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Manuel Segura Verdú

Manuel Segura Verdú es periodista

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 1

Miedo a la libertad

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Caballeros sin espada

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Aquella foto del león de la huerta

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Las invasiones bárbaras

Hubo quien vendió a bombo y platillo hace semanas que hasta Murcia se encaminaría una legión de 'indepes' catalanes dispuestos a unir sus esteladas a las reivindicaciones pro-soterramiento del AVE. Aquel mensaje caló hondo, incluso entre algunos que defienden con firmeza que el tren llegue por abajo. Era como mezclar churras con merinas. ¿Qué tendría que ver la aspiración de unos de convertirse en república y la petición de otros para que se soterren las vías? Algo así como mezclar el agua y el aceite.

Conforme se acercaba la fecha de la convocatoria, y coincidiendo además con el Entierro de la Sardina, ese festejo que concita en las calles de Murcia a cientos de miles de personas cada año, el ambiente se caldeaba. Fruto de ello, al habitual dispositivo policial en la zona de Santiago El Mayor, se uniría un importante refuerzo para evitar incidentes. En vísperas de ese día, el cura Joaquín Sánchez, uno de los pilares en la defensa del soterramiento, pedía calma y sosiego, apelando a que sería un acto tan cívico como pacifista. Con todo, y en previsión de que la cosa se caldeaba, la dotación policial se triplicaba en número de efectivos.

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Del canutazo y el canutero

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Zafarrancho en la Glorieta

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La plaza del ruido

Hace unos días, los hosteleros se quejaban en la prensa de “una oleada de denuncias a bares de copas del centro de Murcia”. Todo ello, por el incumplimiento de la ordenanza municipal de Protección del Medio Ambiente contra la emisión de ruidos y vibraciones, la misma que determina que los locales en calles de menos de siete metros no podrán tener el equipo musical en funcionamiento a partir de las doce de la noche. Si eso es así, denunciaban estos, muchos tendrán que echar el cierre por falta de personal en su interior. Y no les faltará razón.

Con todo, a día de hoy, por ejemplo, dormir en una vivienda que dé a la plaza Condestable de Murcia es un canto epistolar al ruido nocturno, en especial los fines de semana. A medianoche llegan los trabajadores que recogen la basura, con sus estruendosos camiones, especialmente sensibles cuando vuelcan el vidrio del contenedor. Poco después, los que tripulando esos vehículos tan jaleosos, baldean las calles. Los mismos que, por si no se hicieran notar lo suficiente, llevan hasta dispositivo sonoro incorporado. La noche toledana podría acabar ahí, de no ser por una parte de la ‘distinguida’ clientela del Plaza 3, ese local de copas al que acude habitualmente, como bien se sabe, lo más granado de la intelectualidad murciana. Gritos en la puerta, discusiones estentóreas, acompañado todo ello de abruptos acelerones de coches y motos, como si estuviéramos en el mismísimo circuito del Jarama (y no el de Sánchez Ferlosio, precisamente) a la intempestiva hora de las 4 de la mañana… Vamos, que aquí se pasan por el forro el consabido artículo 37.3 de la mencionada ordenanza de Protección del Medio Ambiente contra la emisión de ruidos y vibraciones. Y la Policía Local, parodiando al gran Pablo Neruda, esa que tanto les gusta cuando calla porque está como ausente.

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Rueda de corresponsales

Recuerdo siendo adolescente una noche entrañable, en una cafetería que hoy ya es historia, escuchando contar a alguien los entresijos de la rueda de corresponsales en el extranjero que Victoriano Fernández Asís coordinaba desde Prado del Rey para ‘España a las 8’, en Radio Nacional de España, un informativo que acaba de cumplir 50 años en antena. Confieso que pasé uno de los momentos más gratos de mi vida oyendo a aquel antiguo trabajador de la Compañía Telefónica, confidente desde la mesa central del múltiplex que los conectaba, relatar las conversaciones previas que el veterano periodista mantenía con jóvenes profesionales como Jesús Hermida, Pedro Wender, José Antonio Plaza o Cirilo Rodríguez. Lo cuento porque ya entonces –hablo de hace más de cuatro décadas–, uno soñaba con trabajar algún día en algo que me parecía tan fantástico como fascinante. Y, por fortuna, aquel sueño se cumplió.

Confieso además que si a un medio debo mi bagaje profesional es a la radio y, especialmente, a Radiocadena Española, en primer lugar, y luego a RNE donde pasé, posiblemente, los mejores años de mi vida laboral. Allí ocupé diversas responsabilidades y conocí a enormes profesionales de los que aprendí cuanto sé y de los que aun hoy me enorgullezco de conservar su amistad. Y mantengo un recuerdo casi a diario de los que nos dejaron. La radio creció conmigo –o yo con ella– y me enseñó a ser mejor persona. También a vislumbrar las cosas desde otro prisma; a interpretar que todo no es blanco o negro y que existen los matices y los tonos grises. Y los claroscuros, por supuesto. Me enseñó a ser más tolerante y respetuoso. A vivir en una sociedad en la que se defiendan los derechos y deberes de todos y cada uno de sus ciudadanos. A defender sin ambages la libertad de expresión, palabras tan manidas para muchos pero con las que algunos se suelen atragantar. Tras el 23-F, a valorar lo que es vivir en democracia. Y a ver de cerca lo trágica que puede resultar la vida, en primera persona, como cuando meses después de la intentona golpista tuve que cubrir informativamente un hecho tan luctuoso como la muerte en accidente de tráfico, en septiembre de 1981, de veintisiete personas, en la localidad toledana de Quintanar de la Orden, cuando en autobús regresaban de la fiesta del PCE y viajaban de Madrid a Murcia.

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Chaves Nogales o la tercera España

Dice Arturo Pérez-Reverte que el prólogo de ‘A sangre y fuego’, de Manuel Chaves Nogales, debería ser de obligada lectura en los colegios. En Sevilla, la ciudad natal del periodista, se le ha rendido homenaje días atrás con unas jornadas en torno ‘al hombre que estuvo allí’. Chaves Nogales ejemplifica como pocos eso que se da en llamar la tercera España y el texto mencionado es toda una declaración de intenciones en plena eclosión de la Guerra Civil.

Fue nuestro hombre ante todo un crítico observador de los desmanes que se producían en uno y otro bando, lo que le llevó a estar considerado como enemigo en ambas trincheras. Por eso escribe en el mentado prólogo frases de una honestidad moral incuestionable: “De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros.

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Aceite de ricino

El expresident Josep Tarradellas dejó por escrito en 1981 que el nuevo gobierno de Cataluña, presidido por Jordi Pujol, se empeñó desde el primer día en alardear de un victimismo infundado y de un rencor permanente hacia todo lo que significara España. Tarradellas contaba también que en la tarde del 6 de octubre de 1934 intentó convencer a Lluís Companys para que no declarara el Estado Catalán, esa misma noche, desde el balcón de la Generalitat. “La demagogia y la exaltación de un nacionalismo exacerbado pesó más que la opinión de aquellos que preveíamos, como así ocurrió, un fracaso rotundo”, escribió entonces.

Un amigo de Tarradellas, el general Domingo Batet, capitán general de Cataluña en ese tiempo, militar católico y leal a la República, sofocó aquella intentona arrestando a sus responsables, entre ellos al propio Companys, y reestableciendo el orden con menos víctimas de las que se pueda suponer cuando se declara, como así ocurrió, el estado de guerra por sedición. Por cierto, a Batet lo fusilaría Franco en 1937 por no secundar el alzamiento del 18 de julio desde la Capitanía de Burgos.

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