos interesaba su opinión sobre nuestra foto, solían ofenderse. En la playa, mientras haciamos topless o nudismo, algunos nos incomodaron con sus miradas. Por descontado, conduciendo el coche, pandillas de chicos o de señores paraban su charla para observar cómo aparcaba, en una postura parecida a la que mantendrían si estuvieran en los toros. También se hicieron bromitas de todo tipo cada vez que había que pagar en un parking y me veían entrar al volante.

En un chiringuito tuvimos una conversación demasiado larga y surrealista con el dueño porque nos dijo que podíamos fumar o no "dependiendo de cómo me lo pidas". Hubo otro restaurante en el que el camarero nos vaciló con que teníamos que sonreírle si queríamos que nos trajese el arroz negro de la carta (la verdad es que estábamos cansadas después de todo el día en el agua y no nos apetecía sonreírle a él, solo nos apetecía comer). Tampoco nos enfadó tanto aquel comentario como ver que le hacía la misma broma a una chica de unos 13 años de la mesa de nuestro lado, porque tanto Berta como yo hemos tenido esa edad y conocemos lo incómodo de esa situación delante de tu familia.

Afortunadamente no ocurrió nada grave y todo se limitó a pequeñas anécdotas no tan molestas pero si repetitivas. Digamos que no te amargan la estancia (por suerte, paralelamente das con otras muchas personas, hombres y mujeres, amables y maravillosas), pero sí te recuerdan constantemente tu posición, sobre todo si eres consciente de cómo de distinto sería el trato si a tu lado estuviese un chico. Lo habíamos vivido más veces: aquellos gritos por la noche en Estambul, el camarero pesadísimo de Lisboa, la zona de Milán por la que mejor no pasar, el copiloto de BlaBlaCar que me interrumpía constantemente, o aquel conductor al que luego tuve que bloquear de WhatsApp porque me masacró a mensajes. También el viaje que no hice porque "no era recomendable" para una chica de 20 años. Hablándolo nos acordamos de Maria José y Marina, asesinadas en Ecuador en marzo de 2016. Hubo quien dijo entonces que viajaban "solas", cuando lo cierto es que viajaban muy bien acompañadas la una de la otra.

La periodista June Fernández recogió en el número A Bordo de Género de Altaïr Magazine varias experiencias de mujeres que viajan solas y, además de corroborar que lo hacemos en menor medida que los hombres (un 87% de ellos lo ha hecho alguna vez frente al 73% de nosotras) y de que lo que más nos preocupa es la seguridad, citó un apunte: "La psicóloga Miriam Lucas Arranz recuerda que en un viaje no se dan necesariamente más situaciones de acoso machista que cuando vas sola a un bar en España. Por tanto, para hacer frente a ese acoso, sirven las mismas estrategias de la vida cotidiana. Insiste en la importancia de 'decir 'no' sin remordimientos, y quitarte de la cabeza ideas como que tú te lo has buscado'".

Si tú también quieres compartir tu experiencia de machismo cotidiano escríbenos a micromachismos@eldiario.es o menciona nuestra cuenta @Micromachismos en Twitter.

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