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REGIÓN DE MURCIA

La Semana Santa a través del tiempo

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El origen de la fiesta pascual es anterior al cristinismo. Judíos y europeos celebraban el equinoccio de primavera y el cambio de ciclo con diversos ritos y costumbres. Es la gran fiesta de la resurrección de la vida.

La Semana Santa, o el embrión de lo que concemos hoy, se incorporó al repertorio de ritos y fiestas pascuales  ya desde el siglo IV. Se celebra exactamente en los días en que cae la primera luna llena después del equinoccio de primavera, es decir, respetando el calendario de la Pascua Judía.

Por esa razón la Semana Santa se mueve en el calendario entre marzo y  abril, siempre dependiendo de las fases lunares que duran 28 días, mientras que nuestro calendario se basa en el sol y las fases duran 30 días.


La fiesta de la Semana Santa es un invento de la Iglesia católica del siglo IV, y  se enmarcaba en el programa de  adaptación-absorción que el catolicismo practicó entre los `paganos´ (etimológicaente, aldeanos) para adaptar  sus ritos e ídolos ancestrales.

Las venus o vírgenes negras se cambian por la Virgen María  y el folklore se adapta. La `danza del caracol´ de los `armaos´ de Jumilla  pasa por ser de origen céltico.  Este baile se repite en otras localidades y consiste en danzar en círculos espirales entrecruzados. Se trata de un rito de resurrección en torno a la figura elíptica, que nunca falta en los petroglifos de aquella cultura. Igual que la tradición de regalar huevos el Domingo de Pascua: es muy antigua y común entre los pueblos que habitaban la región del Mediterráneo, Este de Europa y Oriente. Los mismos que reparten `los Coloraos´, la más antigua cofradía murciana.

En el siglo XIII aparecen en el sur de Francia las cofradías de flagelantes, y de ahí pasan a la Península. La autoflagelación pública era la norma. Vicente Ferrer extendió la moda, aprovechando la existencia de las antiguas cofradías o hermandades menestrales, probablemente de orígen precristiano.

Desde mediados del siglo XV y promovidas por los franciscanos se difunfen las Cofradías de la Vera Cruz por distintos lugares de España. Así, en Sevilla se funda en 1448, la de Valladolid ya existía en 1498, y la de Zamora en 1508. Puede considerarse que bajo la inspiración franciscana, muy italiana, el cofrade quiere dar testimonio de su fe reviviendo el sufrimiento del crucificado y su madre.

Los fieles se inscribían en las cofradías y hermandades porque así ganaban numerosas gracias espirituales. Por todo ello, las cofradías se esforzaban en lograr indulgencias y privilegios ante la Santa Sede o de adquirir la Carta de Hermandad con ciertas órdenes religiosas para disfrutar también de los favores que éstas tenían.

El esplendor de la imaginería barroca se impuso a la religiosidad inicial

El periodo de implantación de estas hermandades abarca desde las primitivas de Sevilla y Toledo, fundadas en los años 1448 y 1480, hasta las que se instituyeron a finales del siglo XVI. Su rasgo más destacado era la práctica de la disciplina durante la procesión, que daba comienzo al atardecer del Jueves Santo. Durante el transcurso de la misma, se visitaban cinco iglesias, en recuerdo de las cinco Llagas de Cristo. 


Entre 1545 y 1563 la Iglesia Católica se reunió en Trento para dar una respuesta a la Reforma luterana. Se potenció justo lo que denunciaba el protestantismo: la parafernalia ornamental y el culto a la Virgen. El Papado favorecía y ordenaba las celebraciones , potenciaba las cofradías y  un proselitismo activo y permanante de los fieles católicos. Así  nació la semana santa tal y como la conocemos hoy.

Durante los siglos XVII y XVIII las cofradías toman gran auge y poder social en España, con tres zonas principalmente activas e importantes en el país: Castilla, el Levante español y Andalucía. Justamente en las zonas en los que la Inquisición imponía el control ideológico a sangre y fuego.  Es la respuesta de la jerarquía religiosa española a la Reforma luterana, que en su intento de recuperar la Biblia en su sentido más literal, prohíbe el culto a las imágenes. Y a la voluntad del emperador católico de Europa, Carlos V.  ¿No quieren imágenes en los templos? Pues las van a tener también por las calles.

Ocasión extraordinaria para que el clero católico invirtiera en manifestaciones populares al codiciado precio de las indulgencias. ¿Quién no cambiaba la eternidad del infierno o unos cuantos siglos de purgatorio por unas horas de catársis sangrienta? Resultado: un éxito al que colobararon los grandes artistas imagineros sobre todo a partir del Barroco.

El esplendor de la imaginería barroca se impuso a la religiosidad inicial. Y las cofradías en muchos casos, más que hermandades cristianas se trasformaron en clubes de poder. Todavía se titulan algunos pasos o imágenes con los nombres de las familias nobles protectoras: la Dolorosa de Ruiz Funes (la Dolorosa de la Cofradía de la Sangre) o el Cristo de doña Pepita, de Jumilla.

Lo que ahora es una fiesta callejera , con turistas y  fotos de móvil exhibe una estética inspirada en  las  torturas y los métodos de humillación pública que practicaban los tribunales del Santo Oficio. La exposición pública del condenado tenía un reglamento en cuanto a las prendas de vestir de los reos que siempre constaba de sambenito y capirote. Ambos se pintaban y decoraban con arreglo al delito cometido.

En España, la Inquisición estuvo bajo el control de la monarquía hasta que se abolió definitivamente en 1834 durante el reinado de Isabel II. Aunque ya había sido abolida por las Cortes de Cádiz, fue restaurada por Fernando VII. Los momentos de esplendor de este curioso espectáculo callejero, tan difícil de explicar a los niños, coinciden con las épocas de poder del partido católico: la Contrarreforma, la vuelta de Fernando VII y el golpe de estado y dictadura de Franco.

Desde el año 1939 hasta finales de los 60, las radios se solían silenciar en las casas desde el Viernes santo  hasta el Domingo de Resurrección. Bajo el nacional-catolicismo, la Semana Santa  recobró un nuevo auge que ha permitido que llegue hasta nosotros del modo en que lo ha hecho.

La polémica actual es si conviene o no respetar esa cruel, aunque espectacular tradición, en aras de mantener nuestra principal industria: el turismo.

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