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Manuel Segura Verdú

Manuel Segura Verdú es periodista

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Un instante, una vida

Ocurrió hace algún tiempo. El breve comunicado del Centro de Coordinación de Emergencias 112, del que se hizo eco una agencia de noticias, tan solo recogía los detalles escuetos del suceso. A última hora de la tarde, una mujer de 79 años había resultado atropellada por un vehículo, que conducía otra mujer de 67, cuando presuntamente esta última se saltó un semáforo en rojo. Ocurrió en un paso de peatones del centro de la capital y, aunque se decía que la herida quedó inconsciente, puedo dar fe de que la mujer mantuvo su consciencia en todo momento.

A esa hora, mi pareja y yo transitábamos por una de las avenidas de la ciudad, tras compartir café en un local próximo. Hacíamos tiempo para ir a un centro médico. De repente, mientras charlabamos andando por la acera, escuchamos un golpe seco y vimos el cuerpo de una mujer menuda cómo se elevaba desde el suelo, saliendo despedido y cayendo bruscamente al pavimento. Nos sorprendió que el coche que la había golpeado siguiera su marcha, sin detenerse, a trompicones, emitiendo un ruido extraño como si quien lo condujese estuviera pisando desconcertadamente freno, embrague y acelerador.

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La última tribuna de Calero

Siempre he sostenido que si Juan Ramón Calero (Murcia, 1947) hubiera presidido esta Región durante, al menos, un par o tres de las legislaturas en que lo lleva haciendo el PP, otro gallo nos cantaría. No obstante, este abogado del Estado, brillante, dialéctico y de formación netamente liberal, fue escogido por Manuel Fraga, en la década de los ochenta del pasado siglo, primero como secretario general adjunto de Alianza Popular y luego para formar un triunvirato en la portavocía parlamentaria de AP en el Congreso, junto a dos de los hombres que estarían llamados a tripular el Gobierno de España en 1996: José María Aznar y Rodrigo Rato.

Recuerdo a Calero, quizá fuera la primera vez que estuve con él, joven y resuelto, haciendo campaña en 1979 por los pueblos de la Región, para las segundas elecciones generales, por Coalición Democrática (Fraga, Osorio y Areilza). En el acto que celebraron en el mío, en un aula de las viejas escuelas, apenas nos reunimos una decena de asistentes. Me llamó la atención su oratoria y lo clarividentes que resultaban sus ideas allí expuestas.

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Los olvidos estúpidos

Ha tenido que llegar esta pandemia para que todos nos mentalicemos de que la vida es una sucesión de cosas simples que dan sentido a nuestro existir. El confinamiento ha puesto en evidencia que uno añora lo más común precisamente cuando no lo tiene. Salir a andar, a cenar, a tomar un café, una copa o al cine, esos gestos tan sencillos pero a la vez tan necesarios en el devenir del ser humano. El coronavirus ha llegado a nuestras vidas inesperadamente, aunque algunos lo advirtieran, como una amenaza latente y a traición, para darnos una bofetada de realidad ante nuestro estrés diario y los pocos miramientos que tenemos por lo simple y lo sencillo.

Como el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, cuando todo esto pase, se olvidarán las enseñanzas que tan dura prueba nos deja con la facilidad pasmosa que nos da el hecho de ser mortales. Puestos a olvidar, los gobernantes se olvidarán de lo importante que es contar con una potente sanidad pública, dotada de suficientes profesionales -justamente considerados y remunerados- y con los necesarios medios técnicos, para hacer frente a una situación tan extrema y asfixiante como la que vivimos. Nosotros nunca borraremos de nuestra memoria su dedicación, amor y esmero, en esos turnos agotadores de doce horas, para con los enfermos infectados en las UCI y plantas. También se olvidarán de lo importante que son en nuestras vidas esas gentes que, junto a los formidables y abnegados sanitarios, nos permiten subsistir en los momentos más difíciles: los policías, los militares, los trabajadores de los supermercados, las farmacias, los quioscos de prensa, los transportistas, los del servicio de limpieza… Y seguro que me dejo a otros muchos.

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Altura de miras

Si algo vamos a sacar en claro del comportamiento de nuestros políticos durante la crisis del coronavirus va a ser eso a lo que tanto apelan ellos desde las tribunas y que denominan 'altura de miras'. Son días donde la mezquindad y la ruina deberían quedar aparcadas ante la emergencia nacional. Este Gobierno, que sin duda no es el que nos salvará del Apocalipsis, es el actual, nos guste más o menos, y al que le ha tocado la china de bailar con la más fea. Si esta pandemia hubiera sorprendido a otro, pongamos que de color azul, a estas horas estaría escribiendo lo mismo sin cambiar una sola coma.

Quien crea que va a sacar rédito electoral de estos días de pánico y zozobra, va listo. Nadie se cuestionó en los Estados Unidos, allá por 2001, tras el criminal ataque a las Torres Gemelas, que había que responsabilizar a alguien que no fuera a los propios terroristas y su entorno. Aquella gente sí que sabe guardarse sus vendettas para cuando es preciso. 

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Ratzinger y el diablo

Un tuitero desaprensivo ‘mató’ este miércoles al papa emérito Benedicto XVI. Al parecer, ya lo hizo en 2018, y muchos ahora, yo incluido, caímos en su treta. El tipo creó una cuenta en la red a nombre del cardenal Juan José Omella, nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española, y anunció que desde el Vaticano le habían comunicado que Josep Ratzinger acababa de fallecer.

Muchos fuimos los que picamos como merluzos. Y eso que la cuenta de la Diócesis de Ávila se apresuró a alertar sobre el impostor y a advertir cuál era la verdadera de monseñor Omella: @OmellaCardenal. Es lo que de pernicioso suelen tener las redes sociales, algo que los mortales solemos olvidar con demasiada frecuencia. Así pues, Ratzinger, a sus 92 años, sigue vivo, muy vivo, gracias a Dios, nunca mejor empleado, en su residencia en Santa Marta.

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Pan, circo y tentaciones

Se cuenta que fue Julio César quien, en la antigua Roma, mandó distribuir gratuitamente entre los numerosos pobres miles y miles de kilos de trigo, quizá para acallar su conciencia, que estos comieran y así luego poder aclamarlo con energía en el coliseo. Y que, a la par, organizaba fastuosos espectáculos de circo con el objetivo de entretener al pueblo en su tiempo de ocio. Ambas conductas provocaron en el poeta Juvenal la crítica más acerba ante aquel proceder del emperador. 'Panem et circenses', escribió en una de sus afamadas sátiras.

Del franquismo nos contaron que a los españoles se les anestesiaba con las corridas -de toros, claro- y, sobre todo, con el fútbol. Que aquel régimen autoritario y populista se apropió de ese deporte y lo suministró como un anestésico con el que evitar que la gente pensara en otras cosas. Y llegó la democracia, en la segunda mitad de los setenta, y descubrimos que el fútbol siguió siendo un espectáculo de masas en nuestro país que, lejos de ir a menos, creció exponencialmente como negocio, convirtiendo a los clubes en franquiciados internacionales -con contadas excepciones- en detrimento de la defensa romántica de unos colores autóctonos.

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Desmontando a Ciudadanos

El filólogo barcelonés Xavier Pericay es uno de los consumados expertos que tenemos en nuestro país sobre la figura de Josep Pla, aquel payés para quien las verdades más elementales cabían en el ala de un colibrí. Pericay acaba de escribir ‘¡Vamos? Una temporada en política’ (Ed. Sloper. 2020) sobre su experiencia en Ciudadanos, formación de la que fue uno de sus fundadores, un libro en el que califica a Albert Rivera como un dios en el seno del partido, decidiendo junto a solo tres personas los destinos del mismo: son José Manuel Villegas, Fernando de Páramo y Fran Hervías; con él, los cuatro jinetes del Apocalipsis que han sido capaces de acabar con uno de los proyectos más ilusionantes de la política española en los últimos años.

El prematuramente desaparecido David Gistau, en una de sus columnas en ABC, llegó a comparar a Ciudadanos con la iglesia de la Cienciología de la política contemporánea, esa secta con rostros tan mediáticos como el de Tom Cruise. Leyendo un avance del libro, que desde este lunes se encuentra en los estantes de las librerías, uno entiende muy bien todo esto. Refiriéndose a Rivera, el autor describe que "la soberbia le acompañó hasta el final. Es cierto que dimitió, lo que le honra. Pero en ningún momento consideró necesario manifestar arrepentimiento alguno por sus actos, como si no fuese consciente de haber cometido errores y todo se debiera a los avatares de la política y de las urnas", apostilla. Cuánto nos hubiésemos ahorrado en este país si, tras los comicios de abril de 2019, PSOE y Ciudadanos hubieran conformado un Ejecutivo con el respaldo de 180 diputados en el Congreso.

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El escudo frente a la barbarie

El profesor de Geografía e Historia Diego Reina Almagro emuló el otro día a Don Gregorio, aquel maestro republicano de ‘La lengua de las mariposas’, esa delicia cinematográfica del malogrado José Luis Cuerda con guion de Rafael Azcona basado en una novela de Manuel Rivas, al defender la libertad de sus alumnos “frente a la opresión y la barbarie”. Reina, que ejerce la docencia en el instituto de enseñanza secundaria Alfonso X el Sabio de Murcia, organizó este lunes una conferencia en ese centro educativo para estudiantes de tercero de la ESO y Bachillerato e invitó a la misma al profesor de Arte de la Universidad de Murcia, Pedro Alberto Cruz, exconsejero de Cultura con anteriores gobiernos del PP. Ambos se oponen al llamado ‘pin parental’ que Vox ha impuesto en la Región para condicionar su apoyo a los presupuestos de la Comunidad Autónoma de 2020. Y con su actitud, saltándose el trámite, se mostraron objetores de conciencia ante una medida que se aplica desde comienzo de curso.

Diego Reina es declaradamente un hombre de izquierdas. Su cercanía con IU se evidencia al ver su página de Facebook. Fotos, entre otras, con el ahora ministro, Alberto Garzón, e imágenes y palabras sentidas para José Antonio Pujante, un buen hombre y magnífico político que nos abandonó prematuramente una Nochevieja, dejándonos a muchos sin aliento. 

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La naranja azulona

Con su atiplada voz, Inés Arrimadas ya avanzó en la plaza del Cardenal Belluga, en Murcia, durante aquella campaña de las elecciones autonómicas de mayo de 2019, lo que al final quería proponer: 28 años de gobierno del PP en esta Región y, con el tiempo, por lo que se intuye, en otras comunidades autónomas. Ahora, en vísperas de su posible ascenso a esos altares que Albert Rivera dejó vacantes hace unos meses, plantea coaligarse con el PP en Cataluña, País Vasco y Galicia de cara a los comicios que allí se barruntan para este 2020.

Arrimadas habla de “alianzas electorales constitucionalistas” y, para disimular un poco, las abre también al PSOE, ese partido al que, hasta hace muy poco, solo mencionarlo le provocaba urticaria, pero no a Vox que, sin embargo, los apuntala sin empacho de estos en los gobiernos andaluz, madrileño y murciano. 

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Un fiscal, un caso y una pistola

Este 18 de enero se han cumplido cinco años de la muerte del fiscal argentino Alberto Nisman. Netflix acaba de estrenar un documental titulado 'El fiscal, la presidenta y el espía', del británico Justin Webster, en el que se ahonda sobre las circunstancias que rodearon tan oscuro fallecimiento. ¿Homicidio o suicidio?; esta es la pregunta que lleva planteándose la sociedad argentina desde 2015. Nisman, de 51 años, fue hallado de madrugada, con un tiro en la cabeza, en el baño de su apartamento. Al día siguiente tenía que comparecer en el Congreso para ofrecer detalles de una investigación que dirigía sobre el origen y las responsabilidades del atentado con un coche-bomba que, en julio de 1994, costó la vida a 85 personas e hirió a unas 300 en la AMIA, un centro cívico judío ubicado en pleno Buenos Aires. Los primeros indicios de los servicios secretos argentinos apuntaron al grupo libanés Hezbolá, si bien hubo fiscales que seguidamente detectaron colaboración interna de policías corruptos y delincuentes con los terroristas chiitas.

El fiscal Nisman había concluido que la presidenta de la República, Cristina Fernández de Kirchner, encubrió a los autores intelectuales de la masacre, de procedencia iraní, suscribiendo en 2003 un memorándum con el Gobierno de ese país. La acusación incluía también a su ministro de Exteriores, Héctor Timerman. Los delitos de los que se acusaba a la mandataria argentina eran de "encubrimiento agravado, incumplimiento de deber de funcionario público y estorbo del acto funcional", incluyendo la petición del embargo de sus bienes. El informe, de casi 300 páginas, incorporaba escuchas telefónicas efectuadas durante casi dos años. Con Nisman colaboró Jaime Stiuso, un oscuro personaje de los servicios secretos, al que se considera pieza clave en este entramado.

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